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{ tribuna}

Virus y palabras

    DESDE SEVILLA, y con la oportunidad del confinamiento provocado por la pandemia, me piden unas declaraciones en video para un proyecto que se difundirá por plataformas digitales con el título de In virus veritas. Quiere recoger reflexiones sobre lo que nos está pasando recabadas, entre otras gentes, de sociólogos, economistas, científicos, filósofos, artistas o periodistas (no de políticos). Y de mí esperan lo mismo desde la perspectiva del lenguaje. En esa línea, un amigo al que siempre leo, Carlos Luis Rodríguez, me lanzaba un guante hace unos días.

    La cuestión de las palabras –una a una– en medio de esta hecatombe no tiene ningún interés para mí. Con el nuevo escenario dramático (y no en el sentido teatral de los dos términos) hay que rescatar algunas que podían estar un tanto olvidadas –desde confinamiento a pandemia–, y con ello enriqueceremos nuestro vocabulario activo, que a veces creo percibir que se está empobreciendo en exceso. Y también surgirán neologismos, palabras nuevas generadas por las nuevas realidades. Algunas podrían incluso ser acrónimos, formadas a partir de siglas, como por ejemplo covid. Pero todo ello no representa más que un epifenómeno. En contra de lo que ahora se dice abusivamente, las palabras no crean realidades, sino que es exactamente al revés: la realidad crea las palabras para que la designen.

    Soy de los que piensa que esta pandemia, que sabemos cuándo empezó pero no cuándo terminará, y que creíamos en un principio confinada en China pero ahora está ya en doscientos países de modo que es la primera peste global de la Historia de la Humanidad,va a cambiar muchas cosas. Casi me atrevería a decir que lo va a cambiar todo, en el sentido de que después de ella nada será exactamente igual a como era antes.

    Y es ahí en donde reside, en mi opinión, lo más importante de cara al lenguaje. Me parece detectar ya indicios de que el covid está neutralizando un fenómeno terrible que cada vez parecía que ganaba más espacio, que se extendía rápidamente por contagio (como el virus): la pérdida de significado de las palabras. La palabrería hueca sin referencia clara a la realidad, y sobre todo ausente de ese principio básico de toda comunicación verbal que es la veracidad: la correspondencia entre la palabra y la cosa. Recuperar ese significado trae consigo lo que mi admirado compañero de la Real Academia Antonio Muñoz Molina calificaba en un último artículo “el regreso del conocimiento”. Porque “la realidad nos ha forzado a situarnos en el terreno hasta ahora muy descuidado de los hechos: los hechos que se pueden comprobar y confirmar para no confundirlos con delirios o mentiras”.

    La posverdad, que es una forma de mentira, estaba instalada en el lenguaje de los políticos, que ya no se cortaban un pelo en decir una cosa pensando la contraria, o decir una cosa hoy y otra opuesta mañana. En una de las novelas distópicas más famosas, titulada con una fecha que ya hace mucho que ha pasado: 1984, George Orwell define esto como doublethink, doble pensar: “Saber y no saber, hallarse consciente de lo que es realmente verdad mientras se dicen mentiras cuidadosamente elaboradas, sostener simultáneamente dos opiniones sabiendo que son contradictorias y creer sin embargo en ambas; emplear la lógica contra la lógica”. Según el blog de verificación de datos de The Washington Post, en 466 días del despacho oval el flamante presidente norteamericano profirió 3.000 mentiras, todo un récord: una media de 6,5 afirmaciones diarias que no eran ciertas. En cuanto a Europa o España, el gobernante que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

    Este apocalipsis de la veracidad verbal puede acabar; debe acabar; ojalá que se lo lleve el covid-19. Las palabras van a tener que recuperar en su uso el significado pleno; que ya no se pueda hacer malabarismos falaces con ellas.

    Y también puede que se frene la tendencia al eufemismo y la mentira piadosa o peor intencionada, a esa censura del lenguaje que se llama corrección política. Hace ya treinta años que Robert Hughes, en un libro cuya lectura recomiendo vivamente titulado La cultura de la queja, contaba cómo en 1988 el New England Journal of Medicine exigía a sus colaboradores, cirujanos o forenses, no escribir nunca la palabra “cadáver”, sino sustituirla por la forma compleja “persona no viva”. Con humor concluía Hughes: “Por extensión, un cadáver gordo es una persona no viva de diferente tamaño”.

    Cadáver puede que les resulte a algunos un vocablo sospechoso, porque al ser de género masculino debería ser censurado por machista. El día primero en que el presidente Pedro Sánchez salió en TV anunciando y explicando el estado de alarma dijo que el Gobierno iba a hacer lo posible y lo imposible para proteger a todos los ciudadanos. Y ninguna mujer española entendió que esa protección no iba con ella, porque en nuestra lengua el masculino es género inclusivo, no marcado, en este tipo de enunciados.

    Ojalá no quepan ya más juegos censoriales contra las palabras “fuertes”, porque una realidad dramática, implacable, inmisericorde, reclamará ser denominada por su propio nombre.

    02 abr 2020 / 00:00
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