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Vocales y lucha de clases

Una de las cosas que nos diferencia de los animales es el uso del lenguaje. Gracias al lenguaje podemos expresarnos, pero además nos permite ordenar los conocimientos, gracias a la creación de las palabras; y razonar, aunando el uso de las reglas de la gramática y la leyes del pensamiento. Pero el lenguaje tiene una característica fundamental, y es que su uso es inconsciente, porque nuestros cerebros poseen la capacidad innata de poder aprender a hablar. Los niños aprenden a hablar escuchando a las personas de su entorno, y a la vez se van integrando en el mundo y la sociedad, asimilando sus conocimientos y sus valores sobre lo bueno y malo, o bonito y feo.

Cuando los niños estudian la gramática ya saben hablar, y los adultos dominamos una lengua extranjera cuando podemos hablarla y escribirla sin necesidad de comprobar si esa es la palabra correcta, o si ese verbo está bien y esa frase se construye así. Es entonces cuando esa nueva lengua es para nosotros natural y espontánea, y cuando podemos olvidarnos de la gramática, cuya enseñanza siempre ha estado unido a la idea de disciplina, e incluso de arbitrariedad, por ejemplo en el caso de la ortografía, cuyo aprendizaje hasta podría considerarse en otras épocas como una forma de tortura.

Durante muchísimos años se utilizó el libro de ortografía de Miranda Podadera. En él el niño debía aprender cosas como: “se escriben con hache todas las palabras que empiezan por hipo- e hipe-, menos ipecacuana”; o “se escriben con hache todas las palabras que empiezan por hue- y sus derivados, menos oquedad de hueco, orfandad de huérfano, oscense de Huesca y onubense de Huelva”. No hay duda ninguna de que todo niño que quisiese desenvolverse con soltura en el patio del colegio debía conocer normas imprescindibles para la vida como éstas. A título personal puedo ofrecer la anécdota de un antiguo bedel de mi facultad, guardia civil jubilado, que exhibía con orgullo su sapiencia diciéndome siempre que él se sabía de memoria “el Miranda Podadera”, mérito que no podíamos exhibir en la guerrera ninguno de los profesores.

El valor de la gramática para la vida era como el de la aritmética, cuando los niños tenían que resolver problemas de este tipo, sin duda imprescindibles para poder asistir a un cumpleaños: “Pepito tiene una bolsa con 73 caramelos, que el día de su cumpleaños quiere repartir con sus amigos Juanito, Lola, Carmiña, Antonio y Manuel. Si él quiere quedarse con 1/3, y quiere que Juanito tenga el doble de caramelos que Lola, Lola los 2/3 de los que le toquen a Carmiña, y Carmiña 4/5 de los que le van a tocar a Antonio y Manuel a partes iguales, ¿cuántos caramelos le tocarán al cumpleañero y a cada uno de sus amigos?”. Habría que reconocer, de ser esto así, que sería mucho más divertido dormitar en el pupitre que ir a un cumpleaños.

¡Miranda Podadera ha vuelto! Se ha reencarnado en una logomaquia de la corrección política que cree que se puede cambiar el mundo pasando de la o a la a, aunando el esfuerzo con el uso de las estadísticas que se parece muchísimo a los caramelos del cumpleaños de Pepito, y que viene a confirmar el viejo dicho que decía “hay tres clases de cosas, las que son verdad, las que son mentira y las que son estadísticas”.

La heroica lucha de las Mirandas Podaderas por la reforma de la gramática se basa en la idea de que el lenguaje es perverso, porque oculta una ideología que se debe combatir, porque es la base del poder y el instrumento clave de los “aparatos ideológicos del estado”. El estado tiene un poder cada vez más omnímodo, gracias a su control de la economía, y al uso legal de la violencia policial, militar, y sobre todo gracias a su capacidad de dictar leyes que se pueden interpretar de mil maneras, pero solo por parte de esos pocos que tienen la capacidad de interpretarlas. Por eso si se quiere cambiar el poder del estado hay que centrarse en ese mismo poder y sus modos de ejercicio, no en un esfuerzo banal que consiste en “ donde hay o, póngase a”.

Las reglas inconscientes del lenguaje hacen que haya en él dos géneros gramaticales, que muchas veces no tienen nada que ver con los géneros masculino y femenino sociales y humanos, y que tampoco tienen por qué ser el reflejo del poder de las ideologías. El estudio de las lenguas es una ciencia apasionante que nos permite ver cómo han ido cambiando las palabras y sus significados, cómo unas nacen y otras mueren en relación con distintas circunstancias económicas, sociales, políticas, religiosas, y de todo tipo. Hay que estudiar con método y paciencia la gramática histórica y la lexicografía para saber cómo hablamos, y qué consecuencias puede tener, teniendo mucho cuidado de no ver ideologías por todas partes, y de no obsesionarse con la a y la o.

Un primer ejemplo sería el de la guerra, la política y las naciones. Se dice que la guerra la inventaron los hombres y es una actividad masculina, que las mujeres han sufrido como víctimas, y que si el gobierno fuese de las mujeres y se basase en los valores que en ellas se encarnan: el cuidado, la flexibilidad en el pensamiento, la empatía, y la visión cercana y certera de la realidad, la guerra sería imposible. Sin embargo deberíamos tener en cuenta que hubo reinas que dirigieron grandes guerras, como Isabel de Castilla, Isabel I de Inglaterra, Catalina de Rusia, Cristina de Suecia, María Teresa de Austria, y políticas bastante belicistas, como Margaret Thatcher o Condoleezza Rice.

Paradójicamente la guerra es femenina en la gramática. Lo es ella misma, como lo son la batalla, la tregua, la trinchera, la bayoneta, la ametralladora, la lanza, la espada, la caballería, la artillería, la marina de guerra, la masacre, la matanza, la bomba, la mutilación, la herida, la tortura, la violación, la ejecución... También es femenina la nación, que se llama patria no porque sea paterna, sino porque es una madre, la madre patria. La nación en las metáforas políticas es una madre, todos sus ciudadanos son sus hijos y tienen la misma sangre, por lo que son hermanos. La nación es lo mismo que la tierra natal. Son las mujeres las que dan a luz, y Platón llegó a decir que al hacerlo imitaban a la tierra, porque en la mitología ateniense sus ciudadanos se llamaban gégeneis, por haber nacido espontáneamente del suelo de la ciudad y ser por ello autóctonos. Se dice que en la tierra y la patria tenemos nuestras raíces y que por eso iniciar una guerra traspasando por la fuerza las fronteras de un país es una violación.

La guerra es un mundo masculino plagado de términos y sentimientos femeninos. La divinidad guerrera que protegía a Atenas era una diosa, Atenea. En los países católicos los ejércitos tienen patronas que son mujeres: Santa Bárbara la artillería, la Inmaculada Concepción la infantería, la virgen de Loreto el ejército del aire, la Virgen del Carmen la Marina... Si los soldados buscan figuras maternas como protectoras es porque al morir las personas se acuerdan de sus madres, que fueron quienes les dieron mayor protección ante el peligro.

En el poder judicial, tradicionalmente masculino, está también el imperio de la ley, en él se dictan las sentencias, se utilizan las pruebas, se apela constantemente a la justicia, la equidad o la igualdad. Deben regirse los jueces por la imparcialidad. Y se puede dar el caso, para confusión de nuevos gramáticos y “gramáticas”, de que es la hipoteca la que permite ejecutar el desahucio, por el impago de la deuda. Los pagos se pueden hacer en moneda, o en dinero, con cheque o con tarjeta. Hurgar aquí en busca de la ideología no parece tener mucho sentido.

Lo mismo ocurre con los nombres propios de hombres y mujeres y con los nombres de animales y plantas. Comencemos con una anécdota. Durante la I Guerra Mundial el Jefe del estado Mayor italiano se apellidaba Levi, y los partes guerra concluían con Firmato Levi. Como esos partes se relacionaban con el patriotismo, mucha gente creyó que Firmato era el nombre de Levi, y bautizó a sus niños con ese nombre, de curioso origen.

Los nombres propios católicos derivan del santoral, los de los protestantes de la Biblia, y tienen sus modas, según los períodos históricos. Si nos obsesionamos con la a y la o, qué podemos decir de este grupo de nombres: Raquel, Isabel, Jezabel, Gabriel, Miguel y Rafael. ¿Qué pasa, es que no tienen género, o todos tienen el mismo sufijo porque son hebreos? Como se puede ver también en este caso la filología arrincona a la ideología. Pero si pasamos a los animales y las plantas la sorpresa será aún mayúscula. Dónde está la ideología en que tiburones, delfines y cachalotes sean colectivos masculinos y orcas y ballenas femeninos. Por no hablar de merluzas y lenguados y almejas, berberechos y mejillones, todos bivalvos, pero solo unas femeninas.

Sería mejor dejar aquí la indagación en los aparatos ideológicos del estado, y no entrar en el dominio de género de las cosas con la lucha entre sillas y sillones, camas, colchones y almohadas, abrigos y gabardinas y medias y calcetines. Dijo Marx que los filósofos se habían limitado a interpretar el mundo, y que lo que había que hacer era cambiarlo. Sigan los discípulos el consejo del maestro, si pueden y saben. Lo malo es que como no quieren cambiarlo, ni tampoco saben interpretarlo, se limitan a jugar con las letras.

01 ago 2021 / 01:00
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