Santiago
+15° C
Actualizado
lunes, 10 agosto 2020
11:00
h

La faceta intelectual de Joseph Ratzinger

Como intelectual, Benedicto XVI es un hombre profundamente reflexivo, poseedor de más de media docena de doctorados honoris causa y autor de una producción ensayística riquísima (un centenar de libros) que, sin duda, el paso del tiempo consagrará como una magnífica y sólida contribución al desarrollo del pensamiento cristiano en general y occidental en particular. Poseedor de una memoria prodigiosa y un cerebro que procesa la información con la solvencia de "un disco duro", como ha señalado Peter Seewald, sin embargo, prefiere expresarse con sencillez, sin alardes ni pretensiones, para que todo el mundo lo entienda. Como alemán, es heredero de la rica literatura (Goethe, Thomas Mann) y filosofía alemana, que ha estudiado profundamente. Martín Lutero, Immanuel Kant, Friedrich Hegel, Friedrich Schelling, Karl Marx, Arthur Shopenhauer, Friedrich Nietzsche, Edmund Husserl, Max Scheler, Edith Stein, Martin Heidegger, Albert Einstein, o Werner Heisenberg son pensadores que ha trabajado y estudiado al detalle. Por supuesto, a ellos debemos añadir, como también se desprende de sus obras, los nombres de Romano Guardini, Henry Newman, san Agustín, santo Tomás o san Buenaventura.

Testigo de su tiempo, ha podido experimentar, desde cerca, la trágica división y posterior reunificación de Alemania, lo que le ha permitido comprobar, entremedias de ambos procesos, tanto la influencia americana occidental, como la presión prosoviética oriental. Asimismo, no ha dudado a la hora de denunciar toda forma de violencia, reprobar cualquier indicio de corrupción política y condenar los radicalismos emergentes de un "presentismo" caracterizado por la falta de ética, los atentados contra la moral, la pérdida de valores cívicos y el desprecio al otro que genera la insolidaridad. Frente a estos males de nuestro tiempo, Benedicto XVI propone unidad y reconciliación, paz y justicia como pares conceptuales que han de verse traducidos a una realidad social que necesita reconfigurarse.

Intelectuales de todo el mundo y de las más variadas ideologías han querido escucharlo y lo han tenido presente en sus desideratas y elucubraciones. Figuras como Bernard-Henri Lévy, George Steiner, Flores d'Arcais, Hans Küng, Galli della Loggia, Bueno, Darius Shayegan, Jürgen Habermas (que le ha llamado "amigo de la razón") o Francisco Umbral ("Ratzinger puede debatir cara a cara con los iconos del ateísmo sin apearse de sus zapatos rojos", ha llegado a decir, como reseña Pablo Sarto en su biografía del Papa), entre otros muchos. En 2008, los siempre exigentes intelectuales franceses tuvieron que rendirse ante sus disertaciones en torno a la diferencia entre la teología monástica y la teología escolástica, al ser, como señaló acertadamente el ex director de Le Monde, "incapaces de seguirle". El teólogo Olegario González de Cardenal señalaba no hace mucho la "reforma moral" y el "coraje intelectual" que caracteriza a la Iglesia de Benedicto XVI, que conjuga "razón y Evangelio, Ilustración e Iglesia". Frente al profundo relativismo que caracteriza nuestro tiempo, basado en un interés egoísta por lo propio y un desprecio de lo ajeno, y que ha generado no sólo la actual crisis económica sino también la moral, Joseph Ratzinger propone y defiende "un fecundo diálogo entre razón y fe".

En su reciente visita a Sicilia, el pasado 3 de octubre, el Papa no dudó en condenar toda forma de organización mafiosa. Allí, aprovechó para animar a los jóvenes a enfrentarse al crimen organizado y a no tener miedo a la hora de "testimoniar con claridad los valores humanos y cristianos". Frente a los 20.000 jóvenes reunidos en la Plaza Politerama de Palermo utilizó la metáfora del árbol que clava sus raíces en el río del bien como símbolo de la lucha contra la desesperación que "la falta de trabajo" y "la incertidumbre del futuro" les generan. Sólo dos días más tarde, en el propio Vaticano, animaba a los periodistas que asistían al Congreso Mundial de Prensa Católica a perseverar en "la búsqueda de la verdad", pensamiento clave de su filosofía cristiana. A la semana siguiente, el 10 de octubre, presidía en Roma, ante 185 obispos, el Sínodo para Oriente Medio, exhortando a los cristianos de Tierra Santa a "unirse en la diversidad" (pensaba en las seis Iglesias Orientales Católicas) y "favorecer las condiciones de paz y justicia, indispensables para un desarrollo armonioso" (teniendo en mente el conflicto entre Israel y Palestina que tanto le inquieta – recordemos su peregrinación a Tierra Santa en 2009).

Tampoco en esta ocasión le tembló el pulso a la hora de invitar al representante de la más alta autoridad islámica de Líbano, Muhammad Al Sammak, al ayatolá iraní Seyed Mustafa Mohaghegh Ahmadabadi, o al rabino judío David Rosen, del Comité de Cuestiones Interreligiosas, ni en el momento de denunciar que la ocupación israelí representaba "una injusticia política impuesta a los palestinos". Al cabo de dos días, el 12 de octubre, instituía a través de un motu proprio (documento que surge a iniciativa del propio Papa), el dicasterio (o agencia de gobierno de la curia romana) denominado Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, cuyo fin último es el estudio de nuevas iniciativas de evangelización, la promoción del Catecismo y el análisis de las nuevas tecnología de la comunicación como medio a través del cual fomentar esa nueva evangelización.

Como podemos observar, pese a su avanzada edad, la actividad de Benedicto XVI es cada vez mayor, aunque es sabido que prefiere disponer de tiempo para la meditación y la oración entre cada acto oficial o pastoral. Recordemos que no hace ni dos meses que visitó Reino Unido (Escocia e Inglaterra) portando su mensaje de lucha contra el laicismo y reuniéndose con la propia Isabel II, ante quien no mostró reparo alguno y decidió agradecer la mejoría en las relaciones entre anglicanos y católicos, y quien, por su parte, reconoció la labor del Papa en este terreno, así como la "herencia común del cristianismo" (su intento por reconciliar iglesias y planteamientos religiosos había quedado demostrado ya en 2007 con la asamblea para el Diálogo Teológico entre la Iglesia Católica y la Ortodoxa celebrada en Rávena, o con el polémico perdón dispensado a los obispos lefebvrianos – del arzobispo Marcel Lefebvre – que se habían alejado de Roma tras el Concilio Vaticano II).

Todo un hito en las relaciones bilaterales entre el Vaticano y una Corona británica que se resistía desde la famosa Reforma anglicana promovida por Enrique VIII en la primera mitad del siglo XVI al romper las relaciones con Roma (que no aceptó su intento de anulación de matrimonio con Catalina de Aragón – no se sabe si movido por su atracción hacia Ana Bolena o por la incapacidad de la reina para engendrar un hijo varón), y convertir a la monarquía en cabeza de la Iglesia y del Estado.

Lo cierto es que el catolicismo ha crecido un 20% en los últimos años en Reino Unido (quizá ayudado también por una fuerte oleada inmigratoria). El Papa se entrevistó no sólo con el primado anglicano, con el primer ministro David Cameron, con el liberal demócrata Nick Clegg y con la líder laborista de la oposición, Harriet Harman, sino con los obispos tanto católicos como anglicanos, a quienes les habló en el propio Westminster Hall. También beatificó al cardenal John Henry Newman en el Cofton Park de Rednal, en Birmingham; todo un referente en la evolución intelectual del Papa, especialmente en el terreno de "sus intuiciones sobre la relación entre fe y razón", como señaló el Pontífice, y en la lucha llevada a cabo a finales del siglo XIX por el que fuera líder del Movimiento de Oxford, en contra del sometimiento de la iglesia a los poderes seculares.

Precisamente, el intento de reconciliación entre fe y razón ha sido uno de los campos de batalla de Benedicto XVI durante toda su vida. En una de las conversaciones con Peter Seewald, Joseph Ratzinger señala que "la fe asalta nuestra inteligencia porque expone la verdad", "la fe desafía nuestra comprensión", aunque tanto la idea de la Creación como la esperanza cristiana "nos presentan algo razonable", pero limitado en explicaciones, aun cuando es la propia fe la que inspira la inteligencia. Ésta es la idea que forja uno de sus libros más importantes, Introducción al cristianismo, publicado en 1967 y reeditado en 2000 con una introducción renovada generada por la reflexión en torno a la irrupción y posterior caída del comunismo, a los intentos de la teología de la liberación por arreglar el Tercer Mundo, la aparición de males como el narcotráfico y la corrupción, o la expansión de las místicas provenientes de otras religiones como el budismo.

La realidad es que en el pensamiento occidental han sido muchos los intentos de imponer la razón a la fe y a la religión. Ahí están los planteamientos de Hegel subvirtiendo la barreraentre razón finita y razón infinita, y entendiendo al filósofo como "el secretario particular" de Dios. También Kant y los ilustrados pretendieron ver en la razón la capacidad de abarcar "lo eterno y lo infinito" sobreponiéndose a fe y religión; o Nietzsche con su nihilismo, afirmando la muerte de Dios (que ya anunciara Hegel) como metáfora sobre la cual plasmar que la fe cristiana es limitada y sus valores efímeros, y plantearse la posibilidad de rellenar el vacío dejado por Dios con ese Übermensch o "superhombre" que, con su propio sistema de valores, suplante a aquellos propuestos por el cristianismo.

Amante del diálogo y la argumentación filosófica, Ratzinger considera esencial entablar una conversación diáfana con la ciencia y la cultura actual. El progreso, las nuevas tecnologías y las inquietudes científicas han de generar una libertad paralela a la que la fe propone. Otra cosa es que la ciencia pretenda explicar la fe. Yo, a título personal, propondría el siguiente razonamiento para explicarlo: el progreso de la ciencia se basa en la duda, en la intuición, en la esperanza de encontrar algo más, que no es evidente ni tangible apriorísticamente; una especie de fe secular. Lo que antes parecía indemostrable, el paso del tiempo lo hace constatable. El científico, gracias a su inteligencia, siempre ha de dudar, porque sólo así logra avanzar. La fe es, pues, la que ilumina su inteligencia, del mismo modo que la fe en Cristo es la que inspira a los cristianos en el camino de la Verdad.

De ahí, razón y fe, ciencia y convicción se aproximan hasta enriquecerse. El problema surge cuando aspiramos a comprender ese primer "big-bang" o, si lo prefieren, ese "hágase la luz", o el "grand design" del que habla el divulgador científico británico Stephen Hawking, con nuestra limitada naturaleza espacial y temporal. Es decir, seguimos insistiendo en meter toda el agua del mar en un agujero de arena como el niño de la parábola de san Agustín. Demostrar la inexistencia de Dios es harto más difícil que demostrar su existencia, precisamente, porque somos seres limitados. Ni la relatividad, ni la teoría de las cuerdas, ni la supersimetría, ni la mecánica cuántica son capaces de explicar muchas de las acciones y reacciones que se escapan al control de las leyes físicas, más útiles para explicar los efectos y los procesos, que el detonante o causa última de los mismos.

Por tanto, teología, filosofía y filología seguirán siendo disciplinas fundamentales para ser capaces de descubrir las claves que adornan las Escrituras, y poder llegar a entender el mundo. Para Benedicto XVI es importante plasmar toda la riqueza que encierra el misterio de la Creación. Un elemento fundamental tanto en el proyecto de superación de los paraísos científicos como en el de la Nueva Evangelización es la predicación, como ya demostró en su libro La palabra en la Iglesia (1973).

La modernidad intelectual del Papa se comprueba en sus textos de hace treinta años, como en su conferencia titulada Consecuencia de la doctrina de la Creación (Salzburgo, 1980) en la que, además de la fuerza de la libertad que emerge de la verdad y el amor como fuente de Creación, ya hablaba, adelantándose a los tiempos, de ecología y respeto por la naturaleza y el medio ambiente (recordemos su visita a Brasil en mayo de 2007 y su defensa del Amazonas), y distinguía entre una ecología exterior, ésta última, y una interior, lo que Blanco Sarto denomina "una ecología del amor". Todo un foco de iluminación, como vemos, para las nuevas corrientes ecocríticas tan de moda en el mundo académico más actual.

Su personalidad inquieta e inconformista se puede observar, también, en el polémico libro entrevista (con Vittorio Messori) titulado Informe sobre la fe, de 1985, en el que, tras un diagnóstico realista de la situación de la Iglesia, animaba a poner el énfasis en Cristo más que en la propia institución, como modelo de avance en el testimonio de la fe. Ya en 1981 había publicado La fiesta de la fe, en el que recuerda la importancia de resaltar la figura de Cristo en la liturgia por encima del resto de los elementos implicados. La liturgia también es el leitmotiv de Un canto nuevo para el Señor (1995), donde, además de reseñar la importancia del domingo como día del Señor, entiende la liturgia como la provisora de libertad y luz frente a la radicalización del ocio y la permisividad; un tema que retomará y ampliará en El espíritu de la liturgia, en 2000.

Dos de los libros que marcaron un momento decisivo en el desarrollo del pensamiento de Ratzinger fueron La sal de la tierra (1992) y Jesús de Nazaret (2007). En el primero, de nuevo un libro entrevista, esta vez con Peter Seewald, Joseph Ratzinger explica con detalle y erudición los fundamentos de la fe, la profundidad del pensamiento cristiano y la esencia del catolicismo. De nuevo, la razón y el diálogo aparecían como elementos estructurales en el camino de la Verdad. Pero también hablaba del futuro de la Iglesia católica en el tercer milenio, de las dificultades con las que se va topando, y de los cambios que se avecinan. Por su parte, en Jesús de Nazaret, (todo un best seller de nuestro tiempo, al igual que el anterior), el ya Papa, Benedicto XVI, presenta "la figura y el mensaje de Jesús en su vida pública, con el fin de favorecer en el lector un crecimiento de su relación con Él".

Se trata del Jesús real, el Jesús histórico "en sentido propio y verdadero", como señala el Papa, a partir de una relectura o "lectura progresiva" de los "diversos textos de la Biblia en el marco de su totalidad", superando el método histórico-crítico, y apoyándose en el filológico como medio para "averiguar el sentido original exacto de las palabras". Una vez más, Ratzinger demuestra, pese al estilo sencillo del texto, toda su erudición y conocimiento respecto a los trabajos existentes sobre Jesús, como los de Karl Adam, Guardini, F. Michel William, Papini o Daniel-Rops, entre otros.

Aproximarse a la producción intelectual de Benedicto XVI requiere un ejercicio de profunda reflexión, dada la complejidad de su obra creativa y expositiva. Sin embargo, no resulta difícil reconocer en esta insigne voz de nuestro tiempo, en este profesor, teólogo, filósofo, filólogo y escritor, amante de las lenguas clásicas tanto como de las modernas, así como de sus literaturas respectivas, su compromiso con el diálogo entre razón y fe, su reivindicación de la liturgia, su fe en la simbiosis entre verdad y libertad, su confianza en el amor como camino hacia Dios, su alineamiento con la Paz que genera la comunicación entre religiones e iglesias, su esperanza en la preeminencia de la familia como foro de evangelización con la figura de la mujer como pieza fundamental, su creencia en un proceso de Nueva Evangelización, y su apuesta por las nuevas tecnologías de la comunicación como transmisoras de ese mensaje de un Jesús que ha de interpretarse real y cercano a partir de su comunión con el Padre.

José Manuel Estévez-Saá Profesor Titular de la UDC

06 nov 2010 / 00:00
Noticia marcada para leer más tarde en Tu Correo Gallego
Tema marcado como favorito