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{ el pensadero }

¡Guerra a la vulgaridad!

    MI pensadero lleva ya meses vacío. El tráfago de la vida ha engullido mis energías y no he podido escaparme a pensar. De vuelta en el intento, he rescatado una frase del poeta latino Horacio que parece hecha para los tiempos y que podría ser el título de un libro de autoayuda: Dimidium facti, qui coepit, habet: sapere aude, incipe (Epístolas, 1.2.40). “El que ha empezado ya ha hecho la mitad; atrévete a saber, empieza”.
    Desde el “Conócete a ti mismo” del templo de Delfos o el “No entre aquí quien no sepa geometría” de la Academia de Platón, las máximas de los autores clásicos con frecuencia se resumen en un imperativo. Como un inteligente eslogan publicitario, invitan a intentarlo en primera persona, interpelando al interlocutor. Así, Sapere aude, el “atrévete a saber”, popularizado por Kant y que algunos traducen por “atrévete a pensar” inspirados por el contexto de la epístola horaciana, se ha convertido en el motto evidente de una serie de universidades e instituciones que promueven el saber.
    La fuerza de la propuesta, desde mi punto de vista, radica en la paradójica conjunción del verbo “atreverse”, que parece que pide una acción inmediata y no reflexiva, con el verbo “saber”, que, por el contrario, parece invitar al reposo y el esfuerzo constante del estudio que resulta en el conocimiento. En su obra la República, mi filósofo favorito advierte de la inconsistencia de la doxa, la opinión elaborada a la ligera sobre la base de las apariencias o las percepciones, sin la preocupación por el conocimiento profundo y verdadero que ocupa el extremo opuesto en el famoso “símil de la línea”(Rep. 510 a-511e), que es una especie de mapa del conocimiento y la sabiduría. El conocimiento, que requiere de un proceso, es un ejercicio de identificación de lo que no vale, de lo falseado, de lo que parece lo que no es.
    Un refinado ascenso hacia la idea, que permite colocar cada cosa en su sitio y diferenciar el sueño de la vigilia y el original de la copia. Platón, preocupado por el bien de la ciudad, en su clarividencia soñaba con guiar a sus conciudadanos hacia la sabiduría, para sacarlos de la caverna, dentro de la que sólo se veían sombras inconsistentes de la realidad exterior. La percepción de la sombra sólo permitía elaborar opiniones sin fundamento. Era necesario ver la realidad para conocer verdaderamente; era necesario atreverse a salir para conocer.
    A principio de los años 70, que ahora vuelven con fuerza en varios frentes de nuestra realidad social, recuerdo que asomaba a la televisión el anuncio del Licor 43, que invitaba a sumarse a la moda de consumir el licor español sobre hielo picado, combinación que se había bautizado como Pilé 43. La máxima en imperativo se formulaba como un grito de guerra contra lo insulso y repetido de las bebidas habituales del momento. “¡Guerra a la vulgaridad! Ven a Pilé 43” era el programático lema de la exclusividad.
    Sapere aude, “atrévete a saber” en su forma de eslogan digno de un anuncio de colonia o licor, es una provocación que podría constituir el tema del primer día de clase de cualquier disciplina en la universidad. Un reclamo para incitar al consumo de conocimiento. Para convertirlo en mi propuesta publicitaria, yo lo completaría con un “No te dejes atrapar por la opinión: atrévete a saber”, con un “Acepta el reto de enterarte: atrévete a saber” o con un “Desecha las ideas preconcebidas: atrévete a saber”. Incluso, para proponer combinaciones más interesantes, la mezclaría con la propuesta del licor setentero: “¡Guerra a la vulgaridad!: atrévete a saber”. Empieza.
    Profesora de Historia
    del Arte en la USC

    29 jun 2016 / 00:00
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