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EL SONIDO DEL SILENCIO

La semilla del diablo

    Como el saber no ocupa lugar, nunca se puede ver reflejado en el currículo. Y es que el currículo consiste sobre todo en rellenar casillas, y, claro, si intentásemos meter en ellas lo que no ocupa ningún lugar nos quedaría todo el formulario en blanco. El currículo es todo lo contrario al conocimiento, porque solo es reflejo de las relaciones de poder, y el poder y el saber, como ya indicó san Agustín, son totalmente contrapuestos. Según ese autor hay dos pasiones, a las que él, como más tarde haría S. Freud, llamó libido, que son los motores de nuestras almas: la pasión por saber y la pasión por dominar.

    La pasión por dominar consiste en el deseo de acaparar riquezas, y sobre todo de ejercer el control de los demás, un arte del que la riqueza es una de sus partes. Al fin y al cabo tener dinero nos permite comprar cosas que otros no pueden tener, y lograr así beneficios, y ya se sabe que para que haya beneficio para uno tiene que haber pérdida para el otro. La pasión por el dinero va en paralelo a la pasión sexual, que consiste básicamente, según S. Agustín, en conseguir que el otro nos desee a nosotros, o lo que es lo mismo, en desear su deseo. Cuando una persona se enamora de otra no le basta con poseerla, ni con hacérselo saber. Lo que esa persona quiere es que la otra persona, a la que ella quiere, también la quiera a ella. Por eso el amor o es un sentimiento recíproco, o no es nada, y por eso el sexo no consentido recíprocamente es solo un aspecto de la violencia.

    Tener, mandar y dominar son los tres aspectos básicos de una de las pasiones de nuestra alma, y S. Agustín hizo un excelente análisis de ellas en sus Confesiones. Cuenta Agustín que cuando era niño en su ciudad de Tagaste, situada en el norte de África, en lo que hoy es Túnez, un día fue con sus amigos a robar unas peras. No fueron a robar peras porque tuviesen hambre sino para darse el gusto de hacer algo prohibido. Y todos los que de niños robamos alguna vez fruta de algún árbol prohibido sabemos que la emoción proviene de la violación de una prohibición. Por eso una vez dijo el filósofo George Lichtenberg que si el agua estuviese prohibida sería riquísima.

    La anécdota de las peras permitió a Agustín explicar lo que sucedió en el Paraíso cuando Eva fue tentada por Satanás. Adán y Eva vivían en un enorme huerto, que es lo que significa la palabra paraíso, en el que había toda clase de frutos a su alcance. Para que se comprenda el asunto actualmente, sería algo así como vivir en Alcampo. Los dos podían comer de todos los frutos menos de uno, y la verdad es que también tenía que ser una casualidad que fuese ese el que más les iba a gustar.

    No es que a Eva le gustase solo una clase de manzana, naturalmente, sino que Satanás en forma de serpiente le ofreció el fruto de un manzano diciéndole que si lo comía con Adán los dos serían como dioses. Como en el Paraíso no había que hacer la compra, Eva carecía del arte del smart shopping, o compra inteligente, que no es la que se hace con el móvil, sino la que cualquier buena compradora hace en un mercadillo, un supermercado de barrio o en la Plaza de Abastos. ¿Qué le diría nuestra compradora inteligente a Satanás, sobre todo si fuese gallega? "Me ofreces una manzana para convertirme en diosa, pero si tú también quieres ser un dios, ¿por qué no te la comiste tú? No cuela, me estás ofreciendo gato por liebre, para ti la manzana".

    Si Eva cayó en la ten-tación no fue por razones gastronómicas, sino por su deseo de poder, que la llevó a violar la única prohibición que estaba en vigor en el Paraíso. El deseo de Eva dio la salida a la historia de la humanidad y a lo largo de ella saber y poder se mantuvieron en un constante conflicto, sobre todo en las instituciones cuyo fin debería ser ante todo el cultivo del saber por su propio valor.

    Nuestra vida académica está gobernada por Satanás, que nunca se nos aparece cara a cara, y por cientos de diablos, diablesas y diablillos menores, que transitan y vigilan la senda de la pasión del poder, enemiga mortal de la pasión del saber. La pasión del poder consiste en cumplir ritos, recitar fórmulas y desarrollar artimañas que nos permitan dominar a los demás, haciendo que deseen nuestro deseo y así se sometan a nosotros y nos obedezcan.

    Los ángeles de las tinieblas académicas, como todos los diablos, se caracterizan por ser astutos, malvados y muchas veces mezquinos, porque solo quien sea así puede vender su alma a Satanás, para ofrecerla en aras a la pasión de dominar. Las formas en las que ejercen su dominio, como todas las formas del mal, tienen una apariencia agradable y aceptable, pero un interior en el que anida la semilla del Diablo, la semilla que lleva a que se desaten las pasiones y se inicie la lucha de todos contra todos, hasta conseguir que unos se arrodillen ante otros. La pasión por el poder académico, como Satanás, siempre tiene que aparecer bajo una máscara, la máscara del saber. Y es esa máscara la que permite ofrecer una apariencia racional, sistemática y engañosamente neutral a las artimañas que el poder del maligno y sus ángeles de las tinieblas van expandiendo como una plaga a lo largo y ancho del mundo académico.

    Dijo Agustín, al final de sus Confesiones: "no quieras salir afuera, vuélvete hacia ti mismo, porque es en el interior del hombre donde habita la verdad", y esa verdad no era más que la filosofía, eso que hoy nosotros llamamos ciencia. La ciencia tiene sus métodos, sus reglas, sus objetos de estudio y unos valores propios que han de regir la vida de quienes se dedican a ella, como son respetar ante todo la verdad y no ocultar la evidencia, considerar que todo conocimiento es siempre provisional, y tomar el escepticismo como valor supremo. O lo que es lo mismo, anteponer la realidad y la verdad a todo lo que arbitrariamente quiera imponer la autoridad de los ángeles de las tinieblas que rinden culto a la pasión del poder.

    Como los ángeles del cielo, los de las tinieblas académicas tiene sus jerarquías y forman un singular ejército en el que todos combaten de modo disciplinado para conseguir el logro supremo de asfixiar al saber y anular a las personas, para poder así exhibir al fin su vanidad y sus honores y riquezas. Sus jerarquías son las siguientes:

    1. archidiablos, o diablos estrategas, que son los que crean los sistemas de normas, criterios y protocolos a los que todo el mundo ha de someterse para que los gérmenes de la pasión del poder puedan extenderse como epidemia.

    2. diablos custodios, que son los que vigilan a todo el mundo para que cumpla las normas, cubra las casillas y pierda su dignidad al firmar el contrato diabólico de la venta del alma a cambio del poder en todas sus facetas.

    3. diablos ejecutores o gestores, que son los que aplican las normas en cada caso y a cada persona de modo diferente. Lo hacen casi siempre así precisamente porque son ángeles de las tinieblas académicas y no tienen más remedio que seguir su naturaleza siendo unas veces injustos, otras arbitrarios, algunas veces mezquinos, y llegado el caso y si fuese necesario también siendo miserables. Los diablos ejecutores solo tienen almas guiadas por el poder, y por eso desprecian la verdad, manipulan la evidencia, son rígidos en sus formas de hablar y pensar, y son siempre sumisos, llegando incluyo a la abyección ante la autoridad de los archidiablos y de su señor Satanás. Son ellos los que controlan a la masa de los condenados a vivir para siempre en las tinieblas, lejos de la luz de la verdad y agotándose hasta la extenuación en su camino en pos del poder, del control de los deseos de los demás puesto al servicio de su deseo propio. Nunca conseguirán saciar su sed de poder, porque el deseo del poder y del saber siempre serán infinitos.

    Los condenados de la Academia son los nuevos hijos de Eva. Como Eva, nunca tuvieron que ir a la compra y practicar el smart shopping en su día a día. Como Eva confunden la pasión por el poder con lo que tienen delante, y como Eva no son capaces de decirle al Señor de las Tinieblas: "si tu manzana da tanto poder, cómetela tú, neniño".

    (*) El autor es catedrático de Historia Antigua de la Universidade de Santiago de Compostela.

    28 sep 2019 / 22:17
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