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LOS REYES DEL MANDO

Virus: horror al vacío

    YA decíamos el otro día que la epidemia de bulos y noticias inventadas, tuneadas, o delirantemente confusas, es mucho más peligrosa que la propia epidemia del dichoso virus este, que, como todo en los noticiarios, ya empieza a repetirse demasiado. Tenemos querencia al bucle, ya saben. Las noticias se enrocan, como los políticos, la realidad se pone cabezona, se acumulan capas como en una cebolla. Además de esa tendencia tan contemporánea a insistir una y otra vez, sobre todo en lo malo, está el extraño gusto por el apocalipsis. Creí que venía del mundo del arte: la literatura, la pintura, el cine, todos han pintado apocalipsis.

    El personal no parece conformarse, en el mundo actual, con las medias tintas: pongámonos en lo peor, como punto de partida. Creo que decía Cecil B. DeMille (y si Umbral no se levantaba a mirarlo, yo tampoco) que toda buena película ha de empezar por un terremoto, y a partir de ahí, siempre ‘in crescendo’. Esa parece la medida de la información hoy. Nos disgusta que la realidad nos defraude. O que nos desmienta. No dejemos que un buen apocalipsis se vaya al garete.

    Dicho esto, nadie niega la necesidad de informar del virus coronado, pero lo peor de masticar tanta carne es que termine haciendo bola. Veo muchos programas que insisten en el peligro de la alarma creada, pero uno se pregunta si hay algo hoy en día con lo que no se cree una alarma semejante. Es nuestro estado natural: el miedo, la urgencia, la tensión. Y así nos sentimos parte del oleaje global. Veo programas en los que se critica el bulo y el gusto por el apocalipsis, como en las pelis de catástrofe, pero al tiempo son programas en los que se habla del asunto durante muchos minutos o quizás horas, sin que decaiga. Parece un poco contradictorio.

    La pasión periodística por estar en el corazón de la noticia ha derivado en la misma técnica que se utiliza en el periodismo de temporal o de gota fría. El enviado se pone las botas de agua, y aquí se planta en la puerta de urgencias. Afortunadamente muchos lo hacen con naturalidad, con una sonrisa, para demostrar, siquiera visualmente, que corre más la alarma que la epidemia. No obstante, ya se ha puesto en marcha el contador mundial, y, aparentemente, todos los afectados, oficialmente confirmados, pasan a engrosar ese contador, que algunos habrán confundido ya con una apocalíptica cuenta atrás. Se escucha “última hora”, y allá aparece la noticia de alguien contagiado en un nuevo lugar, con esos datos sobre sus últimos viajes y sobre sus últimos contactos. Considerando que vivimos en un mundo rigurosamente vigilado, algunos se preguntan cómo es que el virus se escapa de la tupida red. Nos cuesta aceptar que la seguridad absoluta, que tanto se nos vende, ni existe, ni existirá. Pero sí un estupendo nivel científico, del que sólo nos acordamos, al parecer, cuando vienen mal dadas.

    También es cierto que las especulaciones sobre el origen del brote, incluyendo conspiraciones y guiones casi de película, explican ese mundo complejo y alterado en el que vivimos. Tal vez todo eso forme parte del horror al vacío del ciudadano moderno. No hablar nos parece, finalmente, mucho peor que hablar por hablar.

    27 feb 2020 / 00:00
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