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ENRIQUE DANS / Profesor de Innovación en IE Business School y escritor

“La tecnología ha dado lugar a desigualdad y escenarios poco apetecibles”

DIVULGADOR. Es profesor de Innovación en IE Business School desde 1990. Tras licenciarse en Ciencias Biológicas por la USC, cursó un MBA en el Instituto de Empresa, se doctoró en sistemas de información en UCLA y desarrolló estudios posdoctorales en la Harvard Business School.

En su trabajo como investigador, divulgador y asesor, Enrique Dans estudia los efectos de la innovación tecnológica sobre las personas, las empresas y la sociedad en su conjunto. Además de su actividad como docente y ‘senior advisor’ en innovación y transformación digital en IE Business School, Dans desarrolla labores de asesoría en varias ‘startups’ y compañías consolidadas. Desde 2003 escribe a diario en su blog, enriquedans.com, uno de las más populares del mundo sobre innovación en lengua española. Asimismo, es autor del bestseller Todo va a cambiar (Deusto, 2010).

Nuevo libro, Enrique, Viviendo en el futuro (Deusto). ¿Por qué ese título tan premonitorio?

La idea es bastante parecida a la de mi libro original, que es un poco lo que hago yo: explorar, hacer prospectiva no tanto de tipo bola de cristal, sino intentando ver cuáles son los ejes que se mueven. En Viviendo en el futuro juego al truco de ver si somos capaces de construir un futuro y de no pegárnosla.

Imagino que en esto, el cambio climático influye mucho. Pero yo lo que no sé es si los ciudadanos tenemos la capacidad suficiente para comprenderlo o si nos dejamos guiar como borregos por los políticos. Y le pongo un ejemplo muy claro: Madrid Central.

Muy buen ejemplo. A ver... Hay una serie de problemas: la primera cuestión es que el sistema actual en el que vivimos nos ha funcionado muy bien durante mucho tiempo. Si lo piensas, todo lo que ha sido la Revolución Industrial hasta ahora ha conseguido el período de crecimiento más fuerte de la historia de la humanidad -antes éramos todos bajitos, feos, vivíamos poco y teníamos poco dinero-. Y aunque todo eso nos haya generado una sociedad bastante desigual, unos piensan que les ha funcionado de cine y otros, razonablemente bien. Pero pocos están dispuestos a plantearse una acrobacia para cambiarlo.

Y de repente nos damos cuenta de que el sistema que hemos utilizado -particularmente, quemar combustibles fósiles- no es sostenible. Entonces, la primera vez que le dices a alguien: Renuncie usted a su coche, o renuncie a llevarlo a determinados sitios, te mira raro y te dice: "Yo antes tenía derecho a esto y ahora me lo está quitando". Uno reacciona agresivamente. Lo de Madrid Central claramente es un caso de cómo algo que es bueno para todos, y que entendemos si vives en Madrid, se cuestiona porque todos quieren sus libertades. Cada vez que llegamos a casa y nos sacamos la camisa, ves el cuello y te preguntas: ¿yo me duché esta mañana? Y empiezas a pensar: cómo tendré los pulmones...

¿Y de qué modo la tecnología ayuda a afrontar uno de los grandes retos de la humanidad?

Yo creo que la tecnología está a la altura. Es decir, la tenemos. Pero hay mucha que piensa que las energías alternativas -solar y ­eólica- son más caras. Y no es verdad, es la forma más barata de producir energía. Hay muchos que piensan que no dan de sí, que no pueden cubrir toda la demanda. Eso es falso. Realmente, son cuestiones que no dependen de la tecnología, sino de su adopción. Es decir, dependen de nosotros.

En el libro intento hacer una cierta llamada al activismo en ese sentido, que la gente se dé cuenta de que hay cosas que creen que no se pueden hacer y sí son posibles.

Con lo cual, llego a la conclusión de que no se está apostando lo suficiente por las renovables.

No de la manera adecuada, o se cree que se puede priorizar. En Galicia, por ejemplo, se puede hablar de la preocupación que genera el cierre de una central térmica, que implica que toda una comarca se empobrece y pierde su puesto de trabajo..., y la gente protesta, sale a la calle porque no quiere renunciar a su modo de vida. Entonces, cuando tú le preguntas a un político, lo que te dice es que hay que apostar por una descarbonización ordenada. Pero claro, cómo le explicas al político de turno que no tenemos tiempo para eso, porque estamos hablando de un problema que nos puede llevar a vivir en un escenario Mad Max en cuestión de dos o tres décadas.

¿Qué relación tienen los políticos y los tecnólogos? ¿Que un país progrese o no depende ­mucho de si la apuesta que hagan por ellos?

De si apuestan por ellos y si de alguna manera son capaces de entender esos retos. A veces al político le estamos pidiendo algo que no es capaz de comprender. Un político, por supuesto, no tiene que saber de todo, pero debe tener asesores; pero en muchas ocasiones estamos diciéndole que regule cosas que ni siquiera nosotros entendemos o no tenemos claro cómo hay que regular.

¿Por qué tenemos una buena ley de privacidad en Europa? Porque les expresamos claramente que teníamos cada vez más miedo de lo que estábamos viendo todos los días (el hecho de que te interesaras por un hotel en Dublín, visitaras una web y durante dos semanas la publicidad que te salía era de ­hoteles en ese lugar).

¿Qué papel juega España en esta guerra tecnológica?

Yo creo que España puede jugar un papel importante y tenemos una serie de cosas que hemos ido construyendo a lo largo de los años y que está muy bien: la sanidad española tiene fama en todo el mundo.

Uno de los capítulos de mi libro, en los que hablo desde un punto de vista más personal, es el de las arritmias. Tuve la oportunidad de comprobar con mis propios problemas como debería ser la sanidad en el futuro. Soy un privilegiado porque tuve acceso a dispositivos y a cacharritos que me permitían monitorizarme. Si esperamos una salud preventiva, se ahorra sufrimiento y es más barato tratarlas. Y si esperamos a que surja en EE. UU., que es donde se desarrolla la parte de la tecnología necesaria para ello, nos vamos a encontrar con que la salud es de lujo, solo al alcance de personas con un determinado poder adquisitivo.

Ese tipo de soluciones seguramente aparecerán en Singapur, en España, en países con una calidad asistencial.

Amamos la tecnología, pero llegamos a odiarla un poquito cuando falla o cuando nos hartamos de ella. El ser humano parece que juega al ni contigo ni sin ti. Pero porque la utilizamos mal, probablemente, ¿no?

O porque no nos paramos a pensar en más dinámica que la de su uso. Si te fijas, cuando enseñamos a los niños tecnología en el colegio, qué les enseñamos, ¿a usar Word, PowerPoint y Excel? ¿Eso de verdad es utilizar tecnología? No. Eso es ser usuario. Entonces, si tú eres solamente usuario de algo y no lo acabas de comprender o no acabas de reflexionar sobre todo lo que puede producir, te encuentras con dinámicas como la de Facebook. El producto eres tú y esta red social se está haciendo con una cantidad de datos sobre ti..., que permites que venda en pedacitos a todo aquel que quiera hacerte publicidad y que pueda influir en ti. Lo importante en la tecnología es que seamos capaces no solamente de ser usuario, sino de ser un poquito hackers, entendiendo esta palabra como alguien que intenta ver por qué funcionan las cosas.

La tecnología está cambiando nuestro mundo, está claro. Pero aún quedan algunas mentes reticentes a adaptarse a ella, ¿no cree?

Es una cosa relativamente natural, no es que la gente sea más tonta o menos. El miedo al cambio es algo absolutamente fundamental en todas las poblaciones. Pero eso te lleva a que otros sí lo hacen y consigan ser más eficientes que tú, hacer las cosas mejor o que su propuesta de valor para terceros sea más atractiva. Por eso muchas veces no es que funcione mal lo que tenemos. Es que lo bueno es probar las cosas que aparecen para entender qué hay ahí para nosotros. Yo lo que intento es provocar la adicción al cambio.

Hay personas que temen que sus puestos de trabajo desaparezcan con los avances tecnológicos, y no se dan cuenta de que se crearán otros nuevos. Además, apuntas que la automatización puede comenzar por los trabajos aburridos, sucios, indignos o peligrosos. Incluso los directivos parece que podrían ser reemplazados...

Sí, y lo que hay que tener claro es que en el mundo de la tecnología, nunca se desinventa, es decir, que no puedes volver a meter al genio en la lámpara, un sitio pequeñito y muy oscuro. ¿Qué pasa cuando nos damos cuenta de que una fábrica, si la automatizas, en lo que redunda es automáticamente en menores costes, mayor producción y menos errores? Es cierto que podrías plantearte mantener los puestos de trabajo, pero estarías creando una paradoja, estarías generando trabajos basura que en realidad no deberían estar ahí. Yo creo que la sustitución de puestos de trabajo va a ocurrir seguro y, por lo tanto, lo que tenemos que pensar es en qué lado queremos que nos pille.

De todos modos, aún no hemos hablado de la pareja que debe tener la tecnología: la ética.

Totalmente. Hemos pensado que la tecnología simplemente se desarrollaba, la usábamos y ¡mira qué bien! Y lo que nos hemos ido encontrando a lo largo de estos años es que ha dado lugar a mucha más desigualdad o escenarios poco apetecibles. Para mí la gran caída de la venda de los ojos es cuando en las elecciones norteamericanas de 2016 la tecnología jugó un papel tan importante, donde un candidato, digamos, aprende a hackear las redes sociales ya no para hacer que su programa llegue a determinada gente como hizo Obama, sino... voy a evocar los miedos que determinadas personas tienen, y voy a polarizar.

Y es que en redes sociales vale todo. ¿Y por qué? Porque la más importante que conocemos hoy en día la creó un chaval de veinte años en un campus, le fue muy bien, se hizo billonario. Y varios años después, este chico billonario sigue actuando igual, sin que nadie lo haya ­supervisado nunca.

Realmente sigue haciendo lo que le da la gana y sigue teniendo la mayor parte de los derechos de voto de las acciones de ­Facebook. No solamente es que nadie la haya regulado, es que tampoco se ha regulado a sí mismo. Entonces hay que introducir de alguna manera alguna consideración.

10 nov 2019 / 00:00
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