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¿Cómo queremos el gallego?

    Hay que felicitar a los convocantes de la manifestación por dos cosas: la nutrida concurrencia que lograron y la forma en la que han conseguido ocultar las necesarias precisiones. Gracias a ambas circunstancias, y salvando las diferencias en el atuendo, la marcha tenía muchas similitudes con las que se celebraron en la lejana transición, por idéntico motivo.

    Un observador que se hubiese echado una siesta de treinta años pensaría, viendo y oyendo a los manifestantes del domingo, que en esta Galicia del 2009 el gallego sigue proscrito en la Administración, en la enseñanza y en la vida social. Creería que unos lejanos gobernantes de Madrid ignoran nuestra realidad, sometiendo a la población a una atroz opresión idiomática. Supondría, en fin, que la protesta refleja un sentir mayoritario de los gallegos.

    Se equivocaría. La consideración legal del gallego lo equipara al castellano, y la política lingüística que se aplica en cada momento es la que dictan los electores en las urnas. Deducir que hay una mayoría social incómoda con lo que está pasando, en base al numero de manifestantes, es como confundir el espejismo con el oasis.

    Ni los resultados electorales, ni los que salieron de la encuesta a los padres, permiten afirmar que en las calles estaba Galicia. Tan solo una parte respetable, que merece ser escuchada para formar el necesario consenso sobre la normalización del idioma. Pero para que ese consenso sea posible, los convocantes de la marcha debieran aclarar algún detalle que seguramente se obvió para atraer a más gente a la exitosa demostración, ministro de Justicia incluido.

    Todos queremos gallego, pero ¿cómo lo queremos? ¿Estableciendo por ejemplo una progresiva inmersión lingüística, tal y como denunció el Consello Consultivo en su dictamen sobre el anterior decreto sobre el uso del gallego en la enseñanza? Hace treinta años, con toda la normalización pendiente, podía ser suficiente con querer al gallego, pero a estas alturas es obligado precisar. Hay amores que matan.

    Lo cual nos lleva a otro aspecto relevante de la movilización, que se refiere a las causas del fracaso parcial de la normalización. Atribuirle a un Gobierno que lleva medio año la precaria situación del idioma no parece demasiado ecuánime. Sobre todo cuando los agitadores que profieren esas acusaciones llevan mucho más tiempo empeñados en hacer del idioma un antipático instrumento de intolerancia social.

    El pecado de esta Xunta consiste en proponerle al electorado un programa lingüístico sin tapujos, y aplicarlo una vez obtenida la aprobación popular. Aunque los denuestos de algunos oradores se dirigieron al presidente y sus conselleiros, deberían haber señalado a los miles de gallegos que los pusieron donde están ahora, para hacer lo que están haciendo.

    A ese hipotético gallego dormilón que sesteó durante treinta años habría que aclararle, además, que las siglas partidarias que participaron en la manifestación tuvieron también la oportunidad de ofertarle al pueblo soberano sus propuestas en materia idiomática, sin lograr el resultado apetecido. Así pues, todo lo que sucede es culpa de un sistema que llamamos democracia.

    En definitiva, no es apropiado considerar que sólo quieren gallego los que fueron a la protesta. Por fortuna para el idioma, sus amantes son más numerosos y se extienden por todas las siglas. Ocurre que hay diferentes formas de quererlo, con imposición o en libertad. He ahí la clave.

    CLRODRIGUEZ@ELCORREOGALLEGO.ES

    20 oct 2009 / 02:16
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