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a bordo
CARLOS LUIS RODRÍGUEZ
Poeta sin pedestal
13.10.2008
Envidia uno tus palabras, y le gustaría cogerlas prestadas para recordarte. Tiene uno miedo a que otro tipo de vocabulario quede pobre en tu despedida, en el adiós a un poeta distinto, alejado de la misantropía de unos, con poco que ver con esos otros bardos ampulosos vestidos de uniforme como Rubén Darío, ajeno a militancias que hacen del poema una consigna.
El primer poeta que hubo en el mundo debió parecerse a Ramiro Fonte. Como él, habrá mirado a su alrededor y descubierto la facultad de hacer de la realidad una radiografía hermosa y profunda. Como él, sería aquél vate primigenio un poeta total que no hace de la poesía un vicio solitario, que la lleva a la vida, a su forma de ser, de tratar a la gente, de luchar en suma.
Hay un tipo de poeta o escritor profesional que se ve a simple vista. Su pose, sus ademanes, su forma de hablar. Es como si permanecieran en lo alto de un pedestal, ensayando la postura adecuada para la posteridad. Uno se los imagina el día de mañana en un parque, con una leyenda al pie que diga al gran poeta Fulano.
Ramiro pertenecía a una categoría distinta que no precisa monumentos, porque su recuerdo se disolverá en el paisaje, discurrirá por el Covés y las tierras del Eume hasta que el mundo acabe. Andan por ahí no sé cuántos científicos acelerando partículas para encontrar el origen del universo, pero hay otros sistemas para llegar a esa misma conclusión, que es reunir la poesía que en todo el orbe y durante toda la historia han creado personas como Ramiro.
En ellos está el compendio de lo que somos, lo más insondable, el misterio que provoca la emoción. Poetas y creadores son los que dejan un legado inmortal, dentro del cual están las claves para saber quiénes somos. No busquen lo que es Galicia en las estadísticas o los tratados políticos porque el enigma está cifrado en escritores como el que nos abandona.
Abandono imperdonable el tuyo, Ramiro, porque esta cultura y esa lengua que trabajabas como un orfebre, tiene peligros al acecho que sólo se podrán conjurar normalizando la cordialidad. En estos momentos tristes se echa de menos a Carlos Casares, se siente nostalgia de Ramón Piñeiro, se añora a todos los que formabais la gran conjura del galleguismo amable. Fuisteis vosotros los que ganasteis las grandes batallas del idioma, gracias a que al final nunca había perdedores, sólo gallegos que aprendían poco a poco que la lengua de sus abuelos era tan suya como sus recuerdos.
Ahora son otros quienes han tomado la iniciativa. Olvidan la persuasión y confiesan sus frustraciones denunciando, atacando e intimidando. Habría que recordarles a las víctimas de sus atropellos que la lengua con la que los increpan no tiene ninguna culpa. Alguien tendría que hacerles llegar tu poesía, los cuentos de Casares, las filosofías orales de don Ramón, las terapias de Domingo García-Sabell o Sixto Seco.
La poesía es un arma cargada de futuro. Qué frase tan desafortunada. No ve uno a Ramiro Fonte empuñando unos versos, ni introduciendo en el cargador un pensamiento sublime. Sigue viendo al amigo que llegaba al Azul compostelano para convencernos de que la revolución que allí infructuosamente se preparaba, quedaría en nada sin poesía. Así fue.
La próxima, la que siempre queda pendiente, habrá que fabricarla con poetas, un materialismo poético en el que Dow Jones sea un personaje literario. Qué pena no tener ahora tus palabras.


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