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Ahora el 'seny' es español

    ERAN muchas las virtudes que admirábamos de Cataluña, pero todas ellas se resumían en el seny. Tal cosa sería una mezcla de sentido común, mesura, paciencia y una capacidad para no salirse uno de sus casillas, común a otros pueblos europeos cultos y diferente al apasionamiento, la rabia y el visceralismo de comunidades más primitivas. Si alguien representó ese sentimiento magnífico fue aquel Miquel Roca que insuflaba sosiego en la agitada transición, y el Josep Tarradellas empeñado en unir a su pueblo.

    Total, que hubo un tiempo en que los españoles que añoraban la racionalidad miraban hacia Cataluña, sus pensadores y políticos. Eran la antítesis del patriotismo rancio del franquismo, de las bravatas imperiales, de la sacralización de banderas, himnos y escudos. Cataluña enseñaba al resto de España que era posible un patriotismo cívico sin griteríos, ni gestos teatrales, ni enemigos artificiales. El seny era un tesoro que incomprensiblemente los dirigentes actuales han dilapidado, para recoger en su lugar la herencia del nacionalismo zafio que durante tanto tiempo dominó España. Entre éste y el que hoy está vigente en Cataluña hay un rasgo idéntico: ambos se utilizan para ocultar los problemas del régimen y tapar las miserias de sus líderes.

    En el debate soberanista, más que enfrentarse dos naciones como le gusta decir a cierto catalanismo, se contraponen dos mentalidades. En el lado español ha dominado la paciencia. Sus instituciones no han reaccionado con declaraciones incendiarias frente al desafío, ni excitando un asentimiento anticatalán en la gente. Al contrario, todo han sido gestos de concordia. La respuesta ha sido acudir al árbitro establecido en una Constitución que lleva la rúbrica del nacionalismo catalán. Obsérvese que la declaración soberanista del Parlament no la suspende el Gobierno, sino el Tribunal Constitucional.

    Se produce un curioso intercambio de papeles en el que el seny es de Rajoy y el patriotismo castizo, de Mas. Es el catalanismo el que abraza el estilo del viejo españolismo de charanga y pandereta, basado en la provocación constante y el recurso cansino a un enemigo exterior que conspira sin cesar contra Cataluña. Hay discursos que parecen la transcripción al catalán de los de la plaza de Oriente, y argumentos sobre la subordinación de la ley al pueblo con reminiscencias en todos los sistemas autoritarios de la historia. España hereda la mejor Cataluña del sentido común, mientras Cataluña retrocede a las banderas victoriosas de otros tiempos.

    12 may 2013 / 00:00
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