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500 años de la presencia en Santiago de Carlos V y sus díscolas Cortes

El desencuentro de procuradores y monarca provocaría la sublevación de los Comuneros y originó revueltas en Galicia en exigencia del derecho a voto en Cortes.

​Reclamar de las Cortes el apoyo económico suficiente vía tributos para iniciar la aventura de su coronación como emperador del Sacro Imperio Romano, heredado tras la muerte de su abuelo Maximiliano de Austria, y desvanecer las suspicacias entre quienes le veían más proclive a ser emperador en Europa que monarca en España –que intuían quedaría relegada a financiar con sus gravámenes los boatos y sueños imperialistas– , fueron los dos principales objetivos que se marcó en 1520 un a la sazón solo Carlos I de España para convocar las Cortes en Santiago en los días previos a la Semana Santa. La oposición a esa elección como emperador y al viaje que el monarca pensaba realizar desde A Coruña, fueron el no esperado resultado que motivó su suspensión y un creciente descontento de las ciudades que habría de traducirse meses después en el levantamiento Comunero y, en Galicia, pequeñas revueltas. La Semana Santa se cruzó por medio de las sesiones y el monarca la vivió hospedado en el compostelano pazo de “ S. Saluador Monafterio de Frayles, que eftá media legua de la ciudad”, hoy San Lourenzo de Trasoutos.

San Francisco. En el singular marco del compostelano convento de San Francisco y en un artístico salón que desde entonces lleva el nombre del monarca, se iniciaron el 31 de marzo de hace quinientos años las primeras sesiones de las Cortes convocadas por Carlos V con el propósito ya referido de lograr los apoyos suficientes para financiar su marcha a Flandes y la consiguiente coronación en Aquisgrán como emperador de los reinos heredados de su abuelo Maximiliano de Austria, fallecido el 12 de enero de 1519. Las sesiones habrían de prolongarse hasta el 12 de abril, siendo interrumpidas desde el día 4 al 8 con motivo de la celebración de la Semana Santa.

Presidieron las sesiones de Cortes en San Francisco, el Gran Canciller del Reino, el italiano Mercurino de Gattinata, designación que provocó el descontento de los asistentes, que eran conocedores de la ascendencia que aquél tenía sobre el monarca. También copresidían Hernando de Vega, Comendador de Castilla, y el Obispo de Badajoz y Consejero del Rey, Pedro Ruíz de la Mota, a quién Carlos I había encomendado la difícil tarea de lograrse el apoyo de los procuradores con un encendido discurso en el que, además, haría expresión pública de los condicionantes éticos y políticos de su futuro imperio. Un discurso considerado por Menéndez Pidal como la primera declaración de hispanidad de Carlos V.

De las dieciocho ciudades con derecho a asistir a las Cortes, habían renunciado Toledo y Salamanca y sí acudieron los representantes –dos por ciudad– de Sevilla, Jaén, León, Madrid, Burgos, Córdoba, Ávila, Guadalajara, Zamora –que ostentaba la representación del voto de Galicia–, Valladolid, Murcia, Cuenca, Segovia, Toro, Soria y Granada.

Es de notar la ausencia de miembros de la nobleza y del clero que desde el S. XV dejaron de ser llamados a Cortes en buena parte porque el monarca había absorbido parte de su histórico poder.

Por qué en Santiago.La razón de la lejanía, aducida por los disconformes con la convocatoria de las Cortes en Santiago que lamentaban también su carácter periférico y ausencia de voto, había sido estratégicamente pensada por Carlos V en su determinación de alejar a los procuradores de la cercanía de sus bases populares, convencido de que dicha lejanía les haría más propicios al acuerdo. La proximidad con A Coruña fue otro factor decisivo para dicha elección ya que era desde la ciudad herculina desde donde el monarca emprendería viaje marítimo para dirigirse a Aquisgrán, donde tendría lugar su coronación.

Por el contrario y como datos a favor, Santiago ofertaba su reconocida tradición de ciudad eclesiástica, episcopal y con una amplia oferta de tipo terciario con servicios palaciegos, gran número de conventos y hospitales y una universidad que la hacían apta para albergar tal evento.

Los antecedentes de las Cortes celebradas en Zaragoza (1518) y Barcelona (1519) y los acontecimientos acaecidos en las semanas previas a la convocatoria compostelana hacían prever un desarrollo asambleario crispado. Y los hechos así lo corroboraron nada más iniciarse las sesiones, con la negativa de los procuradores de Toledo y Salamanca a prestar juramento si el rey no accedía a las propuestas que le habían sido expuestas el día 10 de ese mismo mes en Villalpando y ratificadas con mayor grado de agresividad en Benavente, con la comitiva real camino de Compostela. Las citadas exigencias demandaban del monarca que no se fuera de estos reinos y, si no le quedaba más remedio, que “mandase dejar tal orden en la gobernación que diese parte de ella a las ciudades del reino”, y que no pidiese a las Cortes la aprobación de ningún servicio nuevo.

La actitud de los procuradores de las dos ciudades castellanas fue tomada como una desobediencia y provocaron su expulsión de la sala y la prohibición de asistir a las Cortes, bien que con argucias legalistas en cuanto a su falta de representatividad legal. La reacción de los represaliados se produjo al día siguiente, 1 de abril y Domingo de Ramos, cuestionando la legalidad de las propias Cortes por la ausencia de sus dos ciudades, las más importantes del Reino. La corona zanjó la polémica con el destierro de los delegados a la villa de Padrón y, ante la negativa de uno de ellos, la reclusión en la fortaleza de Gibraltar del procurador toledano Pedro Laso de la Vega, el que se había manifestado más díscolo.

EL VOTO DE GALICIA. La convocatoria de Cortes en Compostela venía precedida de otra polémica más local, en tanto que en élla veían las más importantes personalidades gallegas, singularmente el Arzobispo de Santiago Alonso III de Fonseca y los condes de Villalba y Benavente, la ocasión propicia para poder recuperar para Galicia el voto en Cortes –cedido en representación a Zamora a finales de la Edad Media–.

Pero la solicitud gallega fue rechazada por los procuradores de Burgos –uno de ellos hermano del obispo de la Mota– en un enfrentamiento que llegó a oídos del Rey, quien pidió al prelado de Badajoz que complaciese a los nobles gallegos. Las disculpas del prelado encendieron aún más los ánimos, hasta el punto de que el Conde de Villalba interrumpió al obispo señalándole “Bonico hermano tenéis, señor obispo, más le juro a Dios que si mucho me hacen he de juntarme con don Pedro Laso”, lo que le valió ser desterrado a A Coruña.

El malestar gallego, singularmente por el tributo extraordinario que habría de aprobarse días después en la continuidad de las Cortes en A Coruña, habría de dar origen a las revueltas gallegas de 1520-1521 coincidentes con la Guerra de las Comunidades de Castilla, también soliviantadas contra la actitud de la monarquía. En Compostela, el 10 de agosto de ese mismo año, una multitud de vecinos salió a las calles en protesta por el impuesto y tras apedrear el consistorio intentó ahorcar en la plaza del mercado al procurador general de la ciudad, Juan Páez. Solo la mediación del arzobispo Fonseca, pese a la animosidad que contra él mantenía también la ciudadanía, les hizo desistir de su propósito al dirigirse el prelado a los amotinados en un tono de extrema consideración y respeto.

Sería este arzobispo quien meses después, el día 4 de diciembre, convocaría a la nobleza y autoridades gallegas a la conocida como Asamblea de Melide, donde se renovaron las reivindicaciones del derecho de Galicia al voto en Cortes –que Carlos I no tomaría en consideración– y dejaron constancia expresa de que Galicia “no se exigía a sufragar ningún servicio emitido en Zamora”.

LA IDEA IMPERIAL. La insolencia de los flamencos que componían la Casa Real de Carlos I se tradujo en la acumulación de cargos y rentas y la esquilmación de bienes que se llevaron a su tierra sin el mínimo recato, lo que habría de conducir a esa situación de 1519 que podría traducirse en un ¡viva Carlos y mueran los malos consejeros!, como se gritó meses antes en Valladolid donde el séquito real se vio obligado a huir de la ciudad.

Sería, como se señala, el obispo de Badajoz a quien cabría la responsabilidad de atraerse a unas Cortes demasiado tensionadas y, a la vez, convencerles de que España era para Carlos de Gante “el fundamento, el amparo y la fuerza de todos los otros reinos” como manifestó en nombre del futuro Emperador. Un discurso que se considera como el primer anuncio de la idea imperial de Carlos V y como base de la política a desarrollar por él, antes incluso que las coincidentes reflexiones de otros historiadores que sitúan dicha relevancia en 1528. En suma, como se señala, la primera idea imperial de Carlos V fue expresada en España para agradar a los españoles y “para quitar aquel entrecejo que veía el Obispo de Badajoz en los representantes de Castilla y captar las inteligencias españolas”. Esa idea y su exposición pública fue resultado de la conversación privada del monarca con el obispo e inspiradora de su discurso de 31 de marzo en Compostela que se condensa en cinco ideas capitales:

1) Don Carlos no es un rey como los demás, sino único y excepcional en tanto que hijo de reyes y nieto de setenta y tantos reyes. 2) El principal de sus Estados es España de la que se ausentaría solo para recibir en Aquisgrán la primera corona imperial pero “es su voluntad determinada de estar e vivir en estos reinos, que los tengo por fortaleza, defensión e muro e amparo e seguridad cierta de todos los otros nuestros reinos y señoríos”. 3) El imperio y sus deberes universales es conseguido por otorgamiento divino y “por encima del soborno electoral que tanto dinero cuesta, y el Rey lo aceptó como una obligación de muchos trabajos”. 4) Ahora es “vuelta a España la gloria que muchos años pasados estuvo dormida… cuando las otras naciones enviaban tributos a Roma, España enviaba emperadores….” 5) Carlos V jamás tuvo ambiciones de reinos. Fue restaurador de la gloria de España y si se ausentó de ella no fue para acometer empresas que redundaran en prejuicio de España.

DIRCURSO DEL MONARCA. La sorpresa en la sesión de Cortes la daría el propio monarca quien, de modo inesperado, tomó la palabra expresándose en un perfecto y fluido castellano, pese a su ascendencia flamenca –nacido en Gantes pasó su juventud en los Países Bajos– evidenciando saber bien la lengua de sus vasallos. En su intervención asume cuanto dijo el obispo, reitera su contrariedad a salir de España “pero no puedo hacer otra cosa, por lo que convienen a mi honra y al bien de estos reinos”, promete su retorno antes de tres años y valida su palabra de no dar oficios del reino a extranjeros, que por cierto incumpliría.

CORTES EN A CORUÑA. La sucesiva perdida de votaciones y la coincidencia de la semana Santa aconsejaron la suspensión de las sesiones desde el día 4 –”El Emperador eftuuo en Santiago hafta el jueues figuiente, paffada la Pafcua de Refurrección”–. Cuando se reanudaron, el 14 de abril, fue ya en A Coruña –aunque hay versiones que aseguran que continuó en Santiago del 8 al 12–. En todo caso, sería en la ciudad herculina donde, no sin grades presiones y amenazas, el monarca conseguiría el 22 de abril, en la quinta de las votaciones y por la diferencia de un solo voto que se aprobaran los gastos de su traslado a Flandes para ser coronado como Rey de Romanos, lo que sucedería el 29 de septiembre. El 24 de febrero de 1930 en la ciudad de Bolonia el papa Clemente VII coronaba a Carlos como Emperador del Sacro Imperio.

Desde una perspectiva histórica puede acaso sorprender estas trifulcas domésticas que cuestionaban la coronación de Carlos I como V del Sacro Imperio Romano, cuyos dominios comprendían gran parte de Europa y América: el imperio español y los Países Bajos, el reino Germánico, Austria, Italia, Túnez hasta Transilvania. Pero el séquito que acompañaba al monarca desde su llegada a España, el 21 de junio de 1517, para hacerse cargo del reino heredado de su abuelo Fernando el Católico y sus hábitos de cierto dispendio palaciego hacían desconfiar a la nobleza y a los procuradores de sus preferencias flamencas antes que españolas. Una coorte que dividida además entre quienes le concedían la titulación de monarca y quienes le querían ver sólo como regente en razón de que seguía viva aunque incapacitada su madre, Juana la Loca, buscaba su lugar al sol de la nueva Casa Real, lo que veían difícil ante un monarca que mostraba sus preferencias por los contradictorios consejos de sus validos de la Casa de Borgoña: el ya citado Gattinara y su su camarero mayor y principal consejero, Guillermo de Croy, señor de Chièvres, que coparon buena parte de cargos y prebendas reales de España propiciando el descontento que daría lugar a la rebelión de los Comuneros. Este deseo de servir y tener acceso directo al rey se manifestó con claridad en la petición séptima: «que en su Casa Real quepan castellanos e españoles, como cabían en tiempo de sus pasados, y en los oficios della se syrvan dellos, como sus antecesores lo hacían, y en el género de los porteros y aposentadores aya de todos, porque algunos de ellos entendamos y nos entiendan».

31 mar 2020 / 00:00
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