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apuntes

El museo de la realidad

    un muse, del latín museum “lugar consagrado a las musas”, es un lugar en el que conservan, estudian y exponen colecciones de objetos o curiosidades artísticas, científicas, etc.

    El museo podría ser algo así como el abecedario o la sustancia de lo pretérito, no siempre dulce, sí aleccionador, como un resumen de anteriores evidencias, más o menos asumibles por el ser racional.

    En contraposición con lo fantástico e ilusorio, la realidad, es la verdad, lo que ocurre de manera efectiva y tiene valor práctico. Existe una adjetivada como virtual, consensuada en la Real Academia como “representación de escenas o imágenes de objetos producida por un sistema informático, que da la sensación de su existencia real”.

    La diferencia sustancial entre las colecciones guardadas en galerías y lo que sucede es el tiempo: encapsulado en las colecciones, como depositado en ellas, lento y reflexivo; rotundo, apresurado, casi inasumible en el mundo global, el de esas máquinas capaces de abismarnos en mundos imaginables pero inexistentes. Lo actual, lo que mezcla todo. El tiempo, como dijo un poeta, es eso que va en nosotros y que nos lleva. Él lo decía de Galicia.

    La actualidad se muestra sin orden ni concierto. A veces se nos augura con la intencionalidad o la imposición de los que ostentan un poder y que tratan de presentarnos su acción como algo que nos propiciará en lo inmediato un mayor bienestar, que normalmente no llega. Lo cierto es que alcanzamos cotas surrealistas, abstractas, inabordables para el común y que con asiduidad suponen la exclusión del sujeto y de la verdad. Nos instalan en la salvación individual, con nuestro entorno social, y en ella hemos de saber vivir cada día, resolverlo con la mayor capacidad de disfrute, conscientes de que todo puede acabar en el museo sin pasar por la Historia, esta, como la riqueza, está reservada a unos pocos privilegiados. Esos son los que la disfrutan y los que la escriben a su antojo.

    Los que conformamos la masa, los consumidores, participamos de la demanda impuesta, del espectáculo. Esperamos ante las taquillas, pagamos entradas, desfilamos ante las obras, nos fotografiamos con ellas, nos incorporamos a las estadísticas de visitantes y adquirimos recuerdos. Muchos son los que acudimos a las exposiciones a buscar solo lo reconocible. Esa es la evidencia de lo que acontece en general. Si lo piensan, bastaría cambiar al ser espectador por el social o por el votante y la clasificación de comportamientos sería similar. El marketing nos lleva como nave a la deriva.

    En algunos casos excepcionales el retrato que acabo de esbozar puede ser injusto. En lo personal, creo que el sustrato es más positivo. En lo sustantivo, hay quienes gozan de cultura, se detienen ante las piezas, poseen información de la época en la que fueron realizadas, las contextualizan, y obtienen un conocimiento enriquecedor que propicia la reflexión adecuada, lo que ha de enaltecer sus días.

    El espectador no tiene que ser un mero turista o excursionista deseoso de hacerse un selfie apresurado con una menina, con una gioconda o sentirse participante de un jardín de delicias durante veinte segundos. Lo sustantivo es que se encuentre y se sorprenda con lo que no conocen y que aprenda algo nuevo.

    Los museos o los teatros no son un timo de la cultura. El arte, expresado como escultura, pintura, música, etc., ha de emocionar, no como marca sino como experiencia elevada que, sin ser excluyente, solo puede provenir de la educación -de ello he hablado con un gran formador, Luis Peleteiro-. Los centros culturales han contribuido de manera decisiva a formar a los ciudadanos en la utilidad de la creación genial como bien común, propiciando al avance y el progreso del bienestar general, como flecha anunciadora y musa social. El arte en sí no es un espectáculo, es difícil de aprehender pero no imposible. En una de sus extraordinarias citas, Alberto Manguel, en la obra “En el bosque del espejo. Ensayos sobre las palabras y el mundo”, nos recuerda que “el primer museo universitario -el primero concebido con el fin de estudiar un grupo específico de objetos- fue el Ashmolean Museum de Oxford, fundado en 1683. El núcleo lo constituía una colección de maravillas acumuladas en el siglo anterior por dos John Tradescant, padre e hijo, y enviadas de Londres a Oxford en barcaza. Entre los tesoros había:

    Una Túnica Babilónica.
    -Diversas especies de Huevos
    de Turquía; uno de ellos teni-
    do por huevo de dragón.
    -Huevos de Pascua de los Patriarcas de Jerusalén.
    -Dos plumas de la cola del Fénix.
    -La garra del Ave Roc; la cual, como refieren ciertos autores, puede asir un elefante.
    -Un dodar, de la isla Mauricio, que a causa de su gran tamaño no puede alzar vuelo.
    -Cabezas de liebre, con toscos cuernos de tres pulgadas de largo.
    -Peces sapo, y uno con púas.
    -Cosas diversas talladas en granates.
    -Una Bolo de Bronce para entibiar las manos de las Monjas”.

    Sólo con esos objetos se podrían escribir mil ensayos sobre la humanidad.

    En tiempo de viajes, el arte se nos ha propuesto como destino, al igual que la arquitectura, el museo, los paisajes; como lugar al que ir, formulado intencionalmente para que la gente acuda en masa, a verlo en directo, a coleccionarlo, a fotografiarlo, quizás a disfrutarlo. Tampoco está mal, siempre en dosis adecuadas.

    Vivimos tiempos de curiosidad, coleccionamos instantes, dilapidamos el tiempo, reflexionamos poco y, mejor o peor, disfrutamos de lo que el pasado nos muestra en los grandes colecciones. El riesgo es que ante tantas distracciones y prisas, ante la exigencia de tantas experiencias inmediatas y erudiciones vacuas, quizás no nos percatemos de que con nuestra participación podemos contribuir a crear un momento que pasará a los museos de Historia o a las enciclopedias en red como uno de los peores para la cultura de cuantos ha vivido la humanidad, en tiempos de las generaciones mejor formadas. He ahí la paradoja.

    De nosotros depende disfrutar nuestro ahora, la oportunidad existe pero una actitud positiva, exigente y participativa será imprescindible para logarlo.

    22 dic 2019 / 00:00
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