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lunes, 10 agosto 2020
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Anabel González Psiquiatra, psicoterapeuta y escritora

"Anticipar y rumiar es un modo infalible de amargarnos la vida"

“Si lo que queremos es ser felicies, ¿por qué nos ponemos tantas trabas para conseguirlo?Al mal tiempo hay que ponerle lágrimas o tristeza. Al bueno, sonrisas y alegría. Saber gestionar nuestras emociones no es esconderlas ni suprimirlas, es reconocerlas y manejarlas del modo más adecuado”.

Lo bueno de tener un mal día es el ­título del libro. ¿Realmente podemos ver algo favorable cuando nos levantamos con el pie izquierdo?

No se trata de que lo veamos favorable. Si pasa algo malo, pues es malo, y lógicamente no nos gusta. Notar eso nos ayuda a saber que tenemos que hacer algo. A veces se puede solucionar en el momento y a veces más adelante. El tema es que, si notamos lo que la vida nos va generando, hacemos caso de lo que sentimos, buscamos lo que ­necesitamos y tomamos decisiones prácticas para solucionar el problema, será solo un mal momento, ni siquiera llegará a ser un mal día.

Cuando tenemos un día malo, a veces hay una mezcla entre cosas que pasan, y sufrimiento que nosotros añadimos. Nos enfadamos con el mundo (esto al mundo le da igual), o con nosotros mismos por sentirnos como nos sentimos (esto hace que nuestras emociones empeoren), nos angustiamos con otras cosas horribles que podrían pasar (como si no nos llegase con lo que ya está pasando) y nos autodesanimamos diciéndonos cosas como "nunca podré superar esto", "todo me sale mal", o cosas así. De modo que convertimos un mal momento en una mala semana, o un problema en el fin del mundo.

Los malos días forman parte de la vida, y no necesitamos eliminarlos para llevar una vida feliz y satisfactoria. Necesitamos saber llevarlos. Esto incluye, cuando las cosas se pongan realmente duras, pedir ayuda y dejarnos ayudar. No todo se soluciona con actitud positiva y tirando para delante.

Aparte de todo esto, muchos malos días nos enseñan cosas importantes. A veces hasta aprendemos más de las malas experiencias que de las buenas. Un mal momento nos puede hacer recapacitar, encauzar nuestra vida o madurar. No hemos de buscar los malos momentos, pero tampoco escapar de ellos.

¿Pero no se ha dicho siempre... al mal tiempo buena cara?

Esto tiene parte de razón. No se trata de que cada vez que llueva nos encerremos en casa. Pero si siempre hacemos como que no pasa nada, si disimulamos lo que sentimos o nos lo ocultamos a nosotros mismos, empezaremos a tener un problema con nuestras emociones. Expresarlas ante personas que nos pueden entender es un modo importante que los seres humanos tenemos para regularnos. A mí me gusta más el refrán "nunca choveu que non escampara".

¿Los límites nos los ponemos nosotros cuando anticipamos y rumiamos?

Anticipar y rumiar es un modo infalible de amargarnos la vida, y este sí es un malestar que nos podemos evitar. Darle vueltas a por qué pasaron cosas que ya no podemos cambiar, o pensar en millones de desgracias que podrían ocurrir, añade a las emociones que la vida nos genera un plus de angustia adicional. Mirar lo que hemos vivido y entender nuestro pasado es bueno, ­reconcomernos con él ya no nos hace bien. Prepararnos para lo que va a venir está bien hasta un punto.

Aceptar lo que sentimos no es lo mismo que resignarse, ¿verdad?

No, pero la resignación tiene un componente positivo, y se llama aceptación. Muchas veces peleamos con molinos de viento, y ya sabemos que Sancho Panza salió mejor parado que Don Quijote. Pensamos en lo que deberíamos haber hecho, pero sin máquina del tiempo no podemos volver atrás a cambiar el pasado. Nos negamos a aceptar cosas que son inevitables o que no está en nuestra mano cambiar, y esto solo nos genera impotencia. Poder decir en estas situaciones "esto es lo que hay" y permitirnos sentir las emociones que esa situación nos causa, permite que podamos tomar los caminos más prácticos para seguir avanzando. Incluso con las emociones, hemos de aceptar que sentimos lo que sentimos. Puede parecer muy obvio esto que digo, pero realmente muchas veces nos negamos a aceptar que estamos tristes, no nos permitimos sentir rabia o no toleramos sentir vergüenza. Esto tiene consecuencias muy negativas, pero además genera lo que menos nos gustaría que pasara: hace que esas emociones que rechazamos no puedan evolucionar, no puedan procesarse y no puedan marcharse. Lo que nos negamos a sentir se queda con nosotros para siempre.

Y tampoco hay que controlarlas todo el tiempo. Eso debe de ser agotador...

Consume muchísima energía. Lo que pasa es que las personas que tienden a controlar todo el tiempo, creen que la otra opción es el caos y el desbordamiento. Es importante que sepamos que no es así. Hay sistemas muchísimo más eficaces que el control. Y además, si nos vamos permitiendo sentir y aprendemos a regular nuestras emociones de otro modo, al final tendremos verdadero autocontrol, una sensación de seguridad mucho mejor. Y desde luego, es mucho más descansado y fácil.

Todos hemos vivido experiencias más o menos traumáticas y, a veces, cuando crees haberlas superado, vuelven. Un ejemplo: si has sufrido bullying y al cabo de unos años te reencuentras con tu acosador... La cicatriz queda.

El problema no es que quede una cicatriz. Las cicatrices no duelen. El problema viene cuando lo que tenemos son heridas abiertas, en carne viva, o incluso infectadas. Las hemos solucionado tapándolas y haciendo que no están, o nos enfada tanto verlas que las rascamos y nos hacemos mucho más daño. Ahí sí que duele cuando alguien nos toca justo en esa zona, aunque sea sin querer. Además, la infección consume nuestras energías y nos debilita. Si destapamos esas heridas, las limpiamos, las curamos bien y las dejamos secar al aire, se volverán cicatrices. Son nuestra historia.

Pero veremos al niño que se metía con nosotros, y ya no nos sentiremos niños vulnerables, lo miraremos desde el adulto que somos ahora, nos sentiremos totalmente diferentes, sabremos que ya no nos puede hacer daño, que nos podemos proteger. Probablemente esa experiencia nos dará una mayor sensibilidad con el sufrimiento de otras personas, y nos habrá hecho más humanos. Por eso siempre vale la pena curar las heridas.

¿Cómo regular de forma sana lo que sentimos, doctora González?

No tengamos miedo de sentir. Nuestras emociones no son el enemigo, son claves sin las cuales no podríamos entender el mundo. Escuchémoslas, nos cuentan una historia sobre lo que ocurre, sobre los demás, sobre nosotros mismos. Cuidémoslas. Hablémonos bien por dentro mientras las sentimos, hagamos las cosas que nos ayudan con ese estado emocional. Podemos volvernos maestros en este arte de emocionarnos, y eso nos hará a la vez más fuertes y más sensibles.

Si no manifestamos las emociones. ¿es posible que la salud física y psíquica se ­resientan?

Cierto, no solo se rebelarán nuestras emociones, también nuestro cuerpo. Las emociones no son algo mental, ni las notamos solamente en el corazón, sentimos con las entrañas, sentimos desde la cabeza hasta los pies. Cuando bloqueamos nuestras emociones, cuando las anulamos hasta creer que no están ahí, se acumulan en nuestro interior y se acaban filtrando por las rendijas. Muchas veces nuestro cuerpo expresa lo que nos negamos a sentir.

Usted dice que por la noche, "nuestro sistema nervioso se dedica a hacer la digestión de nuestras experiencias emocionales". ¡Qué buena metáfora!

Y es verdad, por la noche nuestro cerebro trabaja muchísimo, está muy activo revisando lo que nos ha pasado en el día, incluso viejos temas pendientes, y empieza a procesar esos recuerdos emocionales. Así, en los sueños se cuelan cosas del día a día, junto con cosas antiguas, y se van asociando de modos curiosos. Al irse conectando unos elementos y otros, los recuerdos recientes y antiguos se van procesando, pierden fuerza, y muchos pasan al almacén de nuestra historia pasada. Por eso al despertarnos, las cosas que el día anterior nos preocupaban, muchas veces las vemos de otra manera.

12 feb 2020 / 00:00
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