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CONTRARIEDADES

Érase una vez en Galicia

    Culturalmente, el que da primero también da dos veces. De ahí que por el título de esta pieza periodística con evocaciones tan cinematográficas, sería perfectamente razonable que un lector medianamente desinformado –que es el mismo que el medianamente informado que esperarían por costumbre literaria, pero desde la perspectiva del que ve la botella medio vacía– se hiciese ilusiones por encontrarse un relato similar a una epopeya de gánsteres como la de Sergio Leone en Érase una vez en América o a un fresco poético y crepuscular de las estrellas del Paseo de la Fama narrado desde la violencia fílmica de Quentin Tarantino en Érase una vez en… Hollywood.

    Pero esta historia es distinta, no habla de gente común. “Es una historia que tiene que ver con el curso de la Vía Láctea”, por definirla con versos de Silvio Rodríguez en la Canción del Elegido, que como los compuso mucho antes de que esta crónica viese la luz, dio primero y es obligado citarlo. Esta es la historia de quién se encontrará al frente del Gobierno de Galicia en el próximo Año Xacobeo. De si asistiremos a una jubilación estelar anticipada o al nacimiento de otra nación. La historia, más o menos, dice como sigue a continuación.

    Había una vez, en un país muy cercano, un presidente que se desdijo por partida doble en menos de una semana y convocó elecciones con la esperanza de renovar su cargo, que es el deseo que predomina siempre cuando un dirigente llama a los ciudadanos que gobierna a las urnas precipitadamente y no deja correr el tiempo hasta la fecha en la que correspondería agotar la legislatura. En numerosas ocasiones, Alberto Núñez Feijóo había expuesto públicamente que no encontraba razones para adelantar los comicios a la Presidencia de la Xunta, dada la estabilidad de la que gozaba la comunidad bajo su mandato, y, desde luego, había prometido que, bajo ningún concepto, Galicia haría seguidismo de otras autonomías. Y, salvo que no considere al País Vasco una autonomía y le otorgue el estatus superior que le dan aquellos que lo designan como Euskadi, fue lo que hizo, pues no podrá negar que corrió detrás del lehendakari, Íñigo Urkullu, al que casi le suplicó que firmase el decreto de elecciones en Galicia.

    Hace ya mucho tiempo que a Feijóo se le notaba cierta ansiedad ante su cuarta cita con las urnas, en la que gozará de la oportunidad de igualar el récord de victorias de Fraga. Aunque a él le gusta aparentar tranquilidad, acertar con la fecha de la convocatoria le inquietaba tanto como a un paciente enfrentarse a un quirófano. Cuadrarla, por fin, en el calendario le supondría un gran alivio, pero queda saber si el 5 de abril es un día al que se encamina resignado a lo que tenga que ser será o es fruto de una última maniobra meticulosamente pensada para volver a ganar. Todo hacía pensar que las elecciones le convenían cuanto más tarde mejor, para ir desgastando a un Gonzalo Caballero crecido en 2019 a medida que el Gobierno de Sánchez fuese metiendo la pata, que por lo que parece va a ser una de sus especialidades. Pero que de repente frene en seco la legislatura invita a pensar que todavía confiaba menos en la capacidad de su propio Ejecutivo para no desangrarse en los últimos suspiros del mandato por las crecientes movilizaciones, sobre todo en el ámbito sanitario.

    Feijóo galopó tras Urkullu, pero no seguirá a Casado en un pacto con Arrimadas que desvirtuaría el espíritu galleguista del PPdeG. Bastante difícil lo tiene como para complicárselo más. Por ahora, con el adelanto, pilló a la izquierda con el pie cambiado, recuperó la iniciativa y se ilusiona con aquello del que da primero…

    14 feb 2020 / 00:00
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