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Moleiro: “No tengo ni un solo euro de créditos”

"Siento un especial orgullo por haber reconstruido, entre otros, los mejores códices flamencos"//"Busco la información en todas las fuentes de conocimiento disponibles"

POR ENRIQUE BEOTAS  | 16.07.2011 
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Manuel Moleiro concibe el oficio de editor como una búsqueda de la satisfacción en la que prima el gusto por el detalle, por la obra bien hecha

Antes, mucho antes de que Gütenberg inaugurase una nueva Galaxia, el ser humano había concedido a Umberto Eco la mayor oportunidad para su mejor negocio. El italiano, semiótico e inteligente, construía una apasionante novela de intriga medieval a la que dio por titulo El nombre de la Rosa. Su argumento giraba en torno a un enigmático códice donde residían las claves para desvelar una trama llena de sutileza y misterio. Fue tal la fuerza narrativa y el expresionismo mágico de la obra, que se convirtió en uno de los más destacados best-seller del siglo XX. Aquel melodrama fue llevado al cine y no sólo conquistó las taquillas de todo el mundo, sino que pasó a formar parte de la exclusiva lista de los "clásicos" del séptimo arte. La obra llegó a eclipsar injustamente su posterior libro, El péndulo de Fucault, un trabajo tan prodigioso como postergado en la memoria colectiva. Ambos títulos me hicieron llegar a la conclusión de que el interés del ser humano se despierta sin límite cuando basamos la construcción de un buen relato en un objeto tan cotidiano como inalcanzable. Me refiero al deseo de conseguir El perfume capaz de esclavizar la voluntad humana (Patrick Süskind), de construir La indagación imprescindible con los testimonios más espeluznantes (Peter Weiss) o de encontrar el sutil método de envenenar al adversario mediante las páginas de un códice (Umberto Eco).

De aspecto físico parecido a una obra de encuadernación artística, el término latino "codex" describe cualquier manuscrito manufacturado en el periodo que abarca desde finales de la antigüedad preclásica hasta la finalización de la Edad Media. Concretamente, Eco hace referencia en su novela al desaparecido segundo libro de la Poética de Aristóteles, dedicado a la comedia. Sin duda una base idónea para convertir su relato en una trama perfecta de laberintos y herejías, conspiraciones y diálogos tortuosos, ritos de brujería y violaciones... El filósofo y escritor italiano demostraba así su pasión por los libros, ese objeto casi perfecto al que hay que agradecer que el tiempo no pueda evaporar ideas tan imprescindibles para la humanidad como aquellas que encierran el Theriaka y el Alexispharmaca de Nicandro.

Las obras copiadas por los amanuenses con paciencia invernal sustentaron una parte de la cultura occidental surgida de los monasterios prerrenacentistas. Hoy todo ello se nos antoja arte que trasciende a sus contenidos. Es el caso del espeluznante Beato de Liébana o el espectacular Códex Gigas... Andaba yo por estos andurriales cuando mi paisana, María José Salgueiro, la consejera gallega que puso seriedad e innovación a la cultura en Castilla y León, me llamó para hablarme de un ourensano que transita el mundo reconstruyendo con exactitud, precisión, materiales y técnicas antiquísimas los códices más inverosímiles e imprescindibles. Manuel Moleiro no sólo los investiga: vive de ellos, vive con ellos y se ha convertido en referencia mundial...

"Siento un especial orgullo por haber reconstruido, entre otros, los mejores códices flamencos, como el Breviario de Isabel la Católica, en el que está la flor y nata de todo lo que había en Flandes en aquel momento".

Sostiene la crítica alemana que, al resucitar esa obra, no sólo reinventaste el arte bibliográfico, sino que pusiste al alcance de muchos historiadores las claves de los matrimonios de conveniencia por el poder...

Ese breviario marca definitivamente la historia del personaje de Isabel la Católica. Hablamos de globalización, y la idea de la política matrimonial que hizo Isabel era global. Fíjate si el libro es oportuno y actual...

También hurgaste en las claves de la cultura otomana...

El Libro de la felicidad es un grandísimo tratado que data de 1582. Murad III, sultán del Imperio Otomano, coincidió con Felipe II en dos características únicas: ambos llegaron al máximo en sus imperios respectivos y con ambos empezó la decadencia.

Un título sugestivo...

Murad III era un individuo curioso que empezó siendo monógamo. Su hermana y su madre lo convencieron de que, con esa actitud, no iba a asegurar la continuidad del sultanato... ¡Tuvo ciento tres hijos!

¿Ahí radica la clave de "la felicidad"?

Está basado en Las Mil y una noches y en El Libro de Medicina de Abu-Masar, entre otros. Una parte está dedicada a la fisonomía, y describe, por ejemplo, cuestiones tan peculiares como la fórmula para, a través de la forma del rostro de una mujer, saber la profundidad de su vagina...

¡Atiza...! Eso hace estallar en mil pedazos el derecho a la intimidad...

Te hablo de un hombre que llegó a tener mil trescientas mujeres y que organizaba orgías para inspirarse...

Ese tipo era un superdotado...

En la Feria de Londres tuve que retirar el libro, pues unos iraníes llegaron a nuestro stand y, al verlo así encuadernado, consideraron que era un libro sagrado de oración y que, por lo tanto, no podía estar allí.

¿Eres tu propio investigador?

Busco la información en todas las fuentes de conocimiento disponibles. Para abordar una obra que me va a suponer una inversión de cerca de dos millones de euros, tengo que andar con pleno conocimiento y seguridad, convencido de que lo que voy a hacer es lo que este peculiar mercado busca. En ese proceso de investigación no me debo fiar de otro. Recibo muchas referencias, pero estoy obligado a conocer por mí mismo la obra original y descubrir si me satisface plenamente...

Manuel Moleiro es decididamente de Cea. Iba para director de cine pero le nació la pasión por los códices antiguos. "Clona" manuscritos y libros que se han perdido en esa almoneda abarrotada de olvido: la desidia humana. Licenciado en Periodismo por la Autónoma de Barcelona, en los años universitarios se asocia con unos compañeros y crea una editorial especializada en libros de arte: Ebrisa. De ese primer proyecto surge también la imprescindible revista FMR. En el 91, sus socios deciden vender la empresa y él no duda en continuar en solitario. Crea M. Moleiro y se centra exclusivamente en la reproducción de códices anteriores a los siglos XI y XII. Actualmente dirige su propia editorial, desde donde clona originales de códices, mapas y obras del período comprendido entre los siglos VIII y XVI. Sus tesoros bibliográficos, de edición limitada, cubren los anaqueles de papas, reyes, banqueros, presidentes de gobierno...

"Cuando cursaba COU, estuvieron a punto de echarme del instituto. Fue por una estupidez. Para mi castigo, era delegado de curso y avisaba a mis compañeros de cuándo llegaba el profesor... Se montaban unas batallas de tizas tremendas entre clase y clase y había que evitar que una le diera al entrar..."

Me temo lo peor...

Efectivamente, le metieron un "tizazo" en la cara y me castigaron por toda la tarde. Opté por largarme, me escapé por la ventana... Así fue como me abrieron un expediente.

¿Solicitaste amparo al director?

No hizo falta. La profesora de Biología hacía teatro con nosotros, se la jugó por mí y... Allí continué...

¿Por qué marchaste a Barcelona?

Las alternativas que ofrecía la Universidad de Santiago eran pocas... Quería hacer cine por encima de todo y sabía que Barcelona era una de las grandes referencias para cursar Cinematografía.

Pero te matriculaste en Periodismo...

La carrera englobaba Periodismo, Cinematografía y Publicidad. Hasta entonces, los periodistas de la Escuela Oficial y de la Iglesia habían obtenido el carnet por la famosa Ley de Prensa y estaban muy asustados ante la nueva avalancha de licenciados universitarios que comenzábamos a prepararnos para cambiar una profesión basada en la fidelización con el Régimen y no en el mérito profesional.

¿Tu primera impresión al llegar a Barcelona...?

Fue mala, aunque, afortunadamente, se quedó en un espejismo. Al llegar a la plaza de Cataluña pregunté por una calle... Debí de dar con el más estúpido de la ciudad, que se obstinaba en contestarme en catalán... ¡Hacerle eso a un paisano de Ourense...! Por suerte, nada más sobrepasarlo me di cuenta de que nadie en esa ciudad compartía la estúpida obstinación.

¿Por qué abandonaste la idea del cine?

Para mí era difícil, me apretaban el tiempo y la escasez de recursos. Debía terminar la carrera cuanto antes. Además, no había voluntad de dar vía libre a profesionales no domesticables. Eso sí, tuve la oportunidad de hacer unos cursos en Valladolid con el padre Stelling, un jesuita que sabía más sobre cine que el propio Román Gubern, del que también fui alumno...

¿Te frustró no dirigir?

Pues sí. Me faltaba el dinero. Me tuve que poner a trabajar, pues fui padre muy pronto... Ahora sé que habría sido un estupendo director de cine.

¿Por qué el mundo de la edición?

Es una pregunta recurrente en mi vida que todavía no he sabido responder. Las cosas que pensamos hay que ejecutarlas antes de los treinta y cinco...

¿Venciste la enfermiza timidez?

¿Quién te dijo que yo soy tímido?

El movimiento de tus manos...

Los gallegos llevamos la timidez en el alma, pero no hay otra que superarla... Pese a todo, hay determinados momentos en que aún me pongo nervioso...

¿Cuando vas al banco?

Afortunadamente no tengo ni un solo euro de crédito. Quizá ahí radica mi parte más gallega.

¿El secreto financiero para un "tinglado" tan importante?

El crecimiento sólo se logra a partir de los recursos propios, de lo contrario acabas trabajando sólo para los bancos.

¿El monopolio en el sector no te quitó el sueño?

Tenía asumido que la competencia siempre estaría ahí.

Estoy empeñado en encontrar la definición de lo que haces...

Bienvenido al club...

¿Tu secreto?

Hacer lo que nadie hace.

¿Un invento exclusivo?

No te quepa duda...

Te puedo citar una decena de editores de códices...

Le Monde contó hace escasas semanas que lo que hacemos se aleja mucho de un facsímil, que lo nuestro hay que identificarlo con un clon. Creo que es la mejor definición.

¿Nos quedamos ahí?

Para mí es un orgullo que escriban sobre mi trabajo el Frankfurter Allgemeine Zeitung o el Herald Tribune.

¿Te estás haciendo con el circuito?

Me muevo al margen de él, no me preocupa lo que digan, aunque es una ayuda más en mi singular camino. Lo agradezco, pero no lo busco.

¿Te podría calificar de "divulgador"?

La gente podía haber oído hablar de El Libro de la Felicidad, de que estaba en la Biblioteca Nacional de Francia y de que lo había llevado hasta allí Napoleón desde Egipto... Pero poco más... Casi nadie ha podido acceder a un libro como éste, ni siquiera verlo. Ahora ya es posible.

Creo que ya tengo la definición: eres un recuperador.

El que hoy se conozca que los portugueses llegaron a Australia doscientos cincuenta años antes que los ingleees se debe a que edité los mapas que ya en 1547 lo demostraban. Es algo que me llena por completo.

¿Encontraste la felicidad en lo que haces?

Lo dejamos en que me siento bien. Lograr ser el único editor español al que el Metropolitan le concede siempre permiso para acceder a sus joyas bibliográficas es tan satisfactorio... Cuando hay que clonar algo clasificado como "tesoro", como el Breviario de Isabel la Católica, sólo me lo facilitan a mí...

Dicen que eres maestro en el detalle.

Es un crédito imprescindible para este negocio. Lo que no es auténtico, no sirve.

Dame un ejemplo.

La piel de encuadernar que no está curtida de modo vegetal, no se puede repujar ni grabar.

¿El cliente llega a esa sofisticación?

Mis libros están en El Vaticano, en la Casa Blanca, en Buckingham... Hace muy poco me enteré de que Lula presumía de tener El Libro de la Felicidad y de que se lo enseña orgulloso a todo el que pasa por su casa. Las grandes horas de Ana de Bretaña es mostrado por Sarkozy a la gente que le visita en el Elíseo...

¿El más peculiar de tus clientes?

Posiblemente Pasquerilla, uno de los hombres más ricos del mundo, según Forbes. Me propuso pagarme unos libros en treinta y seis meses...

¿Y...?

Le dije que se fuera al diablo...

Me asusta lo que pueda valer uno de tus libros...

El Libro de la felicidad, por ejemplo, es barato: unos cuatro mil cuatrocientos euros.

¡Coño con lo barato...!

Sus calidades son exquisitas, por no hablar de su interés histórico... Es único. Hoy no sería posible en el mundo islámico, pues incluye los prodigios de cinco iglesias cristianas.

¿Los de aldea podemos entender un libro así?

Lleva un segundo tomo explicativo donde Stefano Carboni, director de Pintura Oriental del Metropolitan de Nueva York, comenta magistralmente todas y cada una de las miniaturas. Además, la traducción de los textos es de Miguel Ángel de Bunes, que comprende e interpreta a la perfección el turco clásico.

¿Te rodeas de lo mejor?

Para nuestros libros no hay presupuesto o límite. Sólo contamos con los mejores especialistas del mundo.

¿Por qué limitas cada obra a 987 ejemplares?

El siete es la perfección. Cuando le preguntan a Cristo cuántas veces debemos perdonar al hermano, responde que setenta veces siete. En siete días se hizo el mundo. Siete son los pecados capitales y siete las virtudes...

Y siete los días de la semana...

Es la perfección del bien, pero también la perfección del mal. El Apocalipsis describe a la Bestia con siete cabezas. Poner el siete es siempre una razón de peso.

¿Tus hijos?

Viven de acuerdo a sus propias ideas, convencidos de ser ellos mismos. Es lo más importante para todos. Sólo viviendo tu vida consigues no ser otro.

¿Catalanes o gallegos?

Uno vive integrado en Suiza, otro se identifica con Cataluña y el tercero es completamente gallego. Los tres fueron educados igual, pero cada uno es diferente. Eso es grande, Beotas...

¿Y la legacía genética?

Vivimos un mundo en permanente cambio. La educación es la clave.

Pues en Cataluña ya no hay libros en los colegios...

Tú y yo no manejamos el ordenador y la movilidad como nuestros hijos. Estamos ante otro mundo, incierto para los de nuestra generación, pero muy prometedor para nuestros hijos.

¿Y los principios?

El mayor de todos es aquel que dice: "No hagas hoy algo de lo que mañana te puedas arrepentir, no ofendas a nadie gratuitamente, evítalo". Es muy importante para poder ir con la cabeza alta.

¿Sentiste la tentación de escribir?

He comenzado algunos textos, pero nunca los he terminado. Jamás me atrajo convertirme en un tipo de esos que escriben para transmitir una idea.

Me empiezas a deprimir...

Coincidí con Saramago y su mujer, ambos eran muy amables, encantadores... Me percaté de que él estaba siempre al margen de todo, tal vez sólo pensando en su obra... Esa disposición ni la tengo, ni la busco.

¿Cómo sería el libro clonado de Galicia?

Encuadernado en piel de cabra, con algún grabado en la más pura consonancia celta... Tendría el azul de su cielo y el rojo de su pasión. En cuanto al papel, utilizaría el de Fabriano, aquel que usara Leonardo para sus dibujos...

¿No toleras...?

Tantas cosas... Por ejemplo, a quien va vendiendo pan diciendo que es de Cea y en realidad es de cualquier otra parte...

¿El pan de Cea no se clona?

El pan de Cea es sólo de Cea...

¿Conseguiste lo que te propusiste?

Eso es una utopía. Si uno no echa en falta cosas, es que nunca se ha planteado lo que quiere en la vida.

¿Si volvieses a nacer...?

Resolvería lo pendiente.

¿Si la fortuna te hace millonario?

Seguiría trabajando igual que ahora, en los libros. Para mí lo son todo...

He buscado su definición y creo haberla encontrado. Manuel Moleiro es un alma libre que transita por entre las dos puntas de un camino: al Norte, la salud; al Sur, la felicidad... Viaja siempre en busca de ello. Va de Budapest a Bagdad, de Omán y Túnez a la Meca y Medina, cruza el Mar Rojo para recorrer Damasco, Alejandría o El Cairo... Trata con arquitectos, pintores, calígrafos, joyeros, ceramistas, poetas y guardianes de tesoros de museo... Sabe bien que quien considere un libro por ser barato o caro, no es más que un atleta de la degeneración moderna. Su estética la marca un estilo vagamente italiano, aderezado con un sentido del humor ligero y escéptico, con referencias a Ermenegildo Zegna, Roberto Torretta o el más atrevido de los diseñadores de Dupont. Escribe siempre con caligrafía de Mayo del 68 y con azul de estilográfica... Siempre sobre papel verjurado. Su ética no lleva corbata, su espíritu vuela por entre los secretos de lo exclusivo. Sabe como nadie que nacemos con las tres heridas del poeta de Orihuela: la de la vida, la del amor y la de la muerte... Sí, señor, mi amiga Salgueiro tiene razón, Manuel le llama al pan, pan... Siempre y cuando sea de Cea, claro...

MUY PERSONAL

En la dirección.

Chaplin.

En pantalla.

'Apocalypse Now'.

En el MP3.

Mozart.

En la admiración.

La Mona Lisa.

En la mesa.

Almejas.

En la brújula.

Iguazú.