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Quienes tiraban la primera piedra

    EN la reacción de Podemos a las acusaciones que le dirige un abogado al que despidió la organización, hay una mezcla de vieja y nueva política. Del antiguo testamento se utiliza el argumento de que cualquier denuncia de este tipo es consecuencia del despecho. Se ha leído y oído tantas veces que hasta da reparo recordar que se trata de convencer al público de que los denunciantes son los auténticos corruptos. Siempre se nos dice que habían sido gente de confianza y fiel, hasta que la avaricia o cualquier otro de los pecados capitales hizo que traicionaran a la organización. El guion se repite en Filesa o la Gürtel por citar sólo dos casos dignos de convertirse en serie de Netflix.

    De acuerdo con la doctrina establecida por el populismo y vigente hasta ahora, el denunciante merecía todo el crédito y los denunciados ninguno. Haciendo de cada uno de estos asuntos una reedición de David y Goliat, quien acusaba era un héroe que se enfrentaba con audacia a la poderosa maquinaria de un partido en desigual combate, y esto fue así mientras la poderosa maquinaria no fue la de Podemos. Ahora que lo es, David es alguien mezquino al que se cuelga un rentable sambenito.

    Por lo tanto hay una parte de vieja política en las reacciones del partido morado contra el abogado que destapa irregularidades, y otra que pertenece al nuevo testamento. La fórmula para desacreditar al exasesor es acusarlo de algo que tiene una cotización excelente en el mercado informativo, como es el acoso sexual. Los dirigentes de Podemos lo emplean con el mismo desparpajo con que el viejo estalinismo usaba el desviacionismo, el revisionismo y otras palabras de su neolengua, para desacreditar a los críticos.

    Dicho lo cual habría que advertir que el hecho de estar acusado por acosar sexualmente a alguien, no invalida los datos que se aporten en relación con las cuentas del partido, o el manejo de información sobre sus militantes. De no ser así, todos los partidos puestos en tela de juicio podrían repetir la jugada, denunciar como acosador al Bárcenas de turno y lavarse las manos. En todo caso la reacción de Podemos revela un toque de modernidad digno de ser apreciado. En su versión peculiar del feminismo, el acoso sexual también sirve de recurso para restar credibilidad a un testimonio adverso.

    Hablábamos de organización aunque un rasgo característico de las formaciones radicales es evolucionar desde una organización abierta a otra donde impera un núcleo dirigente, para acabar en un clan casi familiar que maneja todos los resortes y no tiene otra ideología que el poder. Podemos ya ha llegado a esta fase, y una vez situados aquí la intransigencia que antes se tenía ante la corrupción, ahora se traslada contra los que la denuncian. No deja de tener su gracia que el leitmotiv de todo lo que está pasando en el país haya sido la corrupción, y sin embargo ni los ERE ni esto último del partido morado tengan el mismo efecto. Si alguien se quejó algún día de la doble moral ahora la tiene triple o cuádruple, de invierno o de verano, pública o doméstica. Por volver al nuevo testamento, ya nadie puede tirar la primera piedra.

    Periodista

    06 dic 2019 / 00:00
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