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ANÁLISIS

Elecciones generales: con las mismas reglas, distintos resultados

    LAS MISMAS REGLA que hasta el momento habían permitido gobiernos estables, muchas veces de mayoría absoluta, han capacitado en estas últimas elecciones que se haya dado un resultado único en la historia de la democracia española. Por vez primera, ha de ser un pacto entre fuerzas políticas el que permita un gobierno, al menos de mínimos, que pueda sacar adelante propuestas, aprobar leyes y llevar a cabo las reformas que demanda la sociedad. Ni la baja magnitud de distrito de algunas circunscripciones, ni la maquiavélica fórmula d'Hondt, han evitado que el escenario político hoy sea a cuatro. Hemos asistido pues, a la caída de una suerte de multipartidismo bipartidista que nos había acompañado desde 1977, pero que hoy, a la luz de los resultados, parece haber tocado a su fin, dando paso a un claro multipartidismo fragmentado. Si bien esto expresa un cambio en el comportamiento de los votantes españoles, arroja también una difícil situación política que hará necesario que surja una cultura de pactos entre partidos, que hasta ahora añoramos en nuestro país.

    Las elecciones de 2015 han puesto en tela de juicio muchas de las premisas de las que partíamos, algo, que ni con las encuestas preelectorales habíamos conseguido vaticinar. Hoy, tenemos circunscripciones pequeñas y medianas que arrojan una fragmentación de partidos que había sido impensable en otras elecciones. Sirvan de ejemplo Tarragona, donde los seis escaños que se reparten han ido a parar a igual número de fuerzas políticas; o el caso de circunscripciones pequeñas como Guadalajara y Huesca, de tres escaños, en las que tres partidos han conseguido sacar un asiento. Esta realidad, insólita hasta el momento, ha hecho que se tambaleen dos de los presupuestos básicos de nuestro sistema electoral; el sesgo mayoritario y conservador. Si en las circunscripciones de tres escaños solía el Partido Popular hacerse con dos y los Socialistas sacar uno, en las de cuatro escaños repartírselos de forma igualitaria, y así sucesivamente, hoy las fuerzas emergentes han roto con esta dinámica. Esto ha originado que el perverso sistema electoral arroje, en términos generales, unos valores de fragmentación y proporcionalidad nunca vistos en España. Los Populares ya no mandan en los distritos pequeños que reparten pocos escaños y, lo más sorprendente, no ha sido C's el que ha entrado en estas provincias. Podemos, ha sabido hacerse con un trozo del pastel que siempre había tenido tintes conservadores.

    En las circunscripciones con cleavage nacionalista, caso de las cuatro gallegas, lo sorprendente ha sido la caída de los partidos regionalistas como Nós, o Bildu, en el País Vasco. El zarpazo que ha dado Podemos, bajo su fórmula para estas provincias (En Marea, En Comú Podem y Compromís) ha conseguido canalizar el voto de los nacionalistas que se han rendido ante la concesión del partido de Pablo Iglesias de permitir un referéndum que determine su encaje en el Estado español.

    Sin embargo, los votos siguen teniendo pesos muy distintos y las fuerzas más perjudicadas continúan quejándose de unos resultados que, bajo la lógica de las matemáticas, pueden ser calificados como injustos -Izquierda Unida ha necesitado más de 400.000 votos para obtener cada uno de sus escaños, casi ocho veces más que lo que el Partido Popular tiene que obtener para hacerse con un asiento en el Congreso de los Diputados-. Por ello, tras el escrutinio de los votos, ha sido el sistema electoral el foco de buena parte de las iras de algunos partidos políticos, que, como partidos bisagra, buscarán la reforma de unas leyes electorales que desde 1977 han conseguido lo que sus predecesores no lograron obtener: estabilidad, pluralismo y facilidad de gobierno.

    En fin, en términos generales podemos decir que; ha caído el bipartidismo (si en 2011, los dos partidos mayoritarios sumaban el 84 % de los escaños del Congreso de los Diputados, hoy solo alcanzan el 61 %). Se ha corregido la diferencia entre la proporción de votos y escaños. Pese a ser el más damnificado, IU ha mejorado su desigualdad en el voto con respecto a las pasadas elecciones y el Partido Popular se ha visto menos beneficiado. La fragmentación de partidos ha aumentado. Mientras que en 2011 hablábamos de un sistema de dos partidos y medio en el Parlamento, hoy asistimos a un sistema de cuatro partidos. Y, no cabe duda, de que la correspondencia entre votos y escaños ha mejorado en estas elecciones con respecto a las pasadas. Es más, todo ello ha sucedido con las mismas reglas electorales que habían producido los efectos que algunos tantos detestaban y hoy, otros, tanto echan en falta.

    * El autor es Investigador Predoctoral de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM)

    28 dic 2015 / 00:00
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