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GENTE CON HISTORIA

Pablo Rodríguez Vázquez: "La ceguera es como nacer otra vez, hay que aprenderlo todo"

Invidente, vendedor del cupón de la ONCE, con total autonomía gracias a su perro guía 'Alia', un labrador retriever. Pese a su minusvalía, llegó a ser campeón de ciclismo paralímpico en la modalidad de tándem y participó en los juegos de Atlanta 96. Lo daría todo por poder ver a su hija, Icía

ÁNGEL ARNÁIZ • MONFORTE  | 04.12.2008 
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La rara enfermedad de Behcet, que en España puede afectar a cinco de cada cien mil habitantes, dejó ciego al monfortino Pablo Rodríguez a los 21 años. "Te levantas un día por la mañana y no ves nada, vas al oculista asustado y te dice que estás ciego, que no hay solución y el mundo se te cae encima", recuerda Pablo, veinte años después de aquel difícil momento que le tocó vivir.

Hoy, con su minusvalía asumida, se gana la vida vendiendo el cupón de la ONCE desde 1988, en su quiosco en el barrio de la Estación de la capital de Lemos, siempre acompañado de su fiel perro guía, Alia, un labrador retriever hembra –es el tercero que tiene– del que dice que "es como una extensión de mi cuerpo, me permite moverme con soltura y me da seguridad, en especial, en los cruces y con los obstáculos", explica.

Mientras hablamos, llega un cliente habitual al quiosco y le pregunta: "Pablito, ¿qué número salió ayer?". Bromeando, responde nuestro interlocutor: "Se suspendió el sorteo porque no había ciegos para leer las bolas". Está claro que Pablo, pese al revés sufrido, no ha perdido el sentido del humor y la ironía.

Extroverdido, amable, hincha del Real Madrid y buen conversador, Pablo no se rindió al perder la vista y luchó para salir a flote con un afán de superación constante. Recomienda a la gente que pase por una circunstancia similar a la suya que "la vida hay que pelearla hasta el final y no rendirse". Él es un claro ejemplo, como, al margen de su vida personal, demostró en las competiciones de ciclismo en la modalidad tándem en las que participó, que culminaron con su presencia en los juegos paralímpicos de Atlanta 96, donde logró un sexto puesto.

"Siempre digo que nací dos veces, la ceguera es empezar en otro mundo, tienes que aprenderlo todo de nuevo como un bebé, es una vida nueva, no se si es un lujo o una desgracia", reflexiona. Hoy, consciente de sus limitaciones, con la ayuda de su perro, se considera una persona con total autonomía, que hace prácticamente lo mismo que una persona con vista. "Me muevo por Monforte como cualquiera, voy de casa a mi trabajo andando con mi perro y hago compras solo o cualquier gestión que necesito en las oficinas", relata con cierto orgullo.

Subraya que la Fundación ONCE, con la que contactó al poco de perder la vista, le dio la oportunidad de tener un trabajo e ir a un colegio especial de autonomía personal en Sabadell. Aquí –dice– "aprendí a moverme con bastón, a manejar un ordenador, leer braille, cocinar, andar por casa... autonomía para valerme por mí mismo, dentro de las limitaciones que impone la ceguera", matiza.

Casado hace tres años y con una niña de 22 meses, Icía, reconoce que "daría lo que fuera por poder ver a mi niña y a mi mujer, María del Mar". No obstante, apunta, "a la gente la identifico con las manos, le hago mi retrato y a mi pequeña cuando la tuve en brazos en el parto, pude comprobar que era igual que su madre".