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LOS REYES DEL MANDO

Reencontrarse

    EL debate sobre el mundo que viene continúa. Es uno de los debates más activos en las redes y pronto lo será, con suerte, en las conversaciones verdaderas. Ayer dijimos que algunos programas televisivos también lo abordan. No es para menos, porque, comprendida la emergencia del presente, entendida la alarma, es el futuro posible lo que se abre a los vaticinios, aunque, también es cierto, quizás ninguno de nosotros, ni los más avezados especialistas en los movimientos sociales, sea capaz de aventurar qué será de nosotros cuando todo esto acabe.

    Como decíamos ayer, cabe la posibilidad de que el mundo se haga más sólido, más estable, que la ciencia y el conocimiento se impongan sobre la superchería, el fanatismo y la manipulación. No creo que se deban sacar conclusiones de tinte moralista de asuntos así: el castigo de la naturaleza, la venganza ante la soberbia galopante de este individualismo contemporáneo, y la posibilidad de que el sufrimiento nos transforme y nos abra los ojos. Pero, indiscutiblemente, si no más adultos, como también escribimos aquí, quizás la pandemia nos haga más humildes y menos egocéntricos. No sería un triunfo pequeño.

    La pandemia nos iguala en cuanto a fragilidad, es decir, nos iguala con el rasero indiscutible del humanismo. La hermandad de la batalla nos hace más iguales, pero también subraya el carácter colectivo del éxito, cuando llegue, y el carácter comunitario de la existencia, la compasión, la dignidad, la ayuda mutua, frente a esa exaltación de las diferencias y las superioridades nocivas, que tanto se han extendido en lo que va de siglo. Como decía ayer Steven Pinker, en entrevista con Gonzalo Suárez, y otros muchos han apuntado, es posible que la revitalización de la ciencia y el conocimiento termine con la verborrea ruidosa del presente, con la manipulación propagandística del brutalismo político, y con el regreso del prestigio de los expertos, tan denostados por la superficialidad contemporánea, aupada a base de mensajes para incautos que pretenden controlar a la masa mediante el uso de un maniqueísmo de parvulario y el desprecio por los matices.

    Deberíamos reencontrarnos, al otro lado del túnel, en la batalla contra lo inane, contra el individualismo que daña los afectos y la solidaridad. Pero ¿y si ocurre lo contrario? ¿Y si esta angustia, esta alarma, nos lleva a un mundo progresivamente domesticado, aún más manipulado y controlado? ¿Y si salimos debilitados, dispuestos a sucumbir ante la pérdida de libertades en favor de las promesas de absoluta seguridad? ¿Qué pasaría si el miedo a los otros se acentuara, y algunos se aprovechasen de ello, si la vulnerabilidad deviniera en más desconfianza, si se ahondase en las desigualdades, si se domesticara la cultura, si a resultas de este gran impacto nos hiciéramos más crédulos, presos de la fascinación o de los fanatismos, como alivio rápido ante tanto sentimiento de pérdida?

    De nosotros depende, decía José María Guirao: la voluntad humana debe determinar qué va a ocurrir. En esa conversación televisiva que Gabilondo mantuvo con algunos intelectuales, de la que ayer hablamos, se escuchaba: del ‘crac’ del 29 salió Hitler, pero también salió Roosevelt. Para pensárselo.

    30 mar 2020 / 00:00
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