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EN LA MUERTE DE UN GIGANTE

La noche oscura de Xaime Quessada

XURXO FERNÁNDEZ   | 31.12.2007 
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Quizás no lo supo nunca. Tal vez nadie se lo haya dicho en cualquier momento íntimo. Salvo, cómo no, para bromear con cosas que se decían entonces. Que, como era el vecino, el amigo, el confidente, aquel a quien veían todos ellos, todos los días, en el círculo de tiza caucasiano que entonces era la Auriense más creativa, la Nueva Atenas, la ciudad en donde toda invención era posible, él era uno de los elegidos. Y sí: un cofrade a la hora de la juerga, a la hora de la aventura inmediata, del convivir en múltiples noches pálidas de luna llena, donde todo mal se esparce, de la misma manera que una de luna nueva, como se encargaban de decirnos Bruno Ganz y Peter Falk -con letra de Peter Handke- en El Cielo sobre Berlín, de Wenders: "Hoy es luna nueva. No correrá en la ciudad sangre alguna".

Xaime era una faro. Había nacido para la Historia -en su caso, para permanecer con letras de oro en el catálogo del olimpo artístico del país adonde vino la barca de piedra de un visionario que construyó un imperio espiritual en Occidente- al mismo tiempo que dos colegas suyos de igual valía: un hombre enjuto y sabio que parecía el mismísimo Mestre Mateo redivivo, y otro ser iluminado, con nombre y aspecto de mito judeocristiano.

Xaime era un faro, como esos palmates, o copains, o colegas de que les hablábamos.

Por cierto. Respondían a los curiosos -y siempre sorprendentes, o predestinatos- nombres de Acisclo Manzano y Xosé Luis de Dios.

Quizás no lo supo nunca. Puede que Xaime no haya visto en toda su dimensión la intensidad del amor que le profesaban sus amigos. Y por muchas razones. Él no podría haberse creído jamás -era demasiado normal, demasiada gran persona- el atributo de genio que se le otorgaba.

Seguro que prefería atribuir el mérito a sus amigos. Precisamente a aquellos que lo adoraban, que lo lisonjeaban por voluntad platónica -la belleza de la amistad; sólo eso-.

Xaime era un faro. Quizás no lo supo nunca.

Puede que fuese impermeable al halago. Puede que le resbalase incluso la frase famosa, en París, de Pablo Picasso, ante él, ante su obra:

¡¡¡He encontrado, al fin, a un verdadero sucesor...!!!

 

Xaime era un faro. Quizás no lo supo nunca.

¿Quién recuerda ahora los comienzos del famoso trío/calaveras -que decían muchos de los tertulianos del Café Gijón de entonces, Laxeiro incluido- que comenzaba en unos difíciles sesenta en Madrid. La Galería Toisón. Pepe Peña y tantos más -Ourense entero estaba siguiéndolos-. Los círculos gallegos, inequívocos, solidarios, de la Villa y Corte.

Y luego, la mano del amigo exterior. Una conjunta del trío en México. El amigo era tan generoso como entrañable. Un verdadero creador. Uno que había sido secretario de Daniel Alfonso Rodríguez Castelao. Uno cuyo retrato, con el rianxeiro, y al lado de las Cataratas del Niágara, obraría en poder de la Central Intelligence Agency durante años. Uno que fundó la mejor revista gallega de todos los tiempos: Vieiros. Uno que nunca despegó de Galicia habiendo vivido siempre en el exilio. Uno que se llamaba Luis Soto.

Xaime era un faro. Quizás no lo supo nunca.

Puede que fuese ajeno al hecho de saber que se perpetuaba en su hijo, en Quesada Blanco. Justo ahora saben que son el Ying y el Yang.