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SAN FRANCISCO, 800 AÑOS DESPUÉS

La iglesia de Trandeiras, en Xinzo, conserva el espíritu franciscano

EN MONTERREI
Del convento de San Francisco de Monterrei hoy tan solo, y apenas, queda en la memoria a través de algún dato documental que lleva a reconocerlo como uno de los tres – los otros dos eran de mercedarios (1484) y jesuitas (1555)- , y el más antiguo de los que existió en lo que fue aquella villa de realengo, asentada en el solar de un antiguo castro, nacida, hacia 1266, cuando era rey Alfonso X el Sabio. Pues bien, hasta aquí llegaron los frailes mediante una fundación que ha de datarse entre 1290 y 1302, año en el que hay constancia de su existencia al aludirse, en un testamento, “a os frades menores de Monte Rey…”.

Pasado un tiempo desde su asentamiento, en 1323 se solicita su cambio de ubicación – concretamente a Viana do Bolo-, aludiendo a que el lugar en el que se hallaba era insalubre y morían muchos frailes. Lo cierto es que se localizará hacia el lado noroccidental del recinto amurallado, en un espacio que, al hacerse una nueva defensa- en el contexto de 1640, en guerra con Portugal-, que asume un mayor perímetro, queda integrado en el conjunto fortificado, aún cuando, en la documentación anterior, se dice de éstá “extramuros de la villa de Monterrey”.

En su historia se distingue una etapa claustral, o conventual, que dura hasta que, en 1567, momento en el que asumen la Observancia, tiempo en el que, según se dice en el siglo XVIII, fue “…Casa de Noviciado, y de Artes algunos años y es uno de los medianos y bien socorridos de la Provincia por la suma devoción a nuestro santo hábito, y por tener un paysano tan ilustre como San Francisco Blanco, a devoción de los Señores Condes de Monte Rey, Patrono de estos Estados”.

Desde lo que se desprende de diferentes documentos, alusivos al culto en su iglesia, cabe citar, en ella, la presencia de las devociones a Santa Catalina, (antes de 1436), San Juan Evangelista y Nuestra Señora de la Concepción (antes de 1596), El Buen Jesús (fundada en 1596), Nuestra Señora del Rosario (antes de 1599), el Buen Suceso (fundado en 1631), y San Antonio de Padua (antes de 1666).

Por un información de 1823, se sabe que este convento“…se halla del todo arruinado, pues solo se conserva un tramo cubierto, pero casi todo sin teja, en lo demás no se distinguen sino sus paredes casi del todo arruinadas, no se encuentran en el sitio tres puertas viejas , que la una con llave es la que da la entrada y sirve de portería “.

¿En donde estaban, pues, en este momento los franciscanos de Monterrei? Tras la extinción de la orden de los jesuitas en España, en 1767, y por merced real, el sitio de lo que había sido convento de la Compañía les iba a ser concedido a los franciscanos quienes tenían, también, una tradición aquí en el ámbito de la enseñanza y que ahora iban a mantener, en la medida de sus posibilidades, en este espacio que asumen ya que, además de estudios, en su noviciado, Filosofía ( a partir de 1647) y de Gramática (al menos constatados a partir de 1825), funcionaron como colegio de seglares, en una fecha imprecisa que abarca, al menos, entre 1734 y 1749.

Se ubicaba este anterior recinto jesuita justo en el lado opuesto al que, hasta ese momento ocupaban los franciscanos, en un sitio conocido como “Penedo Blanco”. Y también este asentamiento de los jesuitas iba a quedar, en el XVII, integrado en el conjunto defensivo por entonces levantado. Sobre su iglesia, en 1778, en un informe del Ayuntamiento de Monterrei al Consejo Real, se dice que es “… es de la mejor y más espaciosa fábrica de esta Provincia …”; tenía capilla mayor y siete altares laterales”.

El inventario que se hace, por parte de los delegados de la desamortización, en 1835, testimonia como aquella iglesia, antes jesuita, se había adaptado al mundo devocional franciscano. Así, en su altar mayor, había imágenes de una Concepción con una corona de plata… Santa Rosa (seguramente, de Viterbo), San Bernardino de Sena, San Francisco con un crucifijo, San Buenaventura, un crucifijo de cuerpo, San Francisco Blanco, un niño Jesús… y, además, un San Ignacio, recordando los tiempos de la Compañía, “… todos de palo y construcción antigua”.

Contar como segundo altar el de la Purísima Concepción, patrona de los franciscanos. También tenía altar propio San Francisco, al que acompañaba, en este caso, dos devociones propias de la Orden: Benito de Palermo y Sebastián Aparicio, natural de A Gudiña y reconocido como beato desde 1789, con particular culto en estas tierras aurienses. Así mismo había aquí altares a San Antonio de Padua, el Sagrado Corazón de Jesús, San José…, habituales en los templos franciscanos. Se cita, igualmente, un altar de San Francisco Javier que rememora, en cambio, la época en que estaban aquí los jesuitas.

Entre los bienes que los franciscanos heredaron, en lo que concierne a la imaginería presente en su iglesia, cabe una cita particular el denominado Cristo de las Batallas – hoy, en la iglesia de Santa María a Maior de Verín- cuya llegada a Monterrei ha de ser en los años anteriores a 1665, en que se alude ya a “… la Capilla del Santo Cristo que está al lado derecho del Evangelio”. Esa denominación – Cristo de las Batallas- se venera también en templos de Ávila, Salamanca, Cáceres, Santiago de Alcántara.. Tendrá que ver, en este caso, con el clima belicoso que se vivía en estas tierras de Monterrei, con los portugueses, cuando llega, precisamente, esta imagen? Estamos ante una obra que, además, hace suponer, por su entidad, que haya sido donada por alguien ciertamente poderoso

¿Sería éste el VI Conde de Monterrei, Manuel de Azebedo y Zuñiga (1586-1653)? Este noble, gran mecenas y coleccionista de arte, había sido en 1640 Teniente General de los ejércitos, en la revuelta de Portugal, conocida como la Guerra de Restauración portuguesa, cargo que se le retiró al año siguiente. Cabe recordar, además, que fue este personaje, patrono in solidum de este colegio de Monterrei, enviado por Felipe IV como embajador extraordinario, en 1622, para asistir a la canonización de San Ignacio y San Francisco Javier y que, en 1623, había firmado un convenio con los jesuitas que beneficiaba la economía de esta casa.

Pues bien el papel del VI Conde - el último que es miembro de la Casa de Monterrei en línea directa - en la guerra con los portugueses, así como su relación con los jesuitas; y el que Monterrei sea un territorio colindante con el territorio con el que se combata puede, quizás, justificar el título que se le otorga a este Cristo, de autor desconocido, del tiempo del que aquí se trata, y de indudable mérito.

Se ha relacionado este Cristo de las Batallas tanto con el arte de
Gregorio Fernández como con el de Montañés. Evidentemente responde, aproximadamente, al tiempo de éstos pero, a nuestro modo de ver, quizás fuese más idóneo, como taller en el que ha de localizarse, su realización en alguno de los mejores del Madrid de hacia 1640; así bien, desde el de Manuel Pereirak o el de Juan Sánchez Barba, se podría atender a un encargo, quizás, como antes se decía, realizado por un noble tan egregio de la Corte como era el VI Conde de Monterrei.

Todavía en 1960, al tratar sobre lo que fue la fábrica original de los franciscanos en Monterrei, se nos dice, por parte de Taboada Chivite, que “Quedan unos muros derruidos y un trozo de abovedado. La mayor parte de su piedra fue empleada para embaldosar las caller de Verín, empedrar aceras, arreglar la iglesia de Verín y el atrio de Monterrey, construir un dique para encauzar el Támega, etc.”. Ante la reclamación de quien había adquirido tal propiedad, allá por 1851 – Benito Diéguez Amoeiro-, se le reconoció a este algo de lo que, en aquel momento, quedaba en pie. De todo ello hoy nada permanece allí.

No corrió mejor suerte la casa de los jesuitas, utilizada por los franciscanos. Aún en 1960 el mismo Taboada Chivite alude a sus “muros semiderruídos… Muy pobre es la fábrica de este destartalado caserón”. Poco después Rivera Vázquez describe como sus “... piedras fueron aprovechadas para cimentar un parador de turismo construido en el solar e inaugurado el año 1965, sin la menor alusión al vínculo histórico allí existente”.

La Orden Tercera tuvo, también, en ese ayer franciscano de Monterrei, una presencia. Su origen se ha datado hacia 1700 y debió de perdurar en tanto los frailes tuvieron aquí convento ya que era la iglesia de éstos el lugar de culto que utilizaron.

O BON XESÚS DE TRANDEIRAS (XINZO DE LIMIA)

Su fundación se vincula a una supuesta aparición de la Virgen María a un tal Juan Folgoso en 1520, lo que lleva a levantar, entonces, en tal lugar, una capilla, según se relata en el XVIII, “…dedicada a Maria Santíssima, a la qual concurría mucha gente en romería, y a ofrecer sus dádivas”. El apoyo de don Alonso de Piña (Toledo, 1455- Xunqueira de Ambía, 1544) - que, entre otros cargos, ostentaba el de Prior de Xunqueria de Ambia, del que era administrador perpetuo, además de ser Chantre de la Catedral- , y, también, la buena disposición del III Conde de Monterrei, Alonso de Zúñiga y Acevedo Fonseca (1495-1559), posibilitaron la obra de la iglesia y convento contándose, además, en su territorio d, con una ermita dedicada a Santa Catalina.

Fue el propio Chantre quien “… hizo señalar e hincar, estacar y trazar la iglesia en forma que fuese a caer la capilla allí donde se había visto la aparición”. Con la obra, empezó a crecer la devoción. Y cuando la construcción estaba ya en marcha el propio Alonso de Piña decidió que se le dedicase al Buen Jesús, en virtud de que “… en el monte hallaron una imagen del Niño Jesús, y de que los portugueses, que venían en romería, preguntaban “… por la nueva iglesia del Buen Jesús”.

Quien levantaba aquel templo era Bartolomé Nosendo, muy probablemente portugués, reconocido como “… buen maestro de cantería que había hecho y acabado la sacristía de este monasterio (Xunqueira de Ambía) y otras obras y estaba haciendo la iglesia de Sandianes…”. Con este momento de obra ha de ponerse en relación, pues, no solo la iglesia – en aquello que le es propio de esos años del XVI: fachada, arco rebajado que sostiene el coro, presbiterio y parte del cierre de la nave; concretamente, en el lado de la epístola, puede verse, tapiada y por su parte exterior, una puerta de este mismo tiempo. También pertenece a ese momento el claustro, con sus arcos conopiales, inmediato al templo.

A la muerte de Alonso de Piña, en 1544, las obras no se habían acabado. También con su mecenazgo ha de relacionarse lo que fue su primera imaginería, tanto en la iglesia como en la ermita próxima. Cornielles de Holanda , escultor muy próximo al Chantre, debió de estar involucrado en tal labor; concretamente una Santa Catalina, hecha para la ermita, que, con el tiempo, llegó a formar parte del repertorio devocional de la iglesia, fue robada en 1988 y cabe entenderla como testimonio plástico de aquel momento inicial.

Ya hacia los años finales del siglo XVI se va a añadir a la iglesia una capilla, a la que se accede desde el presbiterio y que se dispone en el lado del evangelio. Esta dedicada a la Concepción y tiene en su pared del lado del evangelio un arcosolio que ampara la tumba de su fundador, algo que se recoge en el siguiente epígrafe “ESTE ENTERRAMIENTO Y CAPILLA ES DEL LICENCIADO DON ENRIQUE DE NOVOA Y DE SUS HEREDEROS. AÑO 1600”. Puede verse, también aquí, el escudo pintado, alusivo a este personaje, dispuesto sobre su tumba.

Se documenta, por otra parte, en 1668 que “… un horroroso incendio devoró el convento… sin haber perdonado el fuego la iglesia, ni quedado una sola celda en donde los religiosos pudieran recogerse”. Ello obligará a la reedificación. Entonces, para liberar al templo de penurias como las acaecidas, se plantea toda su cubierta abovedada, lo que conlleva levantar potentes contrafuertes. Tal obra debió de llevarse de forma lenta ya que hay constancia, por 1698, de que, entonces, se recogían limosnas para las obras.

Ha de ser ya a principios del XVIII cuando se inicie la construcción de los retablos que guarda hoy el templo. Los más antiguos, estructurados por columnas salomónicas, son los que presenten, en el crucero, como temas principales, al Ecce Homo en el lado de la epístola – tapiando una puerta que enlazaba con el claustro- y la Virgen en tránsito, enfrente; se nos muestra a María, como es habitual en esta escena, sobre el lecho pero sin tapar, con sus manos en posición orante y teniendo, como fondo, una pintura que nos muestra los cielos abiertos y los ángeles dispuestos a transportarla hacia lo más alto. Por eso cabe pensar que, originariamente, la hornacina que se presenta encima habría de estar dedicada a una devoción, también, mariana; quizás, la Asunción, tema que continúa al visto, a integrar en el contexto de la Dormición de la Virgen. En el caso del Ecce Homo se mantiene el tipo de representación sedente que es tan habitual en el franciscanismo, fundamentalmente en aquellos altares que tienen que ver con la Orden Tercera.

Hay, también partidas, que aluden a obras de cantería, tanto en la iglesia como en la enfermería en 1784, siguiendo el quehacer en el templo hasta 1787. A continuación hay constancia, concretamente entre 1789 y 1790, de que se pagan jornales a los escultores; se está, en ese momento, concluyendo la obra del retablo mayor, que se hace primero, y de los colaterales; todo ello, pues ha de considerarse realizado entre 1785-1790 conjugando formas que tienen que ver, en aspectos puntuales con el neoclasicismo pero que, también, cabe relacionar, en parte de su forma con el gusto rococó. El que por 1790 se esté dorando la custodia parece indicar que estas obras de los retablos se están concluyendo; la documentación cita, en ese año, a un tal Don Domingo que González García pone en relación con Domingo Colmenero, quien trabaja por entonces por las tierras de A Limia

El retablo mayor presenta, en su calle central, sobre el sagrario, al patrono del templo, el Buen Jesús, mostrado como un niño – es ésta una imagen de tiempo posterior-, y, más arriba, a una representación de “Maria Santíssima”, la primera devoción a la que se pensó en dedicar este lugar, en virtud de las citadas apariciones. En tanto, en las calles laterales, siguiendo una formulación común, se representan a los fundadores de las ordenes mendicantes; en este caso, Santo Domingo, en el lado del evangelio y San Francisco, en la otra parte.

Los retablos colaterales responden a formatos similares, disponen sus sagrarios encajados en un basamento pétreo, de buena altura, para, de este modo, alzar la obra buscando un nivel superior, en consonancia con el retablo mayor. Hay que tener en cuenta que, para acceder al presbiterio, ha de subirse una escalera ya que el templo se encuentra en una pendiente, que asume su enlosado en su totalidad, y que se acrecienta en la cabecera, fijada, como se ha dicho, por el lugar de la aparición mariana.

El colateral del lado de la epístola presenta como devoción principal la de la Asunción. Está acompañada de San Benito de Palermo y de Santa Rosa de Viterbo, cultos muy propios de la orden franciscana. Arriba se muestra una imagen de la Virgen, tal como se la suele representar al pie de la Cruz. En ese mismo lugar, en el otro retablo, que cuenta como devoción principal a San Antonio, se nos muestra a San Juan evangelista, también habitual, con María, en el Calvario. En este caso acompañan a Antonio de Padua dos santos franciscanos; el que está a su derecha es Diego de Alcalá. El otro, orante, bien puede ser alguno de los santos franciscanos de estas tierras aurienses; el que se diese culto en el cercano convento de Monterrei a Sebastián Aparicio nos lleva pensar que pudo ser él quien aquí se muestra también aquí, aunque también bien pudiera ser Francisco Blanco.

Hay constancia de que en 1809 las tropas francesas hicieron aquí grandes destrozos. En 1813 un nuevo incendio destroza dormitorio, además de la cocina y claustro. Ya con la exclaustración los frailes han de dejar el convento que queda en la ruina. La iglesia, que pertenece a la parroquia de San Pedro de Pena, mantiene en lo fundamental su ser.

BIBLIOGRAFÍA

Taboada Chivite, X., 'Los tres conventos de Monterrey', Boletín de la Comisión Provincial de Monumentos Históricos y Artísticos de Ourense, 17 (1951), pp- 245-262.

Leza Tello, P., 'Apuntes para la historia de San Francisco de Monterrei', Diversarum rerum, 7 (2012), pp. 109-1669.

Conde-Valvís, F., 'El Convento del Buen Xesús de la Limia', Cuadernos de Estudios Gallegos, 53 (1962), pp. 358-373.

González García, M. A., 'Trandeiras, un convento franciscano para A Limia. Historia y Arte (Breves apuntes)', en Pérez Losada, F. (Ed.), Hidacio da Limia e o seu tempo. A Gallaecia sueva. A Limia na época medieval, Xinzo de Limia, Ourense, Concello, 2014, pp. 315-336.
http://www.turgalicia.es/fotos/IMAGENES/FLASH/ARQUITECTURARELIGIOSANP/vr_38_bonxesusdetrandeirasxinzo/index.html

30 nov 2014 / 00:00
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