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El jarrón chino

    La semana pasada, en esta misma columna, aludía María Montalvo al ejemplo de la emigración gallega en los siglos XIX y XX -particularmente, hacia América Latina y el Caribe- como modelo de esa cooperación público-privada tan necesaria en los tiempos pandémicos que vivimos y de la que ya hemos venido hablando. Sin perjuicio de regresar en otras entregas sobre tan interesante hilo, emigraremos este domingo en sentido contrario, de Occidente a Oriente, dado que, en expresiva frase de Manuel Vicent, “pregúntate dónde están hoy los modernos esclavos para saber dónde estará el próximo imperio”. Pensando sobre ello, viene a la mente una anécdota de Felipe González, tras cesar en la presidencia del gobierno de España, comparando su propio futuro con el de un jarrón chino, al parecer tan valioso como difícil de ubicar. Nos quedamos, por ahora, con la primera parte de la metáfora, esto es, la que se refiere al valor.

    El tan denostado en la actualidad “made in China” ha gozado, no obstante, de legendario aprecio en Europa a lo largo de la Historia. De hecho, a partir del siglo I a.C., comenzó a extenderse una red de vías comerciales desde la ciudad de Chang’an (actualmente Xi’an) pasando, entre otras, por Karakórum (Mongolia), el Paso de Khunjerab (Pakistán), Susa (Persia), el Valle de Fergana (Tayikistán), Samarkanda (Uzbekistán), Taxila (Pakistán), Antioquía (Turquía), Alejandría (Egipto), Kazán (Rusia) y Constantinopla (actualmente Estambul, Turquía) llegando a las puertas de Europa y, ya en el siglo XV, hasta los reinos hispánicos, así como a Somalia y Etiopía, en el África oriental. Tomó su nombre de la mercancía más celebre, producida entonces exclusivamente en China, aunque lo cierto es que monopolizó los principales intercambios comerciales entre Oriente y Occidente durante siglos. Era la “Ruta de la Seda”.

    La Ruta de la Seda se mantuvo activa durante toda la Edad Media, declinando en el siglo XV debido a la política de bloqueo comercial que practicaba el Imperio otomano (en el extremo occidental de la misma). Pero la nostalgia por su relevancia histórica llevó al actual presidente chino, Xi Jinping, en el año 2013, a lanzar una propuesra para su revitalización, acompañada ya desde su inció de una sustanciosa dotación de fuentes de financiación pública específicas (Fondo de la Ruta de la Seda y el Nuevo Banco de Desarrollo). Tal vez no haya significado del todo (o no solo, al menos) una mera pose nostálgica, pero la apuesta china ahí sigue. En el nuevo orden internacional que alumbrará sin duda este proyecto cuando se haga completa realidad, conviene que Galicia encuentre su sitio, especialmente, considerando el potencial de nuestros puertos, no tanto para importar, sino más bien para reexportar productos chinos, a través del comercio electrónico, en lo que se conoce como “puerto HUB”.

    De ahí que quepa saludar proyectos como el que se encuentra auspiciando el Instituto Galego de Análise e Documentación Internacional (IGADI) para promover las relaciones de Galicia con China en el horizonte del siglo XXI, “desde el contacto y el diálogo entre el Camino de Santiago y la Ruta de la Seda como itinerarios para el encuentro multicultural”. En Galicia, muchas personas habrán disfrutado este verano, cercano a concluir ya, de bellísimos ocasos en el Atlántico; pero tanto los poderes públicos como las empresas privadas deberían recordar que el sol sale por el Oriente, no vaya a ser que nuestro bienestar económico actual se acabe convirtiendo precisamente en eso, en un ocaso (mas triste que bonito).

    Volvemos así de nuevo sobre la inagotable fuente que inspira esta columna, la cooperación público-privada, ahora acompañada del adjetivo “transfronteriza”, como motor e impulso de la recuperación económica. Ya se ha advertido del peligro que puede suponer para las empresas europeas locales -incluidas, por extensión, las gallegas- esta política pública expansionista del país de la flor de loto; lo que ya ha derivado en la adopción de algunas medidas a este respecto, como el Reglamento 2019/452 de la U.E. (reciente y algo apresuradamente incorporado al ordenamiento jurídico español, durante la pandemia). Pero, aunque quepa intuir en la colaboración con el nuevo imperio el abrazo del oso -tal vez, en todo caso, de un simpático panda- el nuevo e incierto panorama poscovidiano aconseja, al menos, no perder de vista los movimientos que se están produciendo en el escenario internacional, en general, y en las relaciones con el gigante asiático, en particular.

    “Incidit in Scyllam cupiens vitare Charybdim”. Como Ulises, o sea, entre el Escilla de la protección del propio mercado y el Caribidis de una dura recesión económica, habrá que actuar según indicó el genio de Rotterdam, a quien desde esta columna rendimos modesto homenaje: de dos males, elige el menor. En eso, en realidad, consiste muchas veces la cordura que, por otra parte, es indefectiblemente más valiosa que un jarrón de la dinastía Ming.

    (*) Elena Rivo es profesora del

    Departamento de Organización

    de Empresa y MK de la UVigo.

    Miguel Michinel es profesor de

    Derecho Internacional

    Privado de la UVigo

    30 ago 2020 / 00:10
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