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Mariano Fernández-Enguita: “El ambiente de los claustros es poco tolerante con la crítica”

Fernández-Enguita es catedrático de Sociología en la UCM y catedrático visitante en el ­ISCTE (Lisboa). ­Coordina el Doctorado de Educación de la UCM y el grupo investigador Grease. Es presidente del Comité de Sociología de la Educación de la Federación Española de Sociología y autor de La educación en la encrucijada, Fundación Santillana, 2016. Mantiene el blog Cuaderno de Campo.

Mariano Fernández-Enguita, Catedrático de la Universidad Complutense - FOTO: CG
Mariano Fernández-Enguita, Catedrático de la Universidad Complutense - FOTO: CG

MARÍA ALMODÓVAR SANTIAGO  | 02.06.2016 
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Profesor Enguita, estoy segura de que muchos piensan como usted y no se atreven a expresarlo. ¿Por qué será?
Hay una idea equivocada de la profesionalidad que deriva fácilmente en corporativismo puro y duro. No es un plato agradable asumir que tus intereses no siempre coinciden con los de la sociedad ni con los de los alumnos, ni aceptar que algunos de tus compañeros no dan la talla estando a su alcance. El ambiente de los claustros, si se me permite la ironía, es claustrofóbico, en el sentido en que se usa este adjetivo para los filmes, o sea, cerrado, poco tolerante con la diferencia y la crítica. No falta quien se enfada conmigo por negar la ingenuidad y la santidad de la profesión, pero son más los que agradecen que hable claro o me dicen que envidian poder hacerlo.
Leyendo su artículo, parece que cualquier tiempo pasado fue mejor, por lo menos en la ­enseñanza...
De ninguna manera. Cualquier tiempo pasado fue peor en casi todo, y más aquí, aunque es posible que fuera más sencillo. Y, justamente porque el tiempo era peor, había que ser mejor para ser docente. ­Hablo, por supuesto, de la media y la ­moda, del docente típico o del mínimo, porque luego, como en todos los grupos, hay de todo. La cuestión es qué tipo de ­profesional favorecen las instituciones y las políticas actuales.
¿Debería haber en nuestro país menos universitarios, profesor Enguita?
Deberá haber más, pero es una anomalía que, en nuestro entorno, tengamos al mismo tiempo una de las tasas más altas de acceso a la universidad y la más elevada de abandono prematuro, entre otras cosas porque no hemos sabido potenciar las ­titulaciones intermedias. Con una estructura productiva como la nuestra, con gran peso de sectores de baja cualificación como construcción y hostelería, supone que muchos jóvenes no van a encontrar el título que creían que les garantizaría su título; supone sobrecualificación o subempleo, es decir, frustración.
Dice en su artículo que "la carrera carece hoy de los filtros adecuados". ¿Se ha planteado alguna vez que la vocación puede ser, a veces, un buen criterio de selección, mejor que una nota?
Es imposible no hacerlo: pregunte a cualquier docente de primaria o infantil por qué lo es o quiere serlo y la respuesta es invariable: "Me gustan los niños", aunque sería difícil desentrañar qué quiere decir. Pero me temo que a algunos también les gustan, como a cualquiera, o incluso es lo que más les gusta, el horario, las vacaciones, la seguridad en el empleo, la ­jubilación anticipada, etc. Lo único exigente por lo que pasa hoy un profesor es la oposición, justo lo peor que podemos poner como filtro para la escuela de hoy.
Toca un tema delicado: los protegidos (los funcionarios). Ellos, simplemente, se ajustan al sistema que existe en nuestro país.
El estatuto funcionarial nació para proteger a los empleados públicos de las presiones políticas y de las cesantías cada vez que ganaba el otro partido, pero hoy tenemos una democracia consolidada. En cambio, trabajar en la institución que prepara hoy para el mundo (más) cambiante, incierto, etcétera, de mañana es incompatible con la impunidad, la inmunidad y la inanidad que puede alcanzar el funcionariado, tanto más si tiene un público cautivo y menor de edad. Lo de "ajustarse" al sistema no me convence: lo podrían decir los defraudadores fiscales, los empresarios del 3 %... Creo que una institución más exigente sería también más gratificante para la mayoría del profesorado.
El cambio que usted propone es radical. ¿Lo ve factible en la España de hoy?
Es difícil, pero ya se verá. Lo que no dudo es que es necesario.