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EL SONIDO DEL SILENCIO

El fascismo retorna de nuevo

JOSÉ CARLOS BERMEJO  | 19.05.2019 
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El 5 de mayo de 2019 la ministra de justicia Dolores Delgado decidió abandonar el acto conmemorativo en memoria de los republicanos fallecidos en el campo de concentración de Mauthausen cuando una representante del gobierno catalán comparó el sufrimiento de las víctimas de los campos de exterminio del nazismo con el de los presos independistas catalanes, dando ejemplo a la par de indecencia e ignorancia. Y es que si muchas veces las comparaciones son odiosas, en historia y en política lo son más, porque sirven para manipular el pasado y dar cobijo a los propósitos más inconfesables.

Habría que comenzar por decir, y para ello contamos con la ayuda de Jorge Semprún, un joven comunista madrileño exiliado del franquismo y preso en ese campo de concentración y autor de un libro fundamental, El largo viaje, que los campos de exterminio, creados para matar industrialmente a las personas, solo estuvieron en Polonia, y fueron Auschwitz, Belzec, Chelmo, Sobibor y Treblinka. En ellos murieron mayoritariamente judíos y en menor medida gitanos. Los campos de concentración, inventados por los ingleses en la guerra de los bóers, existieron por miles en Alemania, la URSS y otros países, pero en ellos los prisioneros morían por hambre, agotamiento o enfermedades, y no eran ejecutados en serie el día de su llegada. Se dio el caso de que en Treblinka, por ejemplo, murieron un millón de personas en un campo que no tenía ninguna instalación para residir, por ser una máquina pura para procesar la muerte. Nos guste o no, la URSS, por ejemplo, como dijo Primo Levi, una víctima de Auschwitz, no construyó campos de exterminio. Millones de personas murieron en el gulag de frio hambre o agotamiento, pero en él no hubo fábricas industriales de la muerte sin más.

J. Semprún narra en su libro cómo le sorprendió al final de la guerra ver las condiciones en las que llegaron a Mauthausen los restos de los judíos de los campos polacos y la diferencia en el trato que les dieron los guardianes a ellos. Y también cuenta cómo cuando los soviéticos llegaron a liberar el campo decidieron seguir utilizándolo, pues era un campo como los suyos. Un joven soldado ruso le comentó que lo importante en un campo de concentración es ser vigilante y no preso, porque campos de concentración los hay, los ha habido y los habrá siempre.

Ni todo es igual en la muerte ni todo es igual en la vida y en la política. Y en honor a la verdad debemos reconocer con el joven comunista Semprún, que luego también fue ministro de un gobierno socialista con F. González, que Franco no hizo censos ni redadas de judíos para entregarlos a los nazis, como hicieron Francia, Holanda y todos los países europeos ocupados; y que los republicanos como él cayeron presos de los nazis en esa Europa ocupada, sin que Franco se preocupase nada por ellos ni por sus derechos, como era de suponer.

El nazismo, el estalinismo, y en menor medida el fascismo italiano fueron regímenes totalitarios. Y se llaman así porque en ellos dejaron de estar en vigor todos los derechos humanos: la vida, la propiedad, la libertad política y de expresión...; y dejaron de existir las garantías jurídicas procesales y de todo tipo. No en vano A. Hitler definió a la política como el arte de la administración del terror. En la URSS, Alemania e Italia la gente podía ser detenida arbitrariamente, no ser sometida a juicio alguno y ser enviada a un campo de concentración por motivos básicamente políticos. De esos campos se podía volver muchos años más tarde o no volver nunca, pero los familiares podían saber quién estaba en ellos y quién no.

No es lo mismo ser detenido sin motivo alguno para ser ejecutado, que ser encarcelado por un delito y condenado con un juicio, aunque la condena sea injusta. Le preguntaron al dictador Videla en su juicio por qué habían hecho desaparecer a decenas de miles de argentinos, si a algunos los hubieran podido juzgar -según él- como terroristas. Su respuesta fue muy clara: porque ninguna sociedad podría soportar semejante cadena de juicios y ejecuciones en un tiempo tan corto. Videla había dicho al inicio de su golpe de estado: primero mataremos a los terroristas, luego a sus cómplices, luego a sus encubridores, luego a los tibios y luego a los indiferentes. Luego tuvo que enfriar su entusiasmo. En el nazismo o en el estalinismo sin embargo hubiese podido hacer realidad sus deseos.

El totalitarismo de la URSS suprimió la propiedad privada, la libertad de asociación, de expresión, creó la policía política y suprimió el derecho procesal, y en un primer momento suprimió también la familia, el dinero, los grados en el ejército, las universidades, las iglesias, y creó un orden nuevo desde cero, para irlo corrigiendo poco a poco. En el nazismo hubo propiedad privada, se conservaron las grandes empresas y la economía de mercado, se creó la policía política y la censura en todos los niveles de la ciencia, el arte y la cultura, y se reforzó brutalmente la autoridad del ejército y la policía.

En el nazismo no desapareció el derecho ni el sistema procesal, como tampoco ocurrió en el fascismo ni en el franquismo, pero se manipuló en gran medida la justicia, con la aprobación de leyes injustas en el campo político y social, con la manipulación de las sentencias y la pérdida de las garantías procesales, y con la creación de grupos paramilitares y parapoliciales que garantizasen la administración del terror. La diferencia entre el número de derechos que se anulan y el grado en que se hace es lo que permite distinguir el totalitarismo del autoritarismo, que es un sistema político igualmente condenable pero diferente al anterior, pues en el autoritarismo puede existir la sociedad civil y en el totalitarismo no.

El fascismo y nazismo compartieron muchas características con el totalitarismo soviético y justificaron su nacimiento y su violencia como una defensa ante una revolución comunista que amenazaba con extenderse por Europa y acabar con la economía de mercado y el sistema liberal parlamentario En la actualidad ninguna revolución comunista amenaza al mundo, y por eso es imposible un retorno del fascismo sin más. Sin embargo sí que se perfila en el horizonte un nuevo autoritarismo, que no acabará con el mercado, sino que lo dejará campar a sus anchas, y que dispone de nuevos medios de control que le hacen innecesaria la administración del terror.

El nuevo autoritarismo será compatible con un mercado en el que la China oficialmente comunista, pero con una doble economía, una doble moral y un doble sistema político pronto pasará a ser el país con mayor PIB, muy por encima de los EEUU y Europa, y el segundo ejército del mundo, aunque su gasto militar sea solo un tercio del de los EEUU, la única potencia militar hegemónica con capacidad de intervención global. Los EEUU, China y Rusia complementan sus economías de mercado, porque están conectados en un mercado global, pero pueden ser peligrosos rivales militares.

Es ese mercado financiero el que está consiguiendo manipular los sistemas políticos y los derechos de las personas, cada vez más indefensas ante los abusos económicos, judiciales y policiales. El mercado global incluye en su seno el mercado global de las armas, cuya potencia hace inverosímil una guerra con grandes batallas terrestres, navales o aéreas, y que anuncia una nueva guerra basada en el control de la información y los sistemas digitales y que le permite saltarse todas las garantías internacionales del derecho de guerra y los derechos humanos. Y eso es fascismo.

El autoritarismo que se anuncia será un nuevo autoritarismo cognitivo, aparentemente limpio y sin sangre a la vista, pero en el fondo quizás peor, porque permitirá controlar a la población a través de los datos, y causar hambrunas, ruinas, destrucción ecológica, muertes y guerras en un mundo en el que dos lemas del nazismo: la noche y la niebla, lucirán entre los miles de millones de bits de la información, el poder y el dinero. Y en el que las comparaciones con el pasado solo servirán para que los infames que están muy a gusto en él oculten sus intereses y ambiciones apelando a las viejas palabras que acunan el odio.

(*) El autor es catedrático de Historia Antigua de la Universidade de Santiago (USC)