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Paz vilipendiada

Es humano -y especialmente ibérico- ponerte a arreglar la casa del vecino mientras la tuya está patas arriba. El argumento está siempre sesgado por una falsa bondad, una misericordia hipócrita, y una disimulada ayuda al desvalido; pero detrás de la cortina se cultiva la ceremonia de la confusión para que no haya observadores neutrales, para que engorde el bando que interesa, para sacar tajada de la desgracia ajena. Es hipócrita hablar de paz y vender armas; es perverso hablar de diplomacia con insultos, agresiones verbales, maldiciones y deseos de muerte. Cuando dos se pelean ni es tan malvado el agresor ni es tan santo el agredido.

Empezábamos a salir de una pandemia catastrófica, con el campo sembrado de cadáveres; empezábamos a desenmascararnos para reencontrar a los amigos, abrazar a nuestra familia, sonreír a nuestros vecinos; empezábamos a pensar que era posible volver a vivir en esa normalidad condicionada por la economía de mercado; y, de repente, los mismos que gestionaron la crueldad de la pandemia nos obligan a lanzarnos a la tempestad de la guerra, sin todavía haber curado las heridas, sin todavía haber equilibrado la escora del barco de la economía.

La misma población atónita que se recluyó en sus casas ante la amenaza vírica, se recluye ahora ante el miedo nuclear, apuntando con el dedo a culpables invisibles personalizados en una imagen diabólica. Los mismos que condujeron el rebaño hacia el precipicio en la pandemia, empujan ahora a la manada a una nueva crisis sin precedentes. Los mismos que culparon al virus de todas las desgracias posibles, culpan ahora a un nuevo Satán, que se suma a la lista de los Idi Amin, de los Sadam Hussein, de los Muamar el Gadafi, que han ido fabricando a lo largo de los años para justificar sus guerras, sus agresiones económicas, con resultado siempre letal y calamitoso para la población inocente.

Son los mismos que desprecian a la patria, la venden en paraísos fiscales y te piden que vayas a morir por una patria en la que no creen y en la que no quieren que creas, porque a diario la desmembran, la desarticulan, la convierten en fragmentos aversivos e insolidarios.

Los arquitectos de la guerra optan siempre por destruir pueblos enteros con la argucia del interés geopolítico. El exterminio colectivo da más beneficios, consume más armas, moviliza más recursos, genera más préstamos y, ante la opinión pública, falsifica mejor una parca y asquerosa magnanimidad.

La fabricación de un enemigo externo es la estrategia universal de todos los interesados en desviar la atención de la miseria interna hacia el enemigo común, que merece nuestro desprecio, nuestro repudio y nuestro odio. El enemigo externo nos ayuda a olvidar quién es nuestro enemigo dentro, quien nos carga de impuestos para pagar sus caprichos, quien nos sube el precio de la luz para que vivamos a oscuras, quien hace inalcanzable el combustible para inmovilizarnos, quien nos intoxica con el miedo para que nuestra amnesia transitoria nos haga olvidar con quien pacta, quien nos vende el favor de la redención para que seamos agradecidos en las urnas frente al fantasma de las mil cabezas.

La falsa paz de la seguridad inestable. Al final, la gente corriente podría acabar pensando como Esopo en sus Fábulas: “Mejor frijoles y tocino en paz que pasteles y cerveza con miedo”. Para Oliver Wendell Holmes, “la única condición para tener paz en este mundo es no tener ideas, o, al menos, no expresarlas”. La paz también puede ser el resultado de una cobardía mutua, como creía Samuel Johnson.

Nos van disfrazando la paz de carnaval y vendiendo la guerra de justicia. No todos piensan como Erasmus en su Adagia: “La paz más desfavorable es mejor que la guerra más justa”; o como el curtido Benjamin Franklin, que escribía en una carta al político Josiah Quincy, el 11 de septiembre de 1773: “Nunca hubo una buena guerra ni una mala paz”. En cambio, Charles Péguy decía en Basic Verities que “es mejor librar una guerra por la justicia que mantener la paz en la injusticia”.

Nos van desfigurando el rostro de la normalidad con imágenes esperpénticas, precocinadas en el microondas de la falsedad mediática, para inducir miedo y generar rivalidad. Francis Bacon, hablando del Imperio en sus Essays de 1625 ya decía: “Un miedo justo a un peligro inminente, aunque no se dé un solo golpe, es una causa legal de guerra”.

La paz solo se puede instalar en la azotea de la moralidad. En The Wisdom of the Heart, Henry Miller escribe: “Si ha de haber paz, vendrá por ser, no por tener”. Dice el texto sagrado hinduista Bhagavadgita que quien conoce la paz ha olvidado el deseo. En sus Filípicas, Cicerón se refiere a la paz como libertad en tranquilidad; y un sabio proverbio holandés recalca que “nadie puede tener paz más tiempo del que le plazca a su vecino”. En Actions and Passions, Max Lerner lo deja claro: “Puedes llamar a la paz tan fuerte como quieras, pero donde no hay hermandad, al final no puede haber paz”.

Estamos a merced de quien maneja los hilos de la marioneta social. Somos espectadores de una paz morbosa basada en el miedo o en el interés y cuando ruge la guerra nos tiramos al bando de las causas bucólicas en vez de ponernos en medio para frenar a los contendientes. Esta es la gran trampa de los manipuladores que te empujan a un bando. Si realmente quisieran la paz no alimentarían la guerra sino que se interpondrían para evitar el conflicto; pero nadie quiere estar en la línea de fuego cruzado; no por miedo a caer herido o muerto, sino por temor a no disfrutar de los réditos de la guerra, de los que jamás disfruta la población civil.

Es la gran hipocresía de los descomprometidos. Te dan las armas, te dan el dinero, te dan el combustible para que te pelees tú con otros desgraciados, como tú, y luego te prendas fuego. Te venden la guerra como defensa de la democracia y nadie quiere reconocer, como señalaba Brooks Atkinson en Once Around the Sun, que “después de cada guerra hay mucha menos democracia que salvar”.

Los inductores caen en la categoría de los que señalaba desde el púlpito de Plymouth Henry Ward Beecher: “No es meramente crueldad lo que hace que muchos hombres amen la guerra; es pura excitación”. Charles Caleb Colton se preguntaba en Lacon: “¿Cuáles son los triunfos de la guerra, planeados por la ambición, ejecutados por la violencia y consumados por la devastación? Los medios son el sacrificio de muchos, el fin, el engrandecimiento hinchado de unos pocos”.

Cualquier forma de imperialismo encuentra justificación a la guerra para forzar una paz basada en el miedo, defendida con apologética de parvulario. Hitler decía en Mein Kampf en 1924: “La humanidad se ha fortalecido en las luchas eternas y sólo perecerá a través de la paz eterna”. Mao Tse-Tung defendía que “la guerra sólo puede ser abolida con guerra”.

En plena Segunda Guerra Mundial (1939-1945), en un discurso ante los miembros de la Foreign Policy Association, el 21 de octubre de 1944 en la ciudad de Nueva York, F.D. Roosevelt decía: “La paz, como la guerra, sólo puede suceder cuando hay una voluntad de hacerla cumplir, y donde hay poder disponible para hacerla cumplir”.

Con frecuencia, los gobernantes tratan la paz y la guerra con la misma frivolidad que las promesas electorales. La beligerancia dialéctica con la que se manifiestan, con la que agreden a sus rivales, es una muestra de guerra; es un señuelo de incapacidad moral para llegar a una paz que dé sosiego y tranquilidad a los ciudadanos. Confucio advertía en sus Analects que “llevar a un pueblo no instruido a la guerra es tirarlo a la basura”.

En War, Politics and Power, Karl von Clausewitz va más lejos: “La guerra es una continuación de la política; no es meramente un acto político sino un puro instrumento político”; una forma de manipulación y engaño descarado ante el cual no hay valentía suficiente para oponerse.

Y cuando estalla le guerra, mientras unos explotan en los campos de batalla bajo las bombas del hermano desconocido, los políticos ignoran cualquier autocrítica que les involucre y ponen en marcha sus aparatos de propaganda para lavarse la cara, las manos y el simulacro de alma que no tienen. Ante una guerra -una violación de la paz- no se salva nadie, ni los instigadores, ni los inductores, ni los ejecutores, ni los seguidores, ni los mercenarios, ni los espectadores.

La peor consecuencia de la guerra no son las bajas inmediatas; son sus efectos colaterales. En el Saturday Review del 30 de septiembre de 1967, en un artículo titulado What I have Learned, Ilya Ehrenburg decía: “He llegado a odiar la guerra no sólo porque mata la flor de cada nación, sino porque destruye los valores espirituales y materiales de la gente”.

John F. Kennedy, dirigiéndose a la Asamblea General de las Naciones Unidas el 20 de septiembre de 1963, decía: “La paz es un proceso diario, semanal, mensual, que cambia gradualmente de opinión, que lentamente erosiona barreras, que silenciosamente construye nuevas estructuras”. El mismo Kennedy fue quien dijo, en un mensaje sobre el Estado de la Unión el 14 de Enero de ese año: “La paz no es meramente la ausencia de guerra; solo con armas no se mantiene la paz; la paz debe ser mantenida por los hombres”.

Woodrow Wilson, en un speech en Des Moines, Iowa, el primero de febrero de 1916, declaraba que “hay que pagar un precio muy alto por la paz; y ese precio se puede resumir en que uno no puede pagar el precio de la autoestima”. Un año después, dirigiéndose al Senado de los Estados Unidos, afirmaba que “solo la paz entre iguales puede ser duradera”. En su Henry IV, ya Shakespeare poetizaba que “la paz tiene la naturaleza de una conquista en la que ambas partes son noblemente sometidas sin que ninguna se sienta perdedora”.

No difiere mucho en el análisis Paul Valéry en sus Reflections on the World Today de 1931: “La paz es una victoria virtual, muda y sostenida de poderes potenciales contra codicias probables. Solo podría haber una verdadera paz si todos estuviéramos satisfechos. Eso significa que a menudo no hay una paz real; sólo hay estados reales de paz que, como las guerras, son meros expedientes”.

Podremos filosofar sobre la paz y la guerra; justificar el bando elegido o en el que, por accidente, hemos caído; maldecir a todos los indeseables que conducen a inocentes a la muerte; contribuir con nuestra beligerancia al conflicto o ponernos en medio para inmolarnos ante la insensibilidad de los contendientes; al final, quizá tengamos que acabar reconociendo con Franklin D. Roosevelt que “la paz, como la caridad y el amor, empieza en casa”.

03 abr 2022 / 01:00
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