El Correo Gallego

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AILOLAILO

Horror, "OT" se lanza a la caza de otro Bisbal

DEMETRIO PELÁEZ CASAL   | 06.07.2006 
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Mientras ayer arrancaba en Santiago el festival Via Stellae, dirigido a espíritus muy cultivados y tal, quizá demasiado, en el asunto de las corcheas, que aquí somos de un fino y de un culto que te rilas, chavalote, docenas de jóvenes se preparaban para pasar la noche al raso a las puertas del Multiusos do Sar para ser de los primeros en pasar, durante toda la jornada de hoy, las pruebas de selección de los aspirantes a participar en el concurso televisivo Operación triunfo, esa fábrica de cantantes noveles construidos a golpe de talonario y de publicidad.

Nada que objetar a esos veinteañeros ávidos de iniciar una carrera discográfica o, en el peor de los casos, colarse en el terrible club del petardeo mediático (ya saben, si no cantas, siempre podrás ir dando el cante por las televisiones). Cada cual tiene derecho a realizar sus sueños de la manera que estime más adecuada, pero a estas alturas de la película, tras habernos tragado ya muchas ediciones del concursito de marras, no hay que ser muy listo para comprobar que la factoría OT sólo ha sabido crear a un reducidísimo puñado de ídolos de barro -David Bisbal y Bustamante, los dos que más han triunfado, sólo tienen capacidad para parir una hortera canción del verano y ni siquiera tienen talento para animar una verbena- y por contra sólo ha logrado quemar a artistas que prometían mucho y que al final se han quedado tirados en la cuneta por culpa de unas discográficas horteras que únicamente buscan el dinero fácil.

Rosa, sin ir más lejos, podría haber sido una fantástica cantante de night club, de pub rebosante de humo y de notas de blues, pero todos se empeñaron en meterla en la senda del puñetero pop ligero, del maldito ritmo latino sin corazón, de la pachanga discotequera zafia y paleta, radicada a años luz del elegante sonido de Filadelfia o del estilo Gaynor.

Y así le va, claro, buscándose las castañas en infumables programas de baile y paseando por los escenarios unas canciones que no son suyas y un cuerpo pulido con machaconas dietas milagro que parece no corresponderle. Rosa, la chica de carnes rebosantes con voz de negra, a la que siempre imaginamos cantando godspel en los porches de Alabama, se nos ha vuelto pijilla, light, descafeinada y lechugaria. Malditos representantes y maldita televisión.

Ojalá los aspirantes gallegos tengan suerte y alguno entre en la próxima edición de OT. Sin embargo, algunos creemos firmemente que no hay mayor honor que ser echado de allí a colleja limpia, a patadas en el espinazo, como le hubiese ocurrido a Mick Jagger si llega a presentarse a un programa de estas características -¿se imaginan a Su Majestad haciendo el gil del candil en la famosa academia?-, o a Bob Dylan, que más que cantar grazna -eso sí, los graznidos más geniales jamás emitidos-, o a Leonard Cohen, el poeta triste de voz cavernosa que supo componer las canciones más hermosas mientras fornicaba como un poseso en el hotel Chelsea, o los mismos Sabina, Serrat o Antonio Vega.

La genialidad no se amasa en las academias, y menos si están gobernadas por personajes como la tal Nina -horror- o el tipo grandote con acento sudamericano que llevó las riendas del programa el pasado año. De semejante engendro sólo podemos esperar que surja otro Bisbal, y algunos ya no tenemos el cuerpo para engullir más ansiolíticos.