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César y la Fiscalía

    JULIO César impartió una gran l­ección de política con unas de sus frases más célebres, la que dedicó a su esposa. Las apariencias ya eran importantes en aquel tiempo desprovisto de medios de comunicación y redes sociales. El régimen descansaba sobre un andamiaje de ritos y costumbres que no debían romperse so pena de que se viniera abajo, y entre esas normas estaba la honestidad de la primera dama de entonces de manera que no bastaba que fuese casta, sino que además debería tener fama de serlo, algo no muy sencillo en la urbe licenciosa.

    Ahora nos conformamos con mucho menos. Hay una serie de instituciones que hemos situado por encima de los gobiernos para asignarles un papel de Estado. Así contamos con un jefe del Estado, una Abogacía del Estado y una Fiscalía General del Estado. Siguiendo quizá una costumbre procedente de Roma consideramos que ciertos organismos son divinidades que están al margen de las debilidades humanas, y las situamos en nuestro Panteón particular.

    En el fondo sabemos que quienes ocupan el cargo tienen su tendencia, no tanto el rey que recibe una corona por herencia, como el abogado general del Estado o el fiscal general, pero se llega a una especie de pacto tácito. Unos no denuncian abiertamente que responden a los intereses políticos del Gobierno, en tanto que los otros procuran disimular su partidismo. Recurrimos a eufemismos como "progresista" o "conservador", dejando siempre un margen para creer en su autonomía. ¿Hay algo de hipocresía? Pudiera ser; sin embargo estos convencionalismos son lubricantes esenciales para que la democracia funcione.

    Volviendo a César y su señora, ella tenía que ser honesta y parecerlo y los demócratas de hoy nos conformamos con que este tipo de cargos parezcan apartidistas. Necesitamos que haya parcelas del Estado donde parezca que no influyen tan directamente los criterios de partido, para que así funcionen lo que los americanos llaman checks and balances o, perdón, "controles y equilibrios". No deja de ser bonito que, entre una posición adoptada por el Gobierno y la que tome uno de estos órganos, haya un poco de suspense o incertidumbre; que no sea algo automático.

    El primer golpe contra esta necesaria apariencia lo dio la Abogacía con el escrito que remite al Supremo sobre Junqueras. El segundo es el nombramiento como fiscal general de la exministra de Justicia. Ya se sabía que la independencia de ambas instancias era precaria pero aún así la apariencia seguía siendo importante, sobre todo en un momento en el que los extremismos cuestionan como pantomina la división de poderes.

    En la interminable partida de ajedrez que libran en toda democracia el Estado neutral y el Gobierno de partido, el Estado español pierde dos piezas importantes. Y es una pérdida innecesaria. A fin de cuentas, ni la situación del líder de ERC depende de lo que diga la Abogacía ni el Gobierno hubiera tenido menos control de la Fiscalía con un nombramiento más discreto. Hubiese costado muy poco guardar las apariencias en ambos casos, pero ahora ni son independientes ni lo parecen, ni interesa que lo parezcan.

    Periodista

    15 ene 2020 / 00:00
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