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tribuna libre

¿Hay que ahorrar agua?

    Cuando nos damos cuenta de que la supuesta falta de agua no es tal y como acostumbramos a creer (Tribuna abierta, El Correo Gallego, 21/07/08), no puede extrañar que empecemos a preguntarnos el por qué de las campañas publicitarias y de otras actividades (la Expo del Agua de Zaragoza sigue abierta) que nos recomiendan moderación en el consumo de agua, campañas que emplean como contrapunto las situaciones que se viven en algunas partes del mundo en donde no es que escasee el agua, es que, sencillamente, no la hay. Y la verdad es que consiguen que uno se sienta incómodo ante las imágenes desgarradoras que todos hemos visto de personas, niños, sufriendo las consecuencias de la falta de agua. A resultas de ello, acabamos teniendo sentimientos de culpabilidad cada vez que abrimos un ­grifo. Tal parecería que toda cuanta gota ahorramos nosotros se utilizaría mediante sabe Dios qué mecanismos, para paliar el problema de esas regiones sedientas. Cosa que, sin duda alguna, todos desearíamos.

    Y no es así. Ya vale de desorientar al personal que, como suele ocurrir habitualmente, suele mostrar una extraordinaria buena fe que pone de manifiesto tanto lo bienintencionada que es la gente en general como su vulnerabilidad ante mensajes más que discutibles que son incorporados al inconsciente colectivo sin que se examine críticamente su contenido.

    Porque realmente, no es fácil de entender en qué medida puede beneficiar al nativo de, digamos, alguna zona desértica africana, nuestro conservadurismo en el gasto de agua de la ducha. Por ejemplo. Y esperemos que nadie salga hablando de la globalidad, de los aleteos de las mariposas y de todo cuanto lleva ­dicho Feynmann sobre eso. Porque no. Porque cuando se establecen ese tipo de vinculaciones de una forma más o menos velada entre nuestro comportamiento en la ducha y el alivio de una situación, dramática por lo demás, de ciertas zonas del mundo, lo que se está intentando realmente es conmover, convencer por vía de las emociones, no de la lógica de los argumentos empleados.

    Porque, ¿dónde está la lógica de intentar promover el ahorro de agua en las ciudades, entre el segmento de población más numeroso y de mayor poder adquisitivo pero que es responsable del menor gasto de agua? Porque por raro que parezca, esa es la realidad: más de dos tercios del total de agua captada en ríos, lagos y acuíferos se usan con fines agrícolas. El resto se reparte entre usos industriales, urbanos y pérdidas de los sistemas de almacenamiento y distribución. Dicho de otra forma: el ­consumo urbano de agua, el consumo de agua de la mayoría de la población que vive en asentamientos urbanos, es un componente minoritario, no llega al 20%, del gasto total de agua. Piénsese entonces que, cuando se intenta estimular el "uso racional", el "uso sostenible" o cualquier otro término de esos que están tan de moda, es decir, cuando se quiere impulsar el ahorro del consumo de agua, se está cometiendo el error, esperemos que inocente, de incidir sobre el segmento de consumidores que menos GASTO TOTAL DIRECTO de agua provoca. Incomprensible estrategia que pone en evidencia a quienes la promueven, pues si hay que ahorrar, no parece que sea descabellado sugerir que se empiece por el sector de actividad en el que mayor gasto de agua se produce.

    Por lo tanto, el uso razonable del agua potable por parte de los habitantes de núcleos urbanos, si beneficia a alguien, es al ­mismo núcleo poblacional que pone en práctica tales medidas, porque, como tal núcleo, le permite mantenerse sin necesidad de acometer la construcción de infraestructuras progresivamente mayores para dar respuesta a la creciente demanda de agua. De ahí a pensar que cuando uno instala un grifo autolimitante o una cisterna con sistema de doble descarga o de interrupción de descarga, estamos salvando el planeta o ayudando a paliar la sequía de aquellas regiones que la sufren, hay una distancia bastante considerable.

    A menos, claro, que el objetivo buscado sea no tanto el ahorro de agua, cuanto el sutil fomento del uso masivo de dispositivos de ahorro, que es muy distinto. De ser así, por lo menos no nos quedarían dudas acerca de la identidad de los beneficiarios de nuestra conciencia ecológica a la hora de abrir el grifo.

    04 ago 2008 / 00:00
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