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los reyes del mando

Gretófilos y Gretófobos

    EN los informativos salía mucho Greta, que venía de Lisboa. Me acordé de aquellos viajes a Madrid, en el Tren Hotel, que se movía con parsimonia como si fuéramos atravesando la estepa rusa, no la meseta española. Dicen que las comunicaciones ferroviarias con el país vecino no son de este siglo, pero quizás Greta haya valorado los encantos de la lentitud. No así las máquinas diésel, eso seguro. Unos de Extremadura, que también tienen lo suyo con los trenes, le habían ofrecido un burro para el desplazamiento. Los burros están olvidados. En Irlanda hay unos santuarios para estos animales (imagino que los habrá también aquí), que parecen fuera de la modernidad. Craso error. Yo tuve un burro que se sabía el camino a la escuela. En realidad, pertenecía a mi tío, que vivía al lado del colegio rural, un viejo edificio destartalado, y el burro sabía regresar allí sin necesidad de GPS. Pienso en aquellos días y me doy cuenta de que éramos sostenibles y ecologistas, incluso sin saberlo. Los niños del campo teníamos muchos perros a los que jamás paseamos, porque se paseaban solos. Dábamos biberones a los corderos. Teníamos una gallina favorita. Llegué a poseer un búho herido, que mi padre se empeñó en curar y que luego soltó. Todo nos parecía natural, no creíamos ser excepcionales en nada.

    La niña Greta sigue moviendo multitudes. No soy de iconos ni de símbolos, pero tampoco creo que haya que culparla por su fama. Se diría que el mundo se divide ahora entre los Gretófilos y los Gretófobos. El debate se ha desplazado de los asuntos del clima a la existencia mediática de esta muchacha, que contemplo ahora en la pantalla mientras baja del tren de Lisboa, agarrada a esa pancarta de madera que dice 'Huelga escolar por el clima', como quien se agarra al objeto primigenio, a la pureza de la primera idea. Con el desembarco de Greta, que no podrá evitar cámaras, ni micrófonos (alivio para la clase política en el puente de diciembre, porque la chica se lo lleva todo), se han hecho evidentes algunas cosas. Una es que la gente con éxito no siempre es bien recibida. Inmediatamente se asume que su protagonismo tiene algo de impostado, de maniobra global (como tantas cosas hoy), y se le dice que mejor estaba en el colegio, y en este plan. La cosa empeora porque vivimos tiempos de mucho juzgar a los demás.

    Aunque su presencia resulta tan molesta para algunos como apasionante para otros. Esa es otra cosa que también se ha hecho evidente. Hoy todo lo mueve el gran oleaje de las imágenes, las redes, los eslóganes. Y todo ese oleaje, superior al que habrá vivido en el Atlántico, es el que envuelve a Greta. Esa es la ola sobre la que ya cabalga, el peaje de la fama, por mucho que intente volver al tema principal, por mucho que su menuda figura se mezcle entre los compañeros de sentada y de cánticos. No: la descubrirán de inmediato, buscarán el selfie, la contemplarán como una santa laica de este nuevo tiempo, como la encarnación del bosque y el hielo. Ya no podemos vivir sin esas referencias al héroe, sin el mito inspirador y urgente en las pantallas. No es Greta: somos nosotros. Pero bien está si todo esto sirve para algo.

    07 dic 2019 / 00:00
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