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LA TRILATERAL75 AÑOS DE GALEUSCA (y III) //catalizador

La 'triple alianza': un sueño confederal que incluía a Portugal en sus objetivos

La reunión con los nacionalistas vascos y catalanes logró sacar al Benegá de su aislamiento, otorgándole un lugar sobre la escena española // El renovado Galeuscat aspira a instaurar una nueva "cultura política" en la península

POR XAVIER NAVAZA   | 26.07.2008 
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Poco después de la resurrección del Galeusca, Xosé Manuel Beiras reconoció que la creación de la triple alianza había causado sus más y sus menos en el seno del Benegá. No quiso ser más explícito, pero el hecho cierto fue que la UPG advirtió que los nacionalistas gallegos corrían el peligro de convertirse en "domésticos de la derecha catalanista". Finalmente, sin embargo, se impuso seguir adelante: aquella nueva plataforma a tres bandas retomaba el guión de uno de los momentos cruciales de la historia moderna de los nacionalismos vasco, catalán y gallego.

El primer pacto firmado por Catalunya, Euskadi y Galicia con el objetivo de defender el régimen democrático y su derecho a la autodeterminación tuvo lugar en Santiago de Compostela el 25 de julio de 1933. Después se renovaría durante la guerra mundial, en Buenos Aires, y el lendakari José Antonio Aguirre fue designado representante de la trilateral en cualquier actividad que fuese necesario llevar a cabo, "con o sin España".

Aquel nuevo proyecto se distanciaba notoriamente de la Constitución de 1931: la península era definida como una Comunidad de Naciones Ibéricas constituidas por Cataluña, Galicia, Euzkadi y Castilla (España) que se integrarían tras un plebiscito particular que obtuviese las dos terceras partes de los votos afirmativos y cuyos resultados no podrían ser modificados en veinte años. En la confederación se reconocía a Portugal el mismo derecho de integración que las demás comunidades y se establecía el concepto de "Estado asociado", una idea que el nacionalismo vasco retomaría seis décadas más tarde con Juan José Ibarretxe como lendakari.

Carta de Argentina

En la capital argentina, Ramón Aldasoro redactó el 23 de octubre de 1944 otro esquema sobre el Pacto Galeusca que el lendakari Aguirre juzgó como demasiado teórico. El plan de Aguirre sería el más matizado y el que mereció la aprobación del presidente del Consell Nacional Catalá, Carles Pi i Sunyer, el 18 de noviembre de 1944. En la suavizada exposición de Jose Antonio Aguirre, Catalunya, Euzkadi y Galicia eran pueblos con características nacionales que, por el hecho de haber manifestado su libre voluntad con la aprobación de su autonomía política durante la Segunda República, podían en aquel momento ratificar su apoyo al principio universalmente reconocido de la autodeterminación de todas las naciones, con libertad de escoger por propia iniciativa la política que salvaguardase mejor su personalidad y sus derechos.

Ya entonces, el lendakari ponía el ejemplo del pacto federativo yugoslavo: "Lo que ocurre en Yugoslavia", decía, "tiene cierta similitud con lo que acontece en el País Vasco". Todo aquello quedó en un sueño, que para otros era una verdadera pesadilla que llevaría a la desmembración de España. Aún así, algunas de sus ideas continuaron viviendo, tanto en ámbitos de los nacionalismos vasco y catalán como en el galleguismo histórico. El BNG conectaba con todo aquello, cuyas líneas formaban parte del ideario político e incluso sentimental de sus dirigentes: el ansiado sueño de la Confederación Ibérica.

Y si en aquella lejana época la iniciativa había estado en manos de los vascos, esta vez estaba en las manos de los catalanistas, cuyo pragmatismo hacía prácticamente imposible plasmar enteramente por escrito los viejos idearios. Tanto es así que los primeros pasos hacia el nuevo Galeusca -hoy denominado Galeuscat- los dio el propio Jordi Pujol, aunque finalmente éste fuese el principal freno debido a sus relaciones bilaterales con el Gobierno central.

PEDAGOGÍA CATALANA

Cena en el Palace de Madrid

Todo empezó en Madrid, el 1 de julio de 1996 y nada más finalizar la conferencia que aquel día pronunció el presidente de la Generalitat de Catalunya en la capital de España. Por la noche, Jordi Pujol se reunió con sus principales colaboradores en el hotel Palace y, en torno a una tetera bien caliente, les dijo que era necesario pensar en "hacer las Españas": impartir doctrina nacionalista de un modo pedagógico y suave, sin aristas, para que los ciudadanos de Sevilla, Ciudad Real o Badajoz comprendiesen que Catalunya no era separatista y que sus demandas de mayor autogobierno contribuirían a reforzar la cohesión económica del laberinto español.

Apóstoles del catalanismo

Con Pujol estaban Miquel Roca, Xavier Trías, Pere Esteve, Josep Gomis y Joaquim Molins, que habían asistido a la conferencia. El president les dijo que debían intervenir en foros, coloquios y donde fuera necesario para explicar que había llegado el momento de una segunda Transición, esta vez profundamente autonómica. Serían los mensajeros, si no los apóstoles, del ideario catalanista. Incluso les animó a que escribieran artículos en las páginas de opinión de la prensa, fuese en Compostela o en Murcia, impulsando una corriente de debates que desterrasen la idea de que los políticos catalanes eran meros negociantes y que, por el contrario, aspiraban a hacer de los pueblos de España una poderosa palanca de progreso en el contexto de la UE.

Tras las elecciones gallegas de octubre de 1997, el BNG y, de modo especial, la figura emergente de Xosé Manuel Beiras, adquirió interés para Pujol. Apenas conocía a aquel catedrático de Economía que, paso a paso, a pulso, se había labrado una poderosa imagen en el laberinto y al fin había logrado realizar el sorpasso al PSdeG-PSOE. Pero a comienzos de diciembre de aquel año, el presidente de la Generalitat cursó una invitación formal al líder del nacionalismo gallego para que visitase Barcelona.

CAMBIO DE ERA

Quintana, bien situado para negociar

Salvadas las primeras críticas de los suyos a las conexiones que Xosé Manuel Beiras había puesto en marcha con Euskadi y Catalunya, el grueso del BNG recibió la iniciativa con aplausos. Sí, sí, era la derecha catalanista, pero eran nacionalistas al fin y al cabo y eso era lo que contaba. Así que no tardaron en extender la noticia, anunciando que una delegación del Benegá intercambiaría sus cartas credenciales con el honorable presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, y Beiras se sentaría a la mesa para debatir sobre el futuro con los dirigentes de Convergència.

Y para que no quedase nadie sin visitar, Galiza Nova, la organización juvenil del BNG, realizaría contactos con sus homólogos en la convergencia catalanista, pero también con la Esquerra Republicana de Catalunya "para fomentar canales fluidos de comunicación". Pujol y Beiras se conocieron y hablaron largo y tendido en el Palau de la Generalitat, "de nación a nación".

Paralelamente, mientras Beiras se reunía al más alto nivel, la delegación, integrada por Francisco García, Pilar García Negro, Guillermo Vázquez y Encarna Otero, participaba en una jornada de trabajo con la cúpula convergente catalana. Se iniciaba así una nueva diplomacia que en poco tiempo alcanzaría sus primeros frutos y que beneficiaría de un modo notable al nacionalismo gallego.

Tuvo que ser Beiras, pues, quien finalmente rompiese el hielo. Ya había impulsado el alejamiento de las posiciones del independentismo vasco, con durísimas críticas hacia Herri Batasuna años atrás, y ahora se encargaba de abrirle las puertas al nacionalismo galaico en las cancillerías de Catalunya y Euskadi. Fue el inicio de una nueva era. Cuando Anxo Quintana se hizo con el liderazgo del BNG, cinco años después de la recreación del Galeusca, contaba con una magnífica plataforma en sus relaciones con el exterior .