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tribuna libre

La inquietante noche de los fuegos

UN PROFESOR DE LA USC   | 26.07.2007 
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Hoy, día 25 de Julio de 2007, día grande de Galicia, me encuentro magullado y con el cuerpo dolorido, como consecuencia del vandalismo ejercido por unos pocos exaltados, que se creen con derecho a provocar y amedrentar a la ciudadanía que, pacíficamente, sale a la calle a celebrar la fiesta del Apóstol, la fiesta de todos los gallegos.

¿Que por qué tengo el cuerpo dolorido y, peor aún, el alma apenada? Pues ni más ni menos, queridos lectores, que por haber comprobado en mis propias carnes que con la actuación de algunos grupos de jóvenes cachorros del nacionalismo más cavernario e irracional durante la noche de los fuegos, no avanzaremos en la construcción de una Galicia moderna y respetable más allá de nuestras fronteras, como sería deseable por todos los gallegos.

¿ Cómo vamos a construir un proxecto nacional hexemónico para Galiza con jóvenes que, en la noche del día 25 de Julio, con la cara tapada por una máscara o un pasamontañas -al más puro estilo de ETA-- y con antorchas encendidas en la mano, se dedicaron a meter el miedo en el cuerpo de los ciudadanos que regresaban de la Plaza do Obradoiro de presenciar los fuegos artificiales, por la rúa do Vilar, viéndose obligados a correr y a esconderse en cualquier portal o cafetería, asustados (especialmente muchas mujeres) como en los peores tiempos de la dictadura franquista?

Y no sólo se conformaron con asustar a la gente, sino que, como en mi caso particular, alguno se permitió dar una lección práctica de cómo ejercer la fuerza si algún ciudadano damuestra de disconformidad con su incívico comportamiento. Pues sí, señoras y señores, a mí se me ocurrió abrir la boca para decir que las cosas no se hacen así, que eso sólo lo hacen los niñatos y, claro, no me dio tiempo a decir más, porque se me echaron encima dos fieras enfurecidas, una de ellas de 1,90 metros de estatura, y me dejaron sus sucias huellas en la cara, en el costado y en el codo derecho; el teléfono móvil por el suelo y una mesa de terraza rota por la caída de mi cuerpo. Y mi mujer, histérica, presenciándolo sin poder hacer nada. Tampoco nadie se atrevió a ayudarme.

Quien suscribe acaba de cumplir 60 años y es profesor de la Universidad de Santiago. Y se pregunta: ¿ Qué es lo que hemos hecho mal los padres y los profesores para que algunos de nuestro jóvenes sean tan agresivos que no respeten nada ni a nadie? ¿Cómo se puede llegar a adoptar una medida tan desproporcionada como la de agredir físicamente a una persona de cierta edad, que al ver a su esposa y a otras mujeres realmente aterrorizadas, se atreve a decir que las cosas no se hacen así?

Puede parecer que esta anécdota carece de importancia, porque estamos viendo todos los días cosas similares y aún peores, tanto en nuestro país como más allá de nuestras límites; pero, no nos equivoquemos, porque en actos como éste está el germen de la discordia, y en España ya hemos padecido las consecuencias de ella con una guerra civil, que todos tenemos presente en nuestra historia más reciente.

Si queremos tener un compromiso con Galicia; si se quiere realizar un proyecto nacional gallego (Vid. EL CORREO GALLEGO del día 25 de julio de 2007, pág. 6, Por un proxecto nacional hexemónico para Galiza, por Anxo Quintana, vicepresidente da Xunta de Galicia), comencemos por enseñar a nuestros jóvenes que las naciones y los grandes proyectos no se construyen por la fuerza, sino con el diálogo y la aceptación de las ideas de los que nos rodean; y que está más que comprobado que la falta de respeto hacia los demás sólo conduce a desgracias personales y, en definitiva, a la destrucción de los pueblos.

Hablemos de comprensión de las ideas y no de la batalla de las ideas ("O nacionalismo galego está a gañar a batalla das ideas", señala en su artículo antes citado Anxo Quintana). Orgullezcámonos de estar en el camino de construir una sociedad gallega más libre y más justa, en donde tengan cabida todas las ideas, pero reprobemos aquellas que se nos quieren imponer por la fuerza a costa del miedo y de las amenazas.

Permítanme que oculte ¡qué tristeza¡ mi nombre y apellidos, por razones obvias (los que me atacaron gritaron: te encontraremos, al mismo tiempo que me amenazaban con el mástil de una bandera azul y blanca con una estrella en el centro, cuando vieron que la policía venía pisándoles los talones y no tuvieron más remedio que dejarme en el suelo y echar a correr), y baste con las señas de mi identidad que más arriba dejé expuestas.