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LOS REYES DEL MANDO

Las cenas que vienen

    EN la próxima cena de Nochebuena, o de Fin de Año, comprobaremos que lo público se ha hecho doméstico, y lo doméstico empieza a carecer de interés hasta en la propia casa. Nos están privando de la letra pequeña de nuestras vidas. Nuestra existencia cotidiana palidece, no sólo ante Netflix, que eso es seguro, sino ante la política, en la que todo el mundo es ya un gran experto. La avalancha de información y las redes sociales nos permiten tutearnos y tuitearnos con gente muy principal, empezando por Trump. Estamos metiendo a toda esta gente en casa, queridos. Y lo peor es que estamos metiendo su lenguaje.

    El declive de las comidas o cenas familiares empezará cuando nadie encuentre ‘followers’ a la hora de iniciar una conversación personal. Cualquier alusión al tiempo meteorológico derivará al poco en un comentario, no sobre el cambio climático, sino sobre Greta Thunberg, perfecta disculpa para no hablar realmente del clima, sino de lo que nos parece la joven activista.

    Las viejas conversaciones analógicas ya no tienen el fuelle de antaño. Los móviles se encargarán de hacer saltar por los aires la nostalgia y cualquier intento de diálogo elaborado, porque cuando se ilumine una pantalla un meme resumirá la actualidad, y ese meme se irá pasando alrededor de la mesa entre risas, pero sin necesidad de palabras. Introducir una batallita, una anécdota personal, costará un esfuerzo incalculable: quizás en un descuido, los mayores reunidos para la ocasión intenten reconducir la noche con aquello que les pasó cuando el mundo cercano tenía más interés que la imponente globalidad, pero lo más probable es que nadie siga su hilo, ya sea por desconocimiento o por desinterés.

    Los grandes temas, rutilantes, trabajados gracias a muchas horas de televisión, se impondrán a los comentarios sobre los arreglos del jardín, donde los bulbos de los gladiolos que plantaste de niño han empezado a reventar las aceras, o sobre los paseos por el bosque cercano, donde jugabas en las interminables noches de verano, mientras llovían insectos preñados de luz. Nadie hablará de la necesidad de podar los viejos árboles frutales, cuyas manzanas de oro te llevaron un día al paraíso, o sobre cuyas ramas poderosas cabalgaste un día como un pirata trepando por la arboladura de un navío en medio del océano. Lo doméstico parecerá vulgar y poco tuiteable. Alguien cuchicheará algo sobre un familiar que se ha ido en el último invierno, o sobre el cambio de frecuencia de los trenes, pero todo eso acabará enterrado en las discusiones sobre los temas que mueven la modernidad, sobre la política nacional, que lleva tiempo instalada en un bucle espacio-temporal, o sobre el Brexit, que es una nueva comedia global de Shakespeare, o quizás sólo atribuida a él, como una broma infinita.

    La desaparición de lo propio para entregarnos al vértigo mediático será el síntoma de una destrucción en marcha. La narrativa de hierro viene impuesta y rompe en pedazos cualquier intento de articular un relato cercano que nos dé calor. Sólo alguien mágico, no un gurú ni un héroe, sino alguien con palabras nuevas y limpias, podría romper esta terrible maldición.

    10 dic 2019 / 00:00
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