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el defensor del lector

XOÁN SALGADO DEFENSOR DEL LECTOR DE EL CORREO GALLEGO

La divulgación científica en prensa

22.10.2006 
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Perdurabilidad frente a inmediatez, duda razonable frente a certeza intuida, los mundos de la ciencia y el periodismo parecen concebidos para discurrir por caminos encontrados sin la más remota posibilidad de confluir en un mínimo lugar común de entendimiento. Antagónicos e irreconciliables, asentado uno en la cadencia del reposo y la parsimonia frente a la prisa y la precipitación del otro, pareciera que entre ciencia y comunicación no queda más opción que la del consciente e intencionado alejamiento, en tanto los investigadores se sentirán de continuo frustrados por las imprecisiones técnicas de los reportajes de divulgación en la prensa y los periodistas chocarán contra el cada vez más alto y recio muro de la cerrazón que esas imprecisiones generadas por su trabajo provocan entre cuantos se dedican a la ciencia.

A ello nos referíamos hace apenas dos semanas, siquiera fuese de refilón, al dar cuenta de la queja de un comunicante que lamentaba la relevancia prestada a una noticia de carácter científico en la que se recogía una innovadora práctica médica que se realizaba en la Comunidad Valenciana y que, sin embargo, se practicaba también en Galicia sin que mereciera idéntico trato ni relieve informativo, según su parecer.

Cuantos hayan mantenido con cierta reiteración conversación amigable y distendida con algún investigador enamorado de su trabajo, sabrán de la emoción y convicción con que éste relata cada avance producido en su laboratorio hasta el punto de convertir lo que en principio se antoja aburrido o desconocido para los profanos en una verdadera secuencia fílmica de suspense e intriga. Y así, se va de sorpresa en sorpresa a medida que el científico sabe estimular la imaginación de sus contertulios con el relato de experiencias que explican cuanto nos sucede a pie de calle. Sin embargo, esa pasión se torna en desconfianza; la fruición, en rictus severo, y el encendido lenguaje, en silencio buscado tan pronto como se escucha el particular y maligno abracadabra del investigador, la palabra "periodista".

Son mundos, en efecto, encontrados, y en dosis razonable acaso es bueno que así sea, que el aire fresco y ligero de la prensa resfría con frecuencia la débil resistencia mediática del investigador cuando los sueños se traducen en titulares sin el aval experimental que lo apoye. Por eso, desde la prensa hay que tener la sensatez necesaria como para entender que no todo es carnaza de noticiero, desde la distinta y disímil frecuencia temporal que uno y otro proceso -noticia y experimento- precisan como garantes de verdad.

Sin embargo, del lado de la ciencia también se echa en falta una más decidida voluntad de cooperación. Porque, como señala Neil Calder, jefe de comunicación del laboratorio europeo de partículas físicas (CERN), "siempre recogemos en razón de lo que sembramos y también en este caso la cobertura mediática refleja el poco interés de la comunidad científica por informarse de cómo funciona la prensa". Y añadía: "Sería un error alterar el método científico para que se adaptara al ritmo de la prensa, pero si queremos cobertura, tenemos que diseñar estrategias que permitan que la investigación científica llegue al público manteniendo a la vez la credibilidad. ¿Podremos darles lo que necesitan?", se preguntaba a continuación para responder que lo que los científicos han de ofrecer son noticias, sin que por ello "se deba sacrificar el tratamiento escrupuloso y en profundidad del tema científico".

"Los científicos descubren de dónde salieron los pendientes de su mujer" es, sin duda, un titular sensacionalista y del agrado de la sociedad pese a que, a buen seguro, chocaría frontalmente con el rigor y precisión que los investigadores invocan para su dedicación profesional. Sin embargo, y sin desdoro de esa disculpable ­autocomplacencia, es titular al que puede llegarse una vez que conocemos, como explica Calder, gracias a los experimentos para comprobar el proceso de creación de los elementos transuránicos que esos mismos procesos crearon oro al explotar algunas supernovas. "El truco", añade, "está en encontrar el modo de relacionar cada investigación científica con el día a día de las personas".

Siendo como es evidencia cierta ese desencuentro entre científicos y periodistas, es también verdad incontestable que los investigadores precisan de la divulgación que les prestan los medios de comunicación para reafirmar el reconocimiento social a su destacada tarea, divulgar los conocimientos que tendrán una directa y trascendental repercusión en la sociedad y, con todo ello, conseguir la mentalización necesaria en sociedad y gobernantes para que aporten los recursos necesarios para la continuidad de sus proyectos investigadores.

Abundando en esa conveniencia y frente a los más próximos y despectivos reproches que desde la particular realidad de cada periodista se producen en esta misma comunidad gallega, sería bueno recordar dos citas de otros tantos premios Nobel, que recuerda el profesor y periodista Francisco J. Pérez Martínez en otro interesante trabajo sobre el tema.

La primera es del Nobel de Física de 1990, Jerome Friedman, que considera como una de las causas de la insuficiencia de recursos para la investigación que "la sociedad no comprende del todo la importancia de la ciencia y no presiona lo suficiente a los gobiernos". Su colega León Lederman, galardonado en 1988, se reconocía como "un activista en pro de una mejor educación científica". En suma y frente a quienes se mantienen recalcitrantes en ver la paja en ojo ajeno, sería bueno recordar otra relevante cita, la de Richard Feynman, galardonado también con el Nobel de Física en 1965, cuando aseguraba que "si no eres capaz de explicar tu trabajo a tu abuela, en realidad no lo entiendes ni tú mismo".

Entender para saber explicar

Un obligado decálogo que periodistas e investigadores debieran tener presente en esa difícil pero irrenunciable tarea de dar a conocer a la sociedad los avances del mundo de la ciencia, lo resumen los ya aludidos Calder y Pérez Martínez, desde la experiencia acumulada de ambos en departamentos de comunicación científica y que se concretan en los siguientes enunciados:

Encontrar la mejor forma de buscar a cada investigación su sentido práctico; olvidarse de las complejidades técnicas e incidir en las consecuencias que lo investigado puede tener en el conjunto de la sociedad; aderezar siempre las informaciones con el agradecido soporte visual, con imágenes o filmaciones de gran calidad; aceptar el debate y ser receptivo a cuantas críticas puedan producirse; entender que los periodistas tienen conocimientos limitados en la materia pero en absoluto son malintencionados; propiciar una mayor apertura de la sociedad científica a los medios de comunicación; la institución científica debe dotarse de profesionales adecuados en esa tarea de divulgación, y, por último, el científico debe hacerse entender, sin que ello signifique vulgarizar o devaluar lo expuesto, recordando con Ramón y Cajal que "lo que se concibe bien, se enuncia claramente".