El Correo Gallego

Noticia 1 de 1 Opinión » Firmas

a bordo

CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

El escolar penitente

17.01.2007 
A- A+

El anuncio que ahora nos hace la conselleira de Educación es audaz, intrépido, revolucionario. Exhibiendo una valentía insólita, casi temeraria, doña Laura nos dice, ahora, que se tendrá en cuenta la lengua materna de los niños, antes de dar un nuevo paso en la galleguización lingüística de la enseñanza. Según eso, un chaval que haya sido criado en castellano aprenderá a leer y escribir en castellano, y el aprendizaje será en gallego, si ése es su hábitat idiomático.

Parece lógico, y sin embargo en Galicia no es nada fácil mantener esa posición porque en materia lingüística el país oficial se ha instalado desde hace tiempo en la hipocresía. Existe una élite que decide ponerse tapones en los oídos para negar la realidad. Como la sociedad no encaja con los prejuicios idiomáticos, se sustituye a las personas de carne y hueso por tópicos.

Eso explica que el mapa sociolingüístico sea una especie de tabú. Saber de verdad dónde se habla mayoritariamente cada lengua es esencial, pero esos datos se escamotean, y cuando alguna encuesta deja entrever cómo está la cosa, enseguida aparecen intérpretes que achacan el peso del castellano a las secuelas de la opresión.

No está claro que la población castellano-parlante, entre la que se incluye más de un conselleiro, esté oprimida, pero ni siquiera una hipotética opresión justificaría la aberración pedagógica de obligar a los niños a que aprendan sus primeras letras en una lengua que no es la suya. ¿No es eso lo que hacía el franquismo con los escolares gallego-parlantes, con la torpe excusa de imponer como fuese la lengua del Imperio?

Aquello era un abuso, que no se basaba en la pedagogía, sino en la ideología, y que confundía la escuela con un laboratorio. Estamos en lo mismo. Prima el afán galleguizador sobre el objetivo educador, se alteran las prioridades y se quiere corregir en las aulas lo que no se puede purgar en la sociedad. Dicho de otro modo: al pobre escolar gallego castellano-parlante se le convierte en penitente por unas culpas cometidas en algún lejano momento de la historia.

No estamos en el terreno de la pedagogía, sino en el de la ideología. Algunos políticos e intelectuales creen que así van a cambiar la situación lingüística del país. La experiencia dice que se equivocan. La introducción del gallego en la enseñanza no ha producido más gallego-parlantes; sólo más gallego-sapientes que guardan el idioma adquirido junto a los libros de texto. ¿Por qué? Algo ha fallado. Redoblar la dosis no parece que sea la mejor solución.

Hay que entender, en todo caso, la incómoda posición de una conselleira constantemente hostigada por grupos de presión empeñados en la idea de que el castellano es una lengua impropia. Resulta más cómodo ceder ante ellos que aplicar el sentido común. Al parecer, vale más el aplauso de una Mesa que la aplicación de criterios pedagógicos adaptados a lo que Galicia es, a lo que los niños hablan y a lo que sus padres quieren. Todo eso hay que inmolarlo en el altar de la supuesta normalización.

¿Y cuál es esa situación normal que se quiere reestablecer por decreto? ¿Existió algún día? ¿En qué siglo? Lo normal será lo que existe en la actualidad. El método franquista de imposición idiomática consistía en aislar la escuela de su entorno, romper la relación entre lo que el pícaro oía en su casa y lo que le decían en el aula, haciéndole ver que el maestro y el padre pertenecían a dos mundos distintos. Ojalá que la intrépida audacia de doña Laura impida que ese modelo esquizofrénico se normalice.