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reseña musical

Un festival de zarzuela con complementos

RAMÓN GARCÍA BALADO   | 15.01.2007 
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La mezzo Mireia Pintó, en clave musical, para completar el cartelón del VI Festival de Zarzuela ya consolidado y con una asistencia media de público, que superó con creces convocatorias anteriores. La zarzuela es un reclamo pero, como es sabido, la oferta fue abriendo sus propuestas para estimular el interés del respetable.

Partamos del primero con el tenor Ismael Jordi, una voz de colorido propicio para el material que defendía, entre las luminosas napolitanas a lo Tosti o Bellini, y las aguerridas romanzas de zarzuela propiamente dicha que supo hacer suyas.

Precedidas de buena prensa venían las dos piezas de la opereta Le chanteur de México de Francis López, en cuya recuperación parisina del Châtelet parisino se vio incurso junto a la aldomovariana Rossy de Palma sobre un dinámico trabajo en lo escénico.

El pianista Rubén Fernández, bregado en mil frentes arroparía también al barítono J.A. López en selectas piezas del dominio público y universalizadas melodías como The imposible dream de El hombre de la Mancha o Some enchanted evening de South Pacific.

Siempre quedaremos en deuda con la soprano Elena Rivera, por defender su tarde a pesar de una faringitis inoportuna. Preferencia a las canciones, entre G. Leoz, Granados, su estimados S. Revueltas, Villa-Lobos, L. Buchardo o el regalo de Guastavino en Se equivocó la paloma. Las romanzas zarzuelísticas eran de cumplido débito y como latina que es, la canción tomada de Cecilia Valdés cerrarían capítulo Mireia Pinto y Manel Camp, entrando por Kurt Weill en ensoñaciones como September song o Speak low, genuino mimo balsámico del que tan buena cuenta darían vocalistas de jazz.