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manola, fátima y sandra. Conservera, repartidora de pan y carnicera, esos eran los trabajos anteriores de estas referentes femeninas en el campo de la minería, que cumplieron sus sueños y emplean grandes máquinas sin dificultad TEXTO Á. Precedo

Tres mujeres que manejan la pala como si fuese una más de sus manos

Manola, Fátima y Sandra son tres de las escasas mujeres palistas que hay en Galicia. Trabajan en una cantera en la carretera Boiro-Noia y cada día impresionan a sus compañeros y dan una lección de valía a los cargadores que llegan a la empresa y se muestran reacios a que les llene el camión una mujer. Mucho hemos avanzado en el plano de la igualdad, pero hay profesiones en las que todavía queda mucho por hacer, como es el caso de la de estas mujeres, ejemplos donde los haya para todas las niñas que vienen por detrás.

Ninguna soñaba con hacerse palista, fueron cosas del destino, pero ahora no cambiarían su trabajo por nada del mundo. Subidas a la pala son felices. Manola nos cuenta que ella antes trabajaba en una conservera en Boiro, pero “estaba un poco aburrida de ese trabajo y me enteré de que en la cantera querían gente y allá fui”. Le dieron el trabajo, aunque “nunca pensé que me fuesen a mandar conducir una pala, si soy sincera, pero me enseñaron y poco a poco fui aprendiendo”.

Más rápido que tarde. Partía de cierto “miedo”. “Al principio tenía mucho miedo, a las alturas, a que la máquina se quedara sin frenos, porque allí hay muchas pendientes...”, explica. Pero para ella fue un reto personal el coger el toro por los cuernos, que se dice. Y no le quedó más remedio, pues ya el primer día “empezamos por la mañana y el encargado me dió cuatro claves de cómo iba la máquina, pero sin andar con ella, hasta que mis compañeras, con jornada partida, se fueron a comer y tuve que quedarme yo sola manejando la pala”.

Diecisiete años a sus espaldas lleva ya Manola y recuerda entre risas aquellos días en que los camioneros se mostraban a la defensiva con ella: “Me decían: ‘Oye, cuidado, que eso es muy grande para ti, no me vayas a romper el camión’”. Ahora ya no pasa eso, ya todos la conocen y saben de su valía. Lo primero que hace cada mañana, antes de subirse a la pala, es revisar que todo esté correcto: mira los niveles, de aceite, de anticongelante, el nivel hidráulico... Luego se sube y empieza a cargar camiones, a veces también haciendo acopio de materiales pesados empujándolos o incluso, antes, tenía también que cargar explosivos en la máquina y trasladarlos.

Contra lo que pueda pensarse, para Manola cargar explosivos era un placer. Lejos de tener miedo a que estallase por tratarse de un material tan delicado, “me encantaba”. Ahora ya hay una empresa externa contratada para realizar las voladuras en la cantera y no necesitan de este servicio. Y allá, en una máquina que la triplica en tamaño –”yo ya soy pequeñita”–, Manola, a sus 52 años, anima a todas las niñas a entrar en la profesión.

Su familia está muy orgullosa, aunque le costó entenderlo. Para su hijo, de 8 años cuando aceptó el trabajo, “le chocaba, porque todas las madres de sus compañeros trabajaban en la conserva”. Así que “un día lo llevé al trabajo para que viese cómo era y ahora está súper orgulloso de lo que hace su madre, presume de que yo conduzca una pala”.

TUVIERON QUE SOPORTAR CIERTOS COMENTARIOS MACHISTAS. Su hermana, Fátima, corrió con su misma suerte. Trabajaba en el reparto de pan hasta que un vecino que en aquel momento era el presidente de la comunidad de montes donde estaba la cantera le preguntó si le interesaba empezar a trabajar en ella. Aunque al principio estuvo en una planta de lavar arena, durante un año, cuando el chico que estaba manejando la retroexcavadora se marchó, “me propusieron aprender y le dije que sí, y aquí estamos hoy, catorce años después”. Poco le costó cogerle el truquillo a la máquina y ahora “me encanta”.

Su día a día pasa por la voladura, cargando los ‘dumpers’ que llevan la piedra para la machacadora. Aunque también anda en camión si le toca, cuando falta algún conductor y es necesario. Otras veces, se las pasa picando piedra, en una máquina parecida a la suya. La más grande se usa para cargar los camiones que llevan la piedra a la machacadora, pero la pequeña, dotada de un martillo hidráulico, pica la piedra que sale grande y no pasa por la machacadora, por lo que es necesario triturarla antes con el martillo.

Como le sucedió a su hermana, no faltaron los comentarios de la gente de fuera –”los compañeros siempre se portaron muy bien, somos una gran familia”–. “Llevando yo poquito tiempo trabajando en la pala, vino un señor con un camión a buscar piedras y al ver que le iba a cargar yo me dijo: ‘Mujer, ¿esa máquina no es muy grande para ti?’ Así como un poco machista”, nos cuenta. Pero también ha tenido experiencias de las que estar orgullosa: “Nuestra empresa también hace obra pública y a veces, una o dos veces al año, llevo la pala para picar piedra dura que las máquinas pequeñas de carretera no dan quitado, y en la primera obra en la que estuve en Noia me quitaron fotos y todo”.

Su marido y su hijo están súper orgullosos de ella y, si tuviese una hija a la que le gustase su trabajo, “me encantaría que tuviese la posibilidad de hacerlo”, porque “somos muy poquitas, ya que aunque en la cantera trabajaron más mujeres, la mayoría lo hicieron en la planta de reciclaje o en otras”. “Yo creo que aquí ya no piden trabajo porque piensan que no valen o que la empresa preferirá a hombres”, plantea.

NO TIENEN DUDAS DE QUE FUE LA MEJOR DECISIÓN DE SUS VIDAS. Por su parte, Sandra salió de la carnicería para empezar en la cantera con tan solo 19 añitos, gracias a un primo que le ofreció el trabajo. Como Fátima, comenzó lavando arena, pero después de 8 o 9 meses en la empresa, “el chico que estaba en la máquina grande, en la pala, se marchó y yo quise ir para su puesto”. Con 34 años en la actualidad, hace 15 años que desempeña este trabajo, y considera la pala como “una oficina, donde le ordenador es el volante y las palancas el ratón que lo mueven”.

Para ella tampoco faltaron los comentarios fuera de lugar por parte de los hombres. “Al poco de empezar a cargar camiones con la máquina un hombre me vino y me dijo: ‘¿Me vas a cargar tú?’ Le dije que sí y él me dijo que quería que le cargase un hombre, a lo que contesté: ‘Pues aquí hombres no hay, o le cargo yo o se va como vino’”, nos cuenta ahora entre risas. Su día a día pasa por cargar camiones con aglomerado, arrancar la planta y alimentarla, poniéndole áridos. La arena, tras pasar por una especie de molino, también se carga en un camión.

13 jun 2022 / 00:00
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