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a bordo

CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

Un pastor para el Gaiás

11.07.2008 
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D espués de esto, algunos arúspices harían bien en pedir un descanso. Porque primero vaticinaron que la Cidade da Cultura simplemente desaparecería, después que quedaría como una nave varada en los mares del Gaiás, y más tarde que de ciudad pasaría a villorio intrascendente, con cuatro cachivaches de relleno.

No lo profetizaban viendo las estrellas, sino siguiendo las actitudes de ciertos poderes fácticos habituados a tener en Galicia la última palabra. Si ellos le ponían un veto a la obra, la obra no se haría. Si ellos decretaban que era inviable, lo sería. Si ellos se ponían en pie para doblegar la voluntad de los gobernantes, lo lograrían.

De nada valía que Gobierno, oposición, ayuntamientos, agentes sociales, academias, instituciones pensaran lo contrario. De nada servía que el puro sentido común dijera que se debía aprovechar una oportunidad como la que tuvieron otras ciudades con Expos, Foros de Culturas o Guggenheims. La sentencia estaba firmada.

Ayer, en efecto, se firmó una sentencia, pero absolutoria. La fórmula de gestión mixta, pública y privada, y la elección de Urgoiti disipan todas las dudas. Por centrarnos en el futuro capitán de la nave, no es ésta una persona habituada a tripular Titanics, sino empresas, bancos y fundaciones con el horizonte despejado. En suma, que si se mete en esto es porque Touriño y las teclas que habrá tocado en el empresariado lo han convencido de que en el Gaiás estará su consagración como gestor, no su tumba.

Así que los primeros triunfadores son todos aquellos que se obstinaron en la defensa del proyecto, a pesar de la presión desaforada, tenaz, de algunos. La Galicia positiva prevaleció sobre la que se rinde de antemano, derrotó a la que todo le parece demasiado grande, quizá porque ve este país como algo demasiado pequeño.

Miopías aparte, tanto la fórmula como el hombre revelan también que el presidente de la Xunta impone una concepción gestora y cosmopolita sobre el proyecto. No ha ido a buscar el fichaje a la cantera del galleguismo cultural, o entre los personajes simbólicos de la tierra. Si Juan Manuel Urgoiti garantiza rigor en los números, con su llegada también se aparta la idea de hacer del Gaiás un reducto demasiado provinciano, lo mismo que se hizo, por cierto, en el Guggenheim bilbaíno susodicho. Entre un galleguismo entendido como coto, y otro con forma de imán, parece que se opta por el segundo.

Se libera la CdC de los maleficios, se encuentra un hombre mestizo entre el dinero y los libros, se da con una fórmula que aminora el peso que recaía sobre la Administración y, por si esto fuera poco, se instala en lo más alto de la obra un potente pararrayos político. No lo intenten. Imposible ubicar políticamente a Urgoiti. Pertenece a esa saga de banqueros ilustrados que han caminado sobre gobiernos y regímenes, como Nuestro Señor sobre las aguas.

A Urgoiti podría haberlo nombrado Fraga para lo mismo, y no hubiera tenido don Manuel en la obra una fuente de polémicas. Pero es a don Emilio a quien se le ocurre, y será él quien disfrute de las ventajas de contar con alguien así al frente de lo que podría ser un quebradero de cabeza.

Queda por saber cómo encaja en todo esto la conselleira de Cultura. Ella y el recién llegado pertenecen a mundos tan distintos como ET y el niño, pero estarán a partir de ahora unidos hasta que unas elecciones los separen. Su casa será la misma. Y la Cidade da Cultura ya es un triunfo de los que ven un país de talla grande.