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Don Quijote peregrinó a Santiago de Compostela

    En una visita que hice hace ya muchos años a la ciudad de Manaos, en Brasil, con la pretensión de adentrarme en la selva más grande del mundo, en una librería dedicada a libros de segunda mano, a la que accedí con deseos de comprar algo, me encontré con un libro titulado Estrada de Santiago de un escritor portugués, Aquilino Ribeiro, muy importante en su país pero verdaderamente desconocido en España. Lo compré nada más que por eso, por el título, cuyo significado se explica muy sucintamente en la dedicatoria que el autor hace de la obra a un curioso hombre de las letras portuguesas, que nunca escribió un libro, Gualdino Gomes. Cuál no sería mi sorpresa, nada extraña habiendo conocido después que el autor tradujo El Quijote, cuando me encontré con la última historia del libro titulada D. Quixote contra Herodes, en la que describe el viaje del famoso caballero y su escudero a Santiago de Compostela en un mes de diciembre. Dado que ya vamos de camino, por fin, hacía un nuevo Año Santo, he considerado oportuno dejar constancia del hallazgo, coincidiendo así con la época en que se localiza lo narrado en esta obra.

    Me resultó muy curioso que en el relato se mencionara expresamente Santiago de Boente, una aldea situada en la carretera por la que he pasado tantas veces a lo largo de mi existencia, al encuentro de la ciudad en la que realizaba mis estudios universitarios y en la que, por fortuna, terminé residiendo. Lo cierto es que nunca me detuve en ese pueblo, aparentemente poco más que uno de tantos de los que se encuentran por estas tierras, que, eso sí, he visto irse acicalando con el progresar de los años, a tenor de la positiva influencia que depara el Camino en los lugares por donde transcurre. Debo reconocer de todas formas que, siempre que pasaba por el lugar de Boente, se me generaba en mis adentros una cierta sensación de que poseía algo que lo hacía especial. Es ahora, pasado el tiempo, cuando recapacitando expresamente sobre tal asunto, percibo donde radicaba la verdadera razón justificadora de que me sucediera eso y es, ni más ni menos, que en la existencia de tres cosas en las que, cuando lo atravesaba montado en mi coche y sobre la marcha, me fijaba casi sin remedio pero también sin casi darme cuenta: la presencia de un ya viejo y respetable pino manso a la salida del lugar, en dirección a Lugo; una bonita fuente situada en medio del pueblo, de la que por cierto dicen que sus aguas tienen propiedades sanadoras y la iglesia, con nada menos que tres relojes, uno de ellos de sol.

    En el relato se menciona también Triacastela. De esta villa se cuenta que en la antigüedad muchos peregrinos recogían en ella piedras que transportaban hasta Castañeda, en las cercanías de Boente, para abastecer la fabricación de cal, necesaria para las obras de la catedral de Compostela. En este lugar se encontraba un horno en el que los romeros depositaban las piedras con las que venían cargando desde dicho lugar. El autor se refiere al sitio como Castañola y tergiversa en cierta manera los hechos, ya que aunque se habla de la necesidad que tenía cada peregrino de llevar una piedra para que Santiago tuviera en cuenta el sacrificio de tantas "pisadas", afirma que es ese precisamente el lugar donde había que cogerla.

    Muy interesante el final, muy propio del Caballero. La aventura relatada termina en la iglesia de Boente, el día de Navidad, entregado don Quijote a la defensa del Príncipe del Mundo frente a las acechanzas de Herodes.

    Claro que, si he de serles sincero, confieso que me hubiera gustado conocer todolo que le sucedió a tanfamosa pareja hasta llegar a los pies mismos de la tumba del Apóstol.

    DOCTOR

    03 ene 2020 / 20:10
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