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LOS REYES DEL MANDO

Durar o no durar

    PARECE que la duración del gobierno que acaba de montar Sánchez (con Iglesias) se está convirtiendo en la gran cuestión de las primeras horas. Apenas ha visto la luz y ya se hacen apuestas, o al menos cábalas, sobre su posible duración, pues muchos lo ven como un recién nacido frágil, al que habrá que dar mucha incubadora. Pero si algo tiene Sánchez es una capacidad extraordinaria para marcarse retos, yo diría que le van los retos, así, directamente, como ya ha tenido ocasión de demostrar en algunos momentos de su vida política, vertiginosa, a pesar de que aún no lleve en ella, digo en los puestos de alta responsabilidad, demasiados años.

    Salió ayer en su rueda de prensa (que los periodistas esperaban con avidez) para pedir perdón, o casi, por tanto secretismo en los pactos, pero es que esto, por lo visto, va así. Prometió más luz y taquígrafos a partir de ahora, comparecencias, preguntas y respuestas, que viene a ser el ‘quid’ de la democracia. Pero su mayor insistencia fue en los 1.400 días que por lo visto quedan por delante. En las doscientas semanas, una detrás de otra. Se diría que Sánchez se ha colocado frente al calendario en la soledad del despacho (si le han dejado un momento de soledad), y aprovechando que el Gobierno casi ha empezado con el año habrá contado el tiempo máximo que necesita para que funcione su pobladísima arquitectura, sin renunciar, ha venido a decir, ni a un minuto de los que restan (al menos, en principio). Se le veía dispuesto a sostener una legislatura, a la que muchos ven poco recorrido, con sus días y sus noches, mayormente.

    Parece lógico empezar así, después de lo apurado de la investidura, aunque es el tiempo el que marca el devenir de las cosas. La política, en efecto, está sometida a los avatares del camino, como la vida, y las decisiones a veces dependen del momento, están limitadas por esos avatares, más allá de la tinta impresa de los proyectos. El papel, suele decirse, lo aguanta todo. Pero se entiende esa cara que puso ayer Sánchez ante los periodistas, esa insistencia en afrontar el reto de durar 1.400 días y otras tantas noches, que parece una canción de Sabina, por el que muchos se niegan a dar un duro. Sacar a la legislatura de la incubadora, a pesar de su cuerpo frágil, y ponerla a andar. Así que estamos en una especie de gran apuesta, en otro capítulo más de ese Manual de resistencia, y quizás eso explica que Sánchez se haya rodeado de un Consejo de ministros tan gigantesco, pues no hay otro igual en Europa, como si sintiera la necesidad de apuntalar el techo político bajo el que, tras mucho intentarlo, ha logrado cobijarse en medio de las tormentas.

    La duración, en efecto, no puede ser calculada en política, donde todo está por escribir, por mucho que se haya escrito antes. Sin embargo, si duración significa estabilidad y reflexión, si duración significa moderación y consenso, si duración significa sosiego y pensamiento profundo, tan vez su gigantesca arquitectura, construida desde la fragilidad parlamentaria, no sea algo efímero. Iglesias, entrevistado ayer en televisión (ha vuelto a los platós después de cierto silencio), parece dispuesto a que nada se derrumbe.

    15 ene 2020 / 00:00
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