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un huracán llamado ‘felipe’

El año de 'Isidoro'

Una semana como ésta, abriéndose al mes de junio de 1977, sirvió para que los cimientos políticos de la naciente democracia española se conmoviesen hasta la raíz

A pesar de los partes meteorológicos, que presagiaban muy buen tiempo en toda la península, el semanario Cambio 16 anunciaba en primera plana que una fenomenal borrasca democrática arrasaba el país: había llegado el huracán Felipe, según José Oneto, director de la revista, y el laberinto español se preparaba para recibir un vuelco histórico.

El país estaba en la recta final que conducía a las primeras elecciones de la transición hacia la democracia y jamás se había producido un acontecimiento similar: que un joven político, poco antes desconocido para la inmensa mayoría, compitiese e incluso amenazase con eclipsar a las vacas sagradas del debate nacional. A su lado, figuras como las del comunista histórico Carrillo o el conservador Fraga, parecían dinosaurios destinados a perecer bajo la aplastante presencia de un meteorito caído del cielo. Incluso el flamante presidente del Gobierno, Suárez, tenía razones para preocuparse ante el extraordinario tirón de González.

"Un huracán recorre España de Norte a Sur y de Este a Oeste", editorializaba el semanario más influyente y de mayor tirada del momento: "Desde el martes, 24 de mayo, en que se abrió la campaña electoral para las elecciones del 15 de junio, un huracán político barre las ciudades, los pueblos y las aldeas de un país que, a pesar de todo, no estaba muerto, sino sencillamente dormido".

Y en el ojo de ese huracán, un hombre joven, muy joven, que no había conocido la Guerra Civil y que nació en días de racionamiento y miseria: Felipe González, apenas 35 años, secretario general del PSOE, mimado por las primeras encuestas electorales del ruedo ibérico, una estrella rutilante que nada más entrar en escena comenzó a codearse con los líderes de la socialdemocracia europea."Ha encendido el último pitillo de tabaco canario, se ha tomado la última acidrina para la incipiente úlcera de estómago que amaga con estropearle su desbordante alegría, ha preguntado por sus dos hijos que ya duermen y, olvidándose de Suárez, Fraga y Carrillo, ha abierto el Quijote". Así remataban, según los cronistas, las jornadas electorales de Felipe.

"Como todas las noches", podía leerse al día siguiente, "Felipe González Márquez, "cansado de recorrer caminos y senderos, ha comenzado a releer el libro de Miguel de Cervantes para recordar los consejos del Caballero de la Triste Figura a su escudero Sancho Panza, para el buen gobierno de la ínsula Barataria". Ningún otro líder político disponía de mejor prensa que González y la marea del cambio, propiciada por aquel inmenso apoyo mediático, se extendió por España durante las tres largas e intensas semanas que duró la primera campaña electoral de la democracia en nuestro país.

Después de cuarenta años de dictadura y represión, los fotógrafos asistían asombrados, cada día, a un espectáculo sin precedentes: policías y guardias civiles que le esperaban, cuadrados y en posición de saludo, a la entrada de cada pueblo para recibir al secretario general del Partido Socialista.

El mismo que poco antes ­figuraba en sus archivos como un tal Isidoro, que encabezaba la renovación del PSOE junto a una serie de jóvenes sevillanos que nada más salir a escena ya estaban dando mucho que hablar en todas partes; de modo singular, Alfonso Guerra, cuya lengua era capaz de rezumar vitriolo y de provocar los titulares más sensacionales de la jornada. Había sido el primer representante de un partido de la oposición que se entrevistó con Adolfo Suárez, cuando apenas se estaba produciendo el deshielo del franquismo. Y en aquel momento, comienzos de junio de 1977, los ciudadanos españoles podían verle descendiendo de un jet en cada aeropuerto, rodeado por una nube de colaboradores: prensa, seguridad, incluso un equipo médico pendiente de la menor irregularidad.

Se veía, tras todo aquello, el apoyo económico de los partidos socialdemócratas del viejo continente, de modo especial Alemania, donde Willy Brandt había realizado un extraordinario esfuerzo político y económico para que el emergente liderazgo de González alcanzase una proyección internacional. Había, pues, dinero: mucho dinero y una sociedad ávida de cambio, ansiosa por dejar cuanto antes atrás tanto la memoria de las barricadas como, sobre todo, los recuerdos del franquismo.

¿Monarquía o república? Ésa era una de las cuestiones recurrentes, una incógnita que permanentemente se le planteaba y que en cada mitin surgía con estruendo desde las bancadas ciudadanas. Y Felipe, como también Santiago Carrillo entre los suyos, sistemáticamente escurría el bulto: sí, los sucesivos congresos del partido no admitían ningún género de dudas sobre su filiación republicana, pero estábamos en "una situación excepcional, histórica, donde el Rey es el jefe de Estado en un país en transición". Dicho esto, añadía: "La alternativa, hoy por hoy, cuando ­aparece alguna bandera ­republicana en nuestros mítines, no está entre la monarquía y la ­república, sino entre la ­dictadura o la ­democracia".

Entre unos y otros, contribuyeron a que la entrada de España en los escenarios de las democracias occidentales se produjese con una serenidad y una capacidad para el entendimiento sin ­precedentes.

El 'viejo profesor' en la luna de Rodolfo Llopis

El día 14 de octubre de octubre de 1974 los teletipos de las grandes agencias internacionales dieron la noticia: el nuevo secretario general del PSOE, centenario partido del socialismo español, "es un tal Isidoro, seudónimo bajo el que desde hace algún tiempo se oculta un joven abogado sevillano llamado Felipe González Márquez. Con su elección, el poder del Partido Socialista pasaba a manos de un equipo que vivía en el interior de España y jubilaba a los veteranos dirigentes que, en el exilio, habían estado encabezados por el histórico Rodolfo Llopis.

Antes de Felipe, otros lo habían intentado, aunque sin pasar por la asamblea. Por ejemplo, Enrique Tierno Galván, el viejo profesor, que con el tiempo sería recordado por su paso por la alcaldía de Madrid al frente de la candidatura socialista. La cosa pudo haber tenido un cierto aire shakespeariano, de no haber sido por la escasa dotación de los protagonistas de la historia para el drama. Diez años antes, en el otoño de 1964, Tierno se presentó ante Llopis para ingresar en el partido. El profesor, cuya cátedra en Salamanca gozaba de un gran prestigio, exigía a cambio que pasase a sus manos nada menos que la secretaría general. La respuesta de don Rodolfo fue de antología: "No me joda, mi querido profesor, baje usted de la luna y nos entenderemos a la perfección". Después de un período por su cuenta, Tierno acabaría en el regazo de Felipe.

La toma del poder fue preparada al milímetro

Mientras el viejo profesor soñaba despierto, Felipe González iba preparando su asalto al poder a conciencia, sin dejar ni un cabo suelto. En 1970 ya contaba con su propio equipo en Sevilla y un sistema de relaciones que ampliaba de día en día su círculo de influencias sobre el socialismo español en la clandestinidad. Aquel año se celebró el XI Congreso del PSOE en la ciudad francesa de Toulouse, y allí reclamó para la militancia del interior la responsabilidad de impulsar las principales iniciativas y asumir las decisiones políticas.

Aquella reclamación, en realidad, era puro protocolo: una forma de dejar en bronce sobre mármol que contaba con mayor respaldo que nadie dentro de España y que la organización comenzaba a adquirir niveles en el interior del país como jamás habían imaginado los ancianos dirigentes residentes en el exterior, de Francia a México, pasando por Inglaterra o Brasil. Dos años más tarde, en 1972, de nuevo en Toulouse, González estaba en condiciones de echar el resto sobre la asamblea, cuya cúpula estaba poblada de personas que desconocían por completo qué sucedía en el interior del laberinto español precisamente cuando el franquismo dejaba entrever que comenzaba a dar sus últimas bocanadas. Allí se sentaron las bases de la arrolladora victoria del joven Isidoro en el XIII Congreso, 1974 en Suresnes. Ya se intuía que el futuro estaba a la vuelta de la esquina.

'Frutilla de chantillí', le decían en Sevilla

Su imagen fue la más eficazmente perfilada de cuantas se presentaron a las elecciones del 15-J de 1977, que abrieron las puertas del ruedo ibérico a las democracias occidentales. Su conspicuo uniforme de chaqueta de pana y camisa a cuadros creó escuela y se mantuvo durante varios años en plena vigencia sobre los escenarios políticos de la izquierda moderada. De aquellos días son muy contadas las ocasiones en que se le vio con traje y corbata. Y las chicas de entonces le recordarían siempre con ­vehemencia: frutilla de chantillí, le llamaban en Sevilla, un piropo definitivamente suave al lado del que recibiría cuando –tras ganar por ­goleada las elecciones celebradas en octubre de 1982– surgió el rotundo "Felipe, capullo, quiero un hijo tuyo", que le dedicaron en Caracas, Buenos Aires o Barcelona en plena fiebre mitinera. Había sido el único miembro de su familia que tuvo ocasión de realizar estudios superiores y sólo de vez en cuando, tras una comida a gusto, se permitía el lujo de pedir una copa de coñac francés: "Es éste, sin embargo, un rasgo de su carácter y de su historia personal que se pone de manifiesto con unos modales exquisitos en un hombre de tan baja extracción social", se decía de él en los medios conservadores. En cuanto los focos de las televisiones de todo el mundo se fijaron en él, desapareció como del rayo el anónimo Isidoro que le había acompañado tiempo atrás.

01 jun 2007 / 14:12
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