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A SON DE MAR

Verín, símbolo de la Galicia vaciada

    NO HACE muchas fechas, un cualificado alto cargo técnico del Sergas se escandalizaba ante este periodista por la situación de privilegio que la sanidad gallega consentía con la comarca de Lalín, donde mantenía una especialidad médica con atención diaria pese al insignificante número de pacientes, la previsibilidad y no urgencia de dicha patología y el consiguiente despilfarro económico que suponía mantener dicho servicio. Pero, añadía, quién le dice a los lalinenses que le quitamos el servicio, con las presiones políticas por medio.

    A diferencia de lo que ocurría en el Deza, la supresión del servicio de Maternidad en el hospital de Verín, aún con un número de pacientes reducido como en el de Lalín, sí presenta como contrapartida posibles situaciones de riesgo, de urgencia y de impredecible previsibilidad.

    Para Verín, lo asegura el propio presidente de la Xunta, no hay razones políticas y sí, exclusivamente, sanitarias; es decir, de recursos humanos o económicos. Si se trata de aquéllos, se antoja una ofensa a los profesionales y al sentido común aludir a la baja cualificación que representa la impericia por falta de práctica. Si de lo que va es de la ahorro económico, suena igual de provocador al provenir de una administración pública con sobrados servicios y políticas donde ahorrar el dispendio que pueda suponer Verín a poco que se entienda la sanidad como un bien público y principal. La universalidad que acaba de aplicarse a algunos medicamentos que suponen ingentes cuantías para enfermedades de riesgo evitable por parte de los pacientes es un reciente y más escandaloso dispendio de lo público, por citar un reciente ejemplo de demagogia política.

    En todo caso, aún situando el problema en el ámbito estrictamente sanitario, su solución, como se anuncia ahora tras las multitudinarias protestas vecinales, se enmarca en una decisión política. Lo que lleva a pensar que fue un exceso de prepotencia o un fino maquiavelismo los que llevaron a clausurar el servicio por parte de un partido político con unas elecciones en puertas.

    Pero, más allá de si la razón estriba en el exceso de autocomplacencia o en el más diabólico matiz de utilizar una decisión de carácter sanitario como artimaña justificativa de venganzas o triunfos electorales futuros -que así de polivalente puede tornarse lo maquiavélico-, la decisión supone un ataque a la línea de flotación de la coherencia política del PP en relación con la España vaciada. Se constata, al dejar en evidencia que la anunciada preocupación de nuestras autoridades por el problema demográfico lo es a humo de pajas; es decir, desde la proclama hueca, la articulación de leyes que a nada comprometen y la continuación, como ocurre con otras salidas del parlamento gallego, de normas cuyos efectos transversales suponen una afección continuada e insuperable de daños colaterales que coadyuvan a la desertización y abandono de nuestro rural. Porque predicar compromiso con la Galicia vaciada no se compadece con la abundancia de leyes, decretos y decisiones que no hacen sino acelerar su desaparición. Y el paritorio de Verín es el mejor ejemplo de ello. También, del incipiente grado de indignación de un pueblo demasiado casando de poner siempre la otra mejilla.

    jsalgado@telefonica.net

    16 dic 2019 / 00:00
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