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{ in memóriam}

Don Manuel (1859) Don Gregorio (1850) García Pan

    LA MEMORIA de los hombres de bien es el patrimonio rico e imborrable de una familia y de un pueblo. Y el agradecimiento es la flor más preciada que brota en el jardín de su recuerdo.

    La familia de D. Manuel García-Pan y Dª María Manuela de Aldao, entroncada en el árbol centenario de la nobleza gallega, albergó en su seno a seis hijos, dos de los cuales, Manuel y Gregorio, duermen el sueño de la paz en la iglesia conventual de los PP. Franciscanos de esta ciudad de Santiago.

    Y el agradecimiento de los Religiosos Franciscanos a la generosidad y cuidado con que estos hermanos recogieron, bajo su amparo y cuidado, los bienes que, con el pretexto de repartir entre los pobres, habían sido sustraídos a la Orden Franciscana en Santiago, Herbón y Louro, dirige nuestro recuerdo hacia su mausoleo y nuestro espíritu a presentar ante el Dios Bueno, la más grande manifestación de nuestra fe: una ferviente oración, hecha recordatorio y plegaria en esta fecha de su aniversario.

    Las buenas obras de estos dos hermanos no necesitan de muchas palabras. Los vecinos de esta apostólica ciudad compostelana las conocen sobradamente.

    "Grave sin afectación, severo sin quijotismo, amable sin vulgaridad, benévolo, atento, cortés, diligente, escrupuloso en los cuidados de su cargo, lo desempeñó con gusto y satisfacción general de sus conciudadanos, sin dejar en pos de si una queja, ni siquiera esas murmuraciones que la maligna condición de los hombres mordaces suele forjar contra toda probidad"; así describe su biógrafo la labor como alcalde de Santiago de Compostela de D. Manuel García-Pan.

    Los hermanos García Pan, en el primer cuarto del siglo XIX en la ciudad compostelana, formaban una especie de "Banco de la Caridad y de la Beneficencia" ubicado en la plaza de San Benito, nº 1, de la calle del Preguntoiro. Allí el pobre aldeano expuesto a tantos apuros, con una nota sencilla y simple, escrita por su párroco, el malaventurado aristócrata, el comerciante negociador, el joven estudioso que no tenía posibles para hacer su carrera, el desvalido levita que carecía de patrimonio,... acudían confiadamente a este "Banco de la Caridad y de la Beneficencia" donde todos encontraban ayuda, amparo y remedio a sus necesidades.

    También las funciones religiosas de Fiestas y Cofradías fueron beneficiadas por los hermanos García-Pan, queridos y respetados por todos los santiagueses. Ahí está la imborrable memoria de sus conciudadanos, de los unos y los otros, que no olvidarán nunca su incondicional generosidad.

    Constantes en este camino llegaron los dos hermanos, siempre unidos en su generosa labor, al año 1850 en que la "hermana muerte" los separa. D. Gregorio, aquejado de una grave y larga enfermedad, hizo su testamento muy corto, monumento bellísimo a la confianza fraterna. No tuvo necesidad de escribano ni de solemnidades jurídicas. Sus palabras y una nota sencilla y breve, fueron suficientes.

    D. Manuel, sexagenario, abrumado por la tristeza de la separación, sigue al frente de la casa en sus operaciones benéficas. Ora, piensa, medita y madura su idea.

    Sosegado, con la seguridad del que obra el bien, pensaba constante y escrupulosamente en el destino final de todo viviente. En 1854 hizo testamento, sencillo y muy detallado, bajo el cual vivió y murió definitivamente tranquilo. Hechas todas las mandas que revelan al hombre que todo lo hace bien, y que recogen su pensamiento en frases que se resumen en el "dejarlo todo para actos religiosos y obras de caridad". Nada le falta al testador piadoso y noble para, ligero de equipaje, dirigirse a la Casa del Padre cuando en el calendario se arrancaban las últimas hojas del mes de junio de 1859.

    Estamos seguro de que este ilustre bienhechor habrá oído, en su encuentro definitivo con Dios, aquellas hermosas palabras: "Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre....".

    Nuestra oración, el próximo día 30 a las 19 horas en la iglesia conventual de San Francisco, quiere ser simplemente un piadoso recuerdo agradecido a quien nos ayudó con su generosidad, a volver a la centenaria casa que, según la tradición y la leyenda, hiciera para los franciscanos el humilde Cotolay a súplica de Francisco de Asís, precisamente hace ahora ochocientos años.

    Y a nuestro recuerdo queremos unir a todos aquellos que, unidos a todos los franciscanos que en esta casa se formaron, cantaron las alabanzas al Creador, y ayudaron a los santiagueses en el "arte de servir a Dios" con sus celebraciones y sus enseñanzas, para que unan su gratitud a la nuestra en una sincera oración.

    29 may 2014 / 22:05
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