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YO ME QUEDO EN CASA

Cuando tú eres el virus

Todo, incluso el Armagedón, puede adoptar diferentes apariencias según el punto de vista del observador // El ganador de la Champions o la salvación del Obra ya no son prioridades en nuestras vidas aunque sobre el tiempo para la distracción

    “La evaluación de un resultado es relativa a un punto de referencia neutral”. Así reza el primer postulado de la aclamada Prospect Theoryde Kahneman y Tversky. ¿A qué equivaldría en lenguaje de la calle? A afirmar que todo es cuestión de perspectiva.

    Todo, sí. Incluso un paradigma de terror supremo como el concepto Fin del Mundo. Diferentes culturas le han puesto nombre a lo largo de los siglos. Ragnarok, Día de la Ira, Escatón. Términos que designan, desde distintas cosmovisiones, un concepto sobrecogedor: el final de los tiempos.

    En Una breve historia de casi todo(RBA), Bill Bryson anticipa diferentes Apokalypse en función de causas posibles. Una inmensa erupción volcánica, un meteorito masivo o un gran cambio climático serían algunas de ellas. Otra podría ser la aparición de microorganismos capaces de exterminar civilizaciones enteras. Una posibilidad que diversas obras de ficción, tanto literarias como cinematográficas, han recreado hasta el hartazgo.

    Hasta hace un par de meses teníamos claro que la gran amenaza de nuestro tiempo era el calentamiento global. Y lo sigue siendo para la biodiversidad, conviene no olvidarlo. El coronavirus solo supone una amenaza para el ser humano, y aún así no parece capaz de llevarnos a la extinción.

    Esta circunstancia avalaría la Hipótesis Gaiade Lovelock. Según esta tesis, la Tierra (más bien la Biosfera) se comportaría a nivel global como un organismo vivo. Como tal tendería a la homeostasis, y en tanto sistema cerrado, a la entropía. Extrapolado a la situación actual, ¿qué haría nuestro planeta ante una enfermedad? Lo que cualquier organismo vivo: defenderse.

    Y lo haría del mismo modo que nuestro sistema inmunológico. Así, los coronavirus serían los anticuerpos creados por la Tierra para luchar contra la infección. Una patología llamada cambio climático, que está acentuando la fiebre de Gaia hasta unos valores que amenazan la propia vida.

    En ese escenario, el virus sería el ser humano. Cuestión de perspectiva, ¿verdad?

    Un gran indicador de esta encrucijada es la cancelación de todo tipo de eventos deportivos. Hace un mes nos preguntábamos quién ganaría esta Champions League, o si el Monbus Obradoiro sería capaz de conseguir la permanencia. Ahora todo eso ha desaparecido de un plumazo. Ya no tiene lugar en nuestras vidas, aunque nuestros días tienen más espacio que nunca para la distracción. Si nos hubieran dicho en octubre que marzo acabaría así, sólo habríamos contemplado una respuesta. “Para que eso pase tiene que llegar el fin del mundo”.

    Cuestión de Fuerza mayor.Pues bien, ahí hemos llegado. Un diagnóstico significativo, sin duda, de la magnitud histórica del momento actual. No olvidemos que los únicos aplazamientos o cancelaciones que han sufrido los Juegos Olímpicos en la era moderna se han debido a causas de fuerza mayor. En concreto, a las dos Guerras Mundiales. Sólo la tercera parecía capaz de repetir la hazaña. Acaso ya estemos inmersos en ella, es difícil decirlo.

    Pero ¿qué puede aportar el deporte, que hoy tanto brilla por su ausencia, a este vórtice temporal?

    Ahora que -impedida por la crisis del COVID 19- la ONU ha solicitado un alto el fuego global, tal vez sea el momento de recordar el legado olímpico de la Grecia clásica. Para los antiguos helenos, que incluso tenían como medida del tiempo la olimpíada, todo se supeditaba a los Juegos. Tanto, que hasta las guerras se detenían durante su celebración. Se decretaba entonces la llamada ekecheiriao promesa de tregua olímpica. Un ejemplo más de los valores que Pierre de Frèdy se empeñó en reinstaurar, y que tan bien le vendrían hoy al llamamiento de Naciones Unidas. Una valiosa aportación, dadas las circunstancias. Una entre tantas, me atrevería a decir.

    Valiosa, sí. Y no solo para los que amamos al deporte, sino para toda la Humanidad.

    Sin embargo, por muy deportivos que seamos hay una tregua que no podemos decretar. Y es que esta batalla no se libra entre dos bandos. Esta lucha enfrenta al ser humano contra la adversidad. Contra la fatalidad impredecible que un aleteo de mariposa en un mercado de China ha convertido en un huracán demasiado random. En un cataclismo de proporciones bíblicas que amenaza con lanzar de un solo soplido la aldea global al país de Oz.

    La cara amable.Pero volvamos al principio, a la teoría prospectiva. A esa que nos dice que todo, incluso el Armagedón, puede adoptar diferentes apariencias en función del punto de vista del observador.

    Y es que todo esto, salvo para aquellos que sufran consecuencias irreversibles, puede acabar teniendo una cara amable.

    Acaso esta hecatombe sea el germen de la unidad, tan ansiada pero nunca alcanzada hasta ahora, de nuestra especie. El inicio del camino que nunca fuimos capaces de encontrar. La ocasión de supeditar diferencias raciales, culturales y religiosas a un interés superior. A un demiurgo llamado, por fin, Humanidad. Un aparente oxímoron que nos puede dar la clave positiva del desastre.

    Como positiva podríamos ver hoy otra catástrofe más trivial, la de la candidatura olímpica de Madrid 2020 encabezada en su día por Ana Botella. Menos mal que no nos dieron los Juegos, pensarán algunos. Los mismos que verán ahora la relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor, torpe bendición a toro pasado. Dos iconos pop de trayectorias paralelas. Dos grandes fracasos a los que el tiempo convirtió en éxitos.

    Y es que todo es, una vez más, cuestión de perspectiva.

    * Escritor e profesor de EF no IES Rosalía de Castro

    @robertdegwened

    30 mar 2020 / 00:00
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