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Eternamente Yolanda

    UNA elemental cuestión de paisanaje obliga a centrar la atención en Yolanda, la gallega más gallega del gabinete que estrena las coaliciones en la democracia española. La galleguidad de Nadia Calviño es más circunstancial, nada comparable con el arraigo de quien ya es ministra de Trabajo y llega a la cúspide tras una larga ascensión por las laderas del poder en la que se ha ayudado de diferentes sherpas como Cayo Lara, Beiras, y finalmente, Pablo Iglesias. Su trayectoria explica que lo más fascinante de la política (y quizá también del fútbol) es su imprevisibilidad. Que el Dépor de la Champions luche agobiado por resistir en Segunda, es tan asombroso como que la misma Yolanda Díaz, que luchaba por sobrevivir en una balsa de refugiados con el nombre de Esquerda Unida, tenga en sus manos la regulación laboral en el Estado español.

    Todo se debe a una suma de casualidades y a su habilidad para aprovecharlas. Hay innumerables contrafactuales en sus peripecias que, de haberse materializado, hubieran hecho de Yolanda una concejala fugaz de Ferrol que desaparece de la escena sin que nadie se dé cuenta. Pero de tener que señalar ese momento crucial, ese instante decisivo al que Javier Cercas hace una anatomía precisa en alguno de sus libros, había que detenerse en el flechazo político con el líder histórico del nacionalismo gallego, del que nace una amalgama entre el galleguismo de izquierdas y la izquierda estatal que aún perdura de aquella manera.

    En principio parecía que el beirismo exiliado del BNG había encontrado un bastón, un complemento, una sigla de compañía. Al lado del mayor símbolo vivo del nacionalismo, Yolanda parecía poca cosa, como mucho una discípula que no tardaría en incorporarse a la órbita de Beiras, y sin embargo, será ella la que rentabilice la joint venture para catapultarse hacia otro círculo prometedor, el que gira en torno a Pablo Iglesias. Mientras otra gallega como Carolina Bescansa se hacia hereje y abandonaba el paraíso de Podemos, Yolanda llegaba de Galicia y se hacía fuerte en el rupturismo con su sonrisa permanente.

    Si uno examina el Gobierno adosado que preside Pablo Iglesias, la ministra más poderosa es nuestra ilustre paisana. No sólo porque Trabajo sea un gran escaparate para quien tiene dotes populistas, sino sobre todo debido a que la ferrolana de Fene tiene una parcela territorial de la que otros carecen. Común da Esquerda es una de las piezas importantes del complejo mosaico de la izquierda heavy y responde a la voluntad de Yolanda, que además ahora cuenta con el aparato de un Ministerio. O sea, que está en la cumbre y al tiempo cuenta con gente en el campo base para cuidar la retaguardia. Iglesias debe mimarla, los vestigios del beirismo no tienen más remedio que aceptar sus condiciones, y desde las alturas puede calcular en el futuro si le interesa bajar de nuevo a las autonómicas. Es el suyo un juego de la oca en el que siempre progresa yendo de sigla de sigla, de coalición en coalición, de sherpa en sherpa. Nadie sabe orientarse mejor en esta política líquida. El auténtico manual del resistencia, aunque no escrito, es el suyo.

    Periodista

    14 ene 2020 / 00:00
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