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infraestructura solidaria

Un médico vigués dirigió la red más solidaria de la II Guerra Mundial

La antropóloga Patricia Martínez de Vicente exhuma 70 años después el heroismo de su padre, Eduardo Martínez Alonso, cirujano de la Embajada británica en España y espía del MI6 que prestó su piso de soltero y su finca de Redondela para facilitar la evasión de miles de judíos

ROBERTO QUMATA • SANTIAGO   | 21.02.2010 
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El doctor Eduardo Martínez Alonso, Vigo, 1903. Madrid, 1972

Churchill marcará a Franco muy de cerca para evitar que España entre en guerra con las potencias del Eje. Para ello nombra embajador en Madrid, mayo de 1940, a Samuel Hoare, un peso pesado que luce un espléndido CV: Primer Lord del Almirantazgo, secretario de Estado para la India, y ministro de Exteriores.

Hoare se dedicará a marcar de cerca al Caudillo en una "Misión" de enorme calado geoestratégico: los Pirineos, la frontera portuguesa y con ésta la fachada atlántica, desde donde es factible embarcar con destino a América en momentos que Franco ambiciona ocupar la Lusitania de su amigo Salazar; Madrid, refugio de espías y patente de corso para la Gestapo; el control sobre Gibraltar, el Estrecho, el Mediterráneo, el septentrión magrebí, las Canarias y, por último, el barrido sobre las rutas del wolframio, arrancado de las entrañas de Galicia entre 1940 y 1944.

Morir en Cedeira

Lo que el viento se llevó se estrena en el Madrid de 1940. Hoare conspira para restaurar la Monarquía con Don Juan, no es, por tanto, el mejor interlocutor para pedir al Caudillo garantías de neutralidad, de modo que Churchill se las ingenia para que Leslie Howard, actor, espía y amante de Escarlata O´Hara, haga ver al general ferrolano las desventajas de entrar en la IIGM. El 1 de junio de 1943, de regreso a Londres, el avión del actor, es abatido por la Luftwaffe al norte del cabo Ortegal, muy cerca de Cedeira.

Mientras tanto las legaciones diplomáticas de los países aliados se refunden en una sola, en la Embajada de Gran Bretaña en Madrid, que es justo donde empieza nuestra historia: Eduardo Martínez Alonso, oriundo de Vigo (1903) y cirujano torácico, es el médico titular de la Embajada y el ángel protector de miles de refugiados europeos
–en su mayoría judíos polacos y checos– que cruzan los Pirineos, encuentran cobijo en conventos de capuchinos, salones de te, pisos francos y fincas de verano. La ruta que le toca en suerte al doctor Martínez Alonso empieza en los Pirineos, sigue por Jaca, Miranda de Ebro, Madrid, Vigo, Redondela, Guillarei y Tui y termina en Portugal.

Es el lado gallego de una crónica apasionante que acaba de reescribir la hija del "doctor Lalo", Patricia Martínez de Vicente con la publicación de La clave Embassy (La Esfera de los libros) .

"Estoy abrumada, Roberto. Desde la rueda de prensa del miércoles, me llaman de todos los medios de comunicación, y muy especialmente del mundo alglosajón. El libro lo presentaré el 15 de marzo en la Casa de Galicia, en Madrid", señala la antropóloga nacida en Londres y licenciada en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Portsmouth.

Eduardo Martínez Alonso reside desde los ocho años en Glasgow y Liverpool, donde su padre ejerce como cónsul de Uruguay y él arranca con los estudios de Medicina; se casa con Ramona de Vicente Núñez, también de Vigo e hija de médico. Pueden pasar por una pareja prudente y reservada. Jamás dirán "esta boca es mía".

Se casan y, en plena luna de miel, huyen a Lisboa. La Gestapo fuerza la puerta del piso de soltero del doctor. El tomate se descubre muchos años después en el piso de la calle Guturbay de Madrid, donde se especializa en cirugía torácica y opera el primer cáncer de pulmón de los 40. Será en el Hospital Carlos III.

En el curso de la mudanza de 1984, Patricia encuentra una agenda de su padre escrita integramente en inglés. Su traducción, investigación de años y la desclasificación(2005) de documentos oficiales británicos confirmará las sospechas de la escritora anglo-gallega. "Mi padre fue un héroe. Se educó para salvar vidas y se comprometió con una causa humanitaria no ideológica, no religiosa, no política".

"Mi padre fue un héroe"

Lalo es probritánico por razones afectivas y culturales, de modo que no es insólito que el MI6 (servicio secreto británico) lo reclute, no exactamente para labores de espionaje, pero sí para labores humanitarias con los indocumentados de campo a través que podrán acogerse, al menos teóricamente, al Convenio de La Haya.

La Resistencia francesa facilita el paso entre montañas y fronteras. El capuchino Francisco Lazcano, capellán de la Cruz Roja en la que sirve Lalo durante la Guerra Civil, da cobijo a los necesitados en el convento de Jaca. Miles de europeos (judíos, refugiados, exiliados, purgados, perseguidos, ilegales y, sobre todo, aviadores y paracaidistas aliados) cruzan los Pirineos con los ojos enrojecidos por la gangrega del espanto cuando el III Reich se solaza en orgías de amputaciones territoriales.

En plena postguerra, España es un país miserable. El propio doctor Martínez Alonso recomienda pasar la plancha hirviendo a las costuras de la ropa para abrasar los piojos. Sucede en el campo de prisioneros de Miranda de Ebro que se distingue por acoger en sus barracones a soldados republicanos, primero; presos políticos, después; y al final, refugiados europeos cuya suerte mejora tras los fiascos germanos de Staligrado y Normandía.

La red de salvamento, conformada por resistentes, antifascistas, aliadófilos y gente de buena voluntad, funciona a lo largo de 16 rutas de escape, que comienzan en los Pirineos. En Miranda de Ebro, los refugiados cicatrizan sus heridas, descansan y acumulan reservas. Una buena parte son desviados a Gibraltar y otra enfila el Noroeste.

Pero antes, en Madrid, en el Paseo de la Castellana, el salón de te Embassy recibe a aristócratas y gentes de derechas, con lo cual, aparentemente, no infunde sospechas. Sin embargo, es el centro neurálgico de la aventura humanitaria más hermosa que se da en la España oficialmente neutral. El Embassy es trastienda, tapadera y útero de espías. Falangistas, estraperlistas, agentes del MI6 y la Gestapo actúan en el mismo perímetro. Los alemanes, desde el Ritz.

Gracias al negocio de Margarita Taylor, al piso del doctor Eduardo Martínez Alonso, al dinero del jefe del espionaje británico, Alan Hillgarth, y a la red de salvamento, unas 300.000 personas burlan el cerco nazi. Las curan, alimentan, documentan y embarcan en taxis, ambulancias de la Cruz Roja, y coches de matrícula diplomática. Margarita despide a los judíos del sótano: "Good bless you".

Red humanitaria de mariNeros y estraperlistas

Treinta mil huidos por Galicia 

Desde la  finca de A Portela, en Redondela, se puede apreciar la grandiosidad de la ría de Vigo.  Entre la isla de san Simón y el paso de Rande,  por la parte trasera tiene acceso directo a un  pequeño embarcadero. La finca está cuidada por una guardesa que cocina,  hace las camas y  ve muchas cosas (los judíos polacos exhaustos), pero no escucha ninguna. Sabe que son perseguidos.  Es el punto clave de la ruta del Noroeste para los planes del M16. La casa, propiedad del doctor Lalo, tiene diez habitaciones, suficientes para dar cobijo y descanso a los refugiados que, cada noche, llegan en grupos más o menos grandes dependiendo de que el taxista permita la utilización del maletero.
El medio más directo es la dorna de los hermanos Moncho y Faustino Otero que,  en noches nubladas o de luna menguante, se juegan el tipo para llegar hasta donde  fondean barcos de la Royal Navy.
Otras  rutas de escape, diseñada por el doctor, pasan por la comarca del Baixo Miño: por Tui y por Guillarei. “Allí, los hermanos Alén poseen una casa, una tienda y una pequeña granja, tienen un negocio de contrabando  y son bien conocidos de los carabineros, con quienes se llevan de maravilla”,  informa el doctor en uno de los  documentos  desclasificados en 2005.
La red humanitaria compuesta por  mariñeiros de Redondela, contrabandistas, estraperlistas y  gardinhas da alfandega , funciona con gran precisión. Los cálculos respecto a la evasión por Galicia de 30.000 personas no parecen exagerados. Ni tampoco los certificados de defunción falsificados por el médico