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{tribuna libre}

El futuro de Cataluña

    "la historia de los últimos 30 años ha demostrado que hay dos caminos: o someterse a la centralización del Estado español y desaparecer como pueblo; o la independencia". (Carme Forcadell).

    Una vez pasada la Diada, la orgía secesionista, la alentación del espíritu nacional, Cataluña vuelve a la normalidad. Todas aquellas gargantas embravecidas que el otro día gritaban proclamas independentistas a los oídos de Sant Jordi y tantos otros emblemas de su catalanidad, hoy han de volver a sus puestos de trabajo, a sus familias, a sus barrios a "hacer país".

    Ya la arenga política ha acabado, ya el desgarro de sus voces al más puro estilo de 1984 ha tocado a su fin: toda esa ira focalizada sobre un dibujo emborronado y distorsionado de aquel que siempre ha sido, es y será su enemigo: España. ¿Y algo ha cambiado? No.

    Cierto que cada año el espíritu triunfalista de los gobiernos catalanes es mayor y que la temida consulta parece acercarse irremediablemente. Pero, ¿acaso se puede considerar triunfo si únicamente gana el egoísmo político que tanto buscar infectar las mentes de los ciudadanos?

    La realidad es que mientras el señor Mas alardea de Països Catalans, los ciudadanos catalanes sufren las consecuencias de una crisis y de un ostracismo político que les impiden atisbar la luz que otras comunidades ya ven al final del túnel.

    Y es que hay dos formas de hacer país, una política, sensacionalista como es la catalana, que no lleva a ningún lado, y otra ciudadana, como podría ser la de Galicia, que en vez de perderse por derroteros sin salida, caminos abandonados largo tiempo atrás por otros de mayor eficiencia, crea un futuro a través de cada uno de sus ciudadanos y de sus instituciones.

    Pero, ojo, tampoco digo que los colores que ahora viste nuestro parlamento sean los colores de la victoria, sino que nuestro modo de hacer es el que nos llevará a un verdadero triunfo, no de un egoísmo independentista, sino cívico, político y económico.

    Son los ciudadanos los que componen una nación, no los políticos los que representan una tierra. Si los dirigentes catalanes siguen esforzándose en poner al territorio como excusa para lograr objetivos personales, creo que sus proyectos estarán abocados al fracaso.

    Dice la señora Carme Forcadell que Cataluña o se somete al Estado español centralizador y desaparece o se independiza. Pues yo digo que Cataluña morirá si dejan que sus servicios públicos sigan agonizando, si no son capaces de darle a sus empresarios una perspectiva real de creación de economía y empleo, si siguen, en fin, ocupándose de construir murallas donde debiera haber puertas.

    Cataluña, tomada como un entero no tiene la capacidad de sostenerse a sí misma: es deficitaria. Además, gran parte de su economía se fundamenta en su retroalimentación con España y Europa.

    Pero no solo es eso, el mundo de hoy en día tiende a la globalización. No se cierran las fronteras, sino que desaparecen. Si algo bueno nos ha traído el siglo XX es que nos ha abierto los ojos. Nos ha permitido descubrir que en la unión está la fuerza, que la lucha solo nos lleva a la miseria y que son los intereses comunes los que impulsan el desarrollo de los pueblos, no la confrontación de deseos y de egos.

    El espíritu de las naciones se materializa en las empresas, en las familias, en las ciudades, los pueblos y las instituciones. No en las bocas de los políticos, no en las batallas parlamentarias. Por ello veo a Cataluña como una "nación" sin espíritu, una marioneta de su gobierno, que dice defender sus intereses históricos

    Nuestra tierra, en este sentido, sí que muestra esa coherencia. Y es que Galicia no es más que el "laio" de sus mujeres y hombres, que buscaron en su tierra un futuro digno para sus hijos y la "saudade" de aquellos que tuvieron que huir de nuestra miseria para labrarse un porvenir. No somos más que el espíritu quejumbroso de un pueblo que optó por alimentar a la tierra, mientras que más allá de sus altos montes se tomaban decisiones en lujosos palacios, cortes y hemiciclos.

    Quizás Cataluña consiga su independencia, o quizás no. Lo que sé es que ese paso será una victoria para sus políticos, pero una derrota para los catalanes. Hoy en día independencia equivale a aislamiento. Para rentabilizarla en el largo plazo (y en este contexto, largo plazo equivale a "cuando los políticos se vayan") deberían tener algún activo que exportar, algo que haga que España, la Unión Europea o el resto de el mundo se fijen en ella. Pero, sinceramente, ¿Qué tiene Cataluña que interese al mundo?

    03 oct 2013 / 00:00
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