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TRIBUNA LIBRE

¿Escribió Lugín "La Casa de la Troya"?

    De haber nacido a finales del siglo XIX o principios del XX mi amigo José María Blanco Pradilla habría sido un firme candidato a la emigración ultramarina. Como es bastante posterior, se ha conformado con recorrer, partiendo de su tierra viguesa, tres o cuatro de las comunidades autónomas españolas en su carrera de alto funcionario de la administración local, rematada en la Diputación de Teruel, donde se jubiló y donde habita. Desde allí defiende a ultranza las razones del movimiento Teruel también existe y pretende convencerme de que no hace tanto frío como se dice en su ciudad adoptiva.

    Somos amigos desde que estudiamos juntos en Compostela y, por eso, cuando leyó un artículo que publiqué en EL CORREO GALLEGO sobre el eximio troyano Casimiro Barcala, pensó que me interesaría conocer un opúsculo dedicado por su autor al padre de José María. Se titula La paternidad de la Casa de la Troya ante los tribunales de Justicia. Está editado por Reus en 1925 y se debe a la pluma de un insigne jurista pontevedrés, Prudencio Landín. Contiene el informe presentado por Landín el 27 de agosto de 1924 ante la Audiencia de Pontevedra "en defensa de los derechos de aquel ilustre escritor (Alejandro Pérez Lugín) al que se acusaba de haber usurpado la paternidad de La Casa de la Troya. Un libro cuya primera edición data de 1915, y fue ilustrada "compostelano modo" -un estudiante, un crego, una rúa- por el mismísimo Castelao.

    En fecha que no he podido determinar, en torno a 1920, un periodista vigués, José Signo, publicó en un diario de Vigo, llamado La Concordia, "un artículo en el que se negaba a Pérez Lugín la paternidad de su celebérrima novela, construida en realidad sobre notas, datos, cuartillas y capítulos redactados por un tudense, miembro de la Carrera Consular, de nombre Camilo Bargiela". Por eso hay que honrar a Bargiela y acaso, al ver esto, Pérez Lugín se atreva, para honrarlo más a poner sobre la cubierta de la novela estudiantil el nombre del verdadero autor de la misma, quedando Lugín como padre putativo de La Casa de la Troya.

    ¿Cuáles eran los argumentos del periodista de La Concordia en defensa de tan polémica afirmación? Pues, prácticamente, sólo uno: la declaración de doña María Bargiela, hermana del cónsul, el cual le habría dicho en 1909, antes de salir a ocupar su plaza en Casablanca, lo siguiente: "No te disgustes ni sufras apuros porque tengo terminada una comedia, titulada La Casa de la Troya, que alcanzará un gran éxito y dará mucho dinero con lo cual podremos asegurar una vejez felicísima; las cuartillas de esta comedia estaban en poder de un amigo íntimo de Madrid para imprimir".

    Eso es, ciertamente todo, como prueba contundentemente Landín en su espléndido alegato. Irrelevante resulta, por ejemplo, el testimonio del general Fernández Silvestre, que coincidió con Bargiela en Marruecos, que saludó a doña María tras el fallecimiento de aquél y le oyó decir más o menos lo que ya sabemos, afirmando además que no conoce la novela de la Troya, pero sí la comedia que hicieron Lugín y Linares Rivas, creyendo encontrar semejanzas entre alguna escena de ésta y unos escritos que le leyó Bargiela en Casablanca.

    Otras pruebas a favor de la tesis del periodista vigués es la carta dirigida al juez instructor por un vecino de Madrid, llamado José Méndez, donde se afirma: "Yo fui amigo de Bargiela. Éste escribió una obra titulada La Casa de la Troya, que me leyó en Madrid en 1897, antes de marchar de cónsul a Manila" (¿Qué haría Bargiela con su manuscrito hasta que vuelve a evocar su existencia a su hermana trece años más tarde?). Y, en segundo y último lugar, la declaración en la vista de un colega de redacción del periodista que aseguró que en las páginas de La Casa de la Troya aparecían claras huellas de dos plumas diferentes, la de Lugín y la de Bargiela, aunque luego, en respuesta a una pregunta de Landín hubo de reconocer "que no conocía ninguna obra de Bargiela".

    Frente a tan endeble argumentación probatoria, levanta Landín una sólida pieza de convicción. Con los testimonios del doctor Massip, que convivió con Bargiela en Manila y del miembro de la carrera consular Luis Rodríguez de Viguri, que ocupaba destino en Marruecos en la etapa de Casablanca; con las declaraciones de amigos de Lugín, que le vieron escribir el libro, como la poetisa gallega Filomena Dato Muruais, el prestigioso escritor Tomás Borrás y los redactores madrileños de La Tribuna; a través de lo escrito por Miguel de Unamuno, que en un artículo publicado en 1920 en El Liberal de Madrid afirma de Lugín: "Desde luego me atrevo a asegurar que el cargo es infundado", y dice de Bargiela, al que conoció y trató, "nunca le oí que hubiese escrito ni pensase escribir una novela de la vida estudiantil de Santiago"; con las palabras, llenas de emoción y sinceridad de los seres reales que inspiraron a Lugín para crear los personajes de la ficción -los abogados y ex alcaldes de Pontevedra Javier Puig y Luis Boullosa (abuelo, supongo, de otro de nuestros compañeros de Universidad de igual nombre) y el abogado y ex alcalde de A Coruña Manuel Casás-. Todos estos testimonios coinciden en lo esencial: los que conocieron bien a Bargiela negaron que hubiera escrito la obra; y los familiarizados con la vida de Lugín son unánimes en reivindicar su autoría.

    Y el gran argumento invocado por Landín: "El mejor testimonio es la propia obra". Una obra en la que se relatan, ligados, fuera de cualquier duda al autor, personajes -Filomena Dato nos da un ejemplo al afirmar que "Panduriño, uno de los más simpáticos, está de médico en un partido de la provincia de Ourense y se llama José N. A., y le fue indicado a Lugín por mi hermano Juan"- acontecimientos, vicisitudes familiares del propio autor, escenarios -el pazo del Carmen Castro Retén, que era en realidad de unas parientes de Lugín- y una emocionada evocación de las Mariñas coruñesas, que tan bien conocía y tanto amaba.

    Ningún resumen mejor que el del final del informe del letrado pontevedrés: "Todos los escritores, entre la copiosa labor que realizan, hacen algo determinado que supera al resto de su obra. Lugín ha culminado en La Casa de la Troya, acaso por haber destilado en ella todo el caudal de ternura de su vida moza. Satisfecho debió de quedar de su novela porque se creyó en el caso de dedicarla a su madre como el homenaje más estimable. La mayor infamia que puede hacerse a Lugín es convertir en ofrenda filial el producto de un latrocinio. Y no debemos olvidar que el escritor veneraba la figura de su madre, muerta en 1888.

    Pérez Lugín se querelló ante el juzgado de Vigo contra el periodista y la Audiencia de Pontevedra, en sentencia de 11 de agosto de 1924 -confirmada por el Tribunal Supremo el 26 de junio de 1925- condenó al querellado, como autor de un delito de injurias graves, hechas por medio de la imprenta a la pena de tres años, ocho meses y veintiún días de destierro y a la multa de 250 pesetas.

    Y con este fallo la Justicia devolvió el buen nombre y su crédito al escritor. Y dejó bien patente que todo cuanto aparece en La Casa de la Troya, desde la mencionada dedicatoria "A miña nai", hasta ese archiconocido final ("Gerardo corazonciño", "Carmina, encantiño"), que va precedido de la evocación del popular alalá Na Mariña entre loureiros, se debe a la inspirada pluma de ese madrileño de corazón gallego. Amó tanto esa tierra, tras vivir en Compostela entre 1883 y 1893, que acabó por hacerla suya y supo cantarla de modo conmovedor. Y en Galicia, en su casa de El Burgo, murió el 5 de septiembre de 1926. Se llamaba Alejandro Pérez Lugín y fue el autor, sin sombra de dudas o sospechas, de La Casa de la Troya.

    17 feb 2007 / 21:27
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