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Resistencia galega, el retorno de los nietos de la ira etarra

son seguidOres de una facción muy minoritaria y residual del nacionalismo que en otros tiempos mantuvo contactos con grupos que giraban en la órbita de eta

Hoy, 19 de junio, se cumplen 24 años del más sanguinario atentado que la organización terrorista ETA llevó a cabo en sus cinco décadas de historia. Aquel día, viernes, los centros escolares de Barcelona iniciaban sus vacaciones y muchos de sus alumnos se fueron de compras con sus madres.

Entre los centros que recibieron su alborozada visita estaba Hipercor, donde el comando Barcelona de la banda etarra colocó un potente explosivo en un coche bomba: treinta kilos de amonal y cien litros de gasolina, una mezcla cargada de diabólica vesania que los etarras depositaron en el maletero de un Ford Sierra robado horas antes.

Fue una masacre pavorosa: murieron 21 personas, entre ellas varios niños y niñas de corta edad. Otras 45 sufrieron heridas, algunas muy graves. El impacto de aquella masacre fue de tal dimensión que el mundo del independentismo radical ya no volvería a ser el mismo sobre el laberinto español. De hecho, borró del mapa las tentaciones de Terra Lliure para seguir avanzando en la arquitectura de un grupo armado que aspiraba a emular a ETA en Catalunya.

 


TIEMPO DE DISIDENCIA Y RUPTURA. En el interior de la banda etarra se produjeron debates y disidencias que culminaron en una nueva escisión, la más numerosa de su historia. En Galicia, sin embargo, continuaron adelante los planes de formación de un grupo armado que se autodenominaba Exército Guerrilheiro do Povo Galego Ceibe, en grafía lusista, algunos de cuyos integrantes había participado pocos años atrás como invitados a reuniones de Jarrai, la organización que acogía a los más agresivos jóvenes vascos y que durante mucho tiempo actuó como cantera de reclutamiento de etarras.

En aquel mismo entorno juvenil, mucho antes, se habían formado para la violencia los tres autores del atentado de Hipercor: Rafael Caride Simón, Domingo Troitiño Arranz y Josefa Ernaga. El primero era natural de Vigo y había trabajado como tornero en los astilleros Vulcano. Después se fue a Bilbao, empleado por la empresa Martillos Neumáticos, y allí se enroló en un comando radical que actuaba en la margen izquierda del Nervión. Durante algunos años fue el etarra más veterano de la banda: el abuelo de ETA, le llamaron.

 


LA ESPECIAL BARBARIE DE LOS MAKETOS. Como ocurría con los etarras maketos, el hecho de no ser vascos de pura cepa le llevó a ser más duro e implacable que los terroristas que llevaban en sus venas la sangre de cuatro apellidos con solera euskalduna. La idea de llevar a cabo la masacre de Hipercor fue suya. En cuanto a su compañero de armas en aquella trágica jornada, Domingo Troitiño, era hijo de Ramón Troitiño Losada, un emigrante ferrolano profundamente franquista que al final de la Guerra Civil fue destinado a Venta de Baños (Palencia) y que, tras la contienda, optó por quedarse en tierras de Castilla. Allí se casó y tuvo siete hijos en Tariego del Cerrato, un pueblecito de apenas doscientos vecinos al sur de la capital palentina.

Entre sus vástagos estaba, además de Domingo, su hermano mayor Antonio, que acabaría al mando del Comando Madrid a mediados de la década de los años ochenta.

En 1965, toda la familia se trasladó a un caserío de Bigarren Etxe, en Guipúzcoa, donde comenzó la sanguinaria saga de los dos hermanos que consiguieron batir todos los récords de la banda etarra hasta que fueron detenidos: la Policía les atribuyó hasta 59 asesinatos y el fiscal pidió para ellos miles de años de prisión.

No fueron los únicos gallegos que se enrolaron en aquella saga de terror. Durante más de dos décadas Jarrai realizó la recluta de cachorros y mantuvo contactos con independentistas de Galicia y Catalunya, organizando congresos clandestinos a los que asistían representaciones de las juventudes radicales de numerosos países. De aquel sistema de relaciones nació el Exército Guerrilheiro, una de cuyas acciones llevó al asesinato del guardia civil Benedicto García Ruzo. A partir de ahí, las redadas policiales provocaron su desaparición.

La puesta en escena de Resistencia Galega, ya en la primera década del siglo XXI, constituyó el último intento de reconstruir la fatídica saga del Exército Guerrilheiro a la búsqueda de la memoria de aquel primer comando que, a comienzos de la lejana década de los años setenta, lideró Moncho Reboiras hasta su muerte en un tiroteo con la Policía, en Ferrol (1975).

 


EL PRÓLOGO DEL PRIMER COMANDO. En 1971, Reboiras había logrado establecer los primeros contactos con ETA a través de la Asamblea de Cataluña, cuya constitución se celebró en la ciudad Condal y a la que asistieron enviados de Euskaleherría. Hoy, cuarenta años después, los orígenes del independentismo radical gallego que opta por acciones de violencia hay que buscarlos en la segunda mitad de la década de los noventa, época en la que se forjaron quienes desde la sombra impulsan y promueven sus actividades en la actualidad.

En aquellos años, retomaron los contactos con Jarrai y apareció un efímero Novo Exército Galego, que no logró cuajar pero consiguió mantener encendida la llama con atentados a oficinas bancarias y sedes del PPdeG y del PSOE en varios puntos de Galicia. Incluso intentaron consolidarse mediante su infiltración en las luchas sindicales.

A mediados de 1995, fueron capaces de impulsar una escalada de la tensión que se inició con el espectacular secuestro de un catamarán de pasajeros en la ría de Vigo. En aquella ocasión, varios encapuchados acompañaron a un grupo de trabajadores de los astilleros Ascón: buscaban en el movimiento obrero más radical una justificación a los cócteles molotov que lanzaban contra las sedes de los partidos mayoritarios, pero jamás lo lograron.

En verano de aquel mismo año, quisieron aprovechar la crisis del fletán en Terranova, en medio de una profunda crisis de la flota pesquera gallega, para dotarse de una legitimidad que nunca les llegaría: las centrales sindicales y las organizaciones políticas rechazaron sus métodos una y otra vez.

En el Ministerio del Interior y la delegación del Gobierno central en Galicia, se temía, ya entonces, que aquellas violentas puestas en escena fuesen "el germen de algo mayor y mucho más peligroso".

Ha pasado el tiempo desde entonces y su saga de violencia continúa, ahora bajo el paraguas de una fantasmal Resistencia Galega que aglutina a los ámbitos juveniles más radicales del independentismo, organizados en células que funcionan con autonomía y que no responden a ninguna disciplina partidaria conocida. Su última bomba, esta vez contra la sede del PPdeG en Ordes, ha activado de nuevo todas las alarmas de las fuerzas de seguridad en nuestra tierra.

Jamás han roto sus vinculaciones con los ámbitos cada vez más marginales del entorno etarra, que encuentra en los nietos gallegos de la ira el eco que ya no les devuelve el progresivo rechazo que ahora suscitan en Euskadi en sectores de la sociedad vasca que antaño les apoyaron y jalearon.

18 jun 2011 / 19:58
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