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MENOSPRECIO DE CORTE Y ALABANZA DE ALDEA

El pueblo ¿un paraiso?

20.05.2007 Bajo su aparente sencillez, muchas fórmulas populares esconden una bien articulada ideología que a través de los siglos se manifiesta en muy diferentes y a veces aparentemente opuestas tendencias

TEXTO: ALEJANDRA JUNO

Cartel promocional de esta película
Cartel promocional de esta película
La ciudad no es para mí es toda una declaración de intenciones. Millonaria en audiencias cada vez que se retransmite por televisión, el filme de Pedro Lazaga interpretado por Paco Martínez Soria se erige a través de las décadas como la traslación moderna y audiovisual de una pulsión social secular fuertemente arraigada en España. Concebida primeramente como una obra de teatro, La ciudad no es para mí constituyó un éxito sin precedentes en la cartelera barcelonesa en donde su protagonista, el mismo Martínez Soria, llegó a alcanzar las tres mil representaciones. Firmado el texto dramático por Fernando Ángel Lozano, tras este seudónimo se escondía nada menos que D. Fernando Lázaro Carreter, durante años presidente de la Real Academia Española, catedrático de Lingüística General y Crítica Literaria en varias universidades, y nunca suficientemente bien ponderado animador de textos escolares.

Se dice que el mismo Lázaro Carreter calificaba esta obra como “un pecado venial de juventud”, versión que implica en el interlocutor suma inocencia teniendo en cuenta su erudito conocimiento de la historia de la literatura. Una lectura menos confiada podría aventurar un inteligente e ilustradísimo movimiento de “aggionarmiento” de una siempre exitosísima temática que como bien se demostró pudo reportar grandes beneficios, en todos los aspectos, a todos los implicados en su desarrollo. La crítica suele coincidir en ubicar este filme en unas coordenadas socio-económicas muy específicas. En concreto la gran migración interna que durante los años sesenta tuvo lugar en España. Se calcula que entre 1951 y 1970 casi cuatro millones de españoles originarios del ámbito rural pasaron a engrosar una ciudade que no sólo crecían en número de habitantes, sino que palpitaban al ritmo de un desarrollo económico que instalaba a España definitivamente en la economía de libre mercado. Y por ello mismo, el dinero, su utilización, y en ocasiones su ostentación, es uno de los subtemas principales en esta película. Pero más explícitamente, La ciudad no es para mí es a menudo calificada como el muestrario de los moralizantes valores franquistas. Y esto es verdad, en parte, pues en absoluto se debe considerar este filme como un producto genuino del régimen dictatorial, sino como un paso más en una larga y antiquísima tradición de exaltación de lo rural en detrimento de lo urbano. El ejemplo canónico de este tipo de pensamiento lo tenemos en la obra publicada en Valladolid en 1539 y titulada Menosprecio de corte y alabanza de aldea, cuya autoría corresponde a Fray Antonio Guevara, obispo de Mondoñedo, y en la que recomienda a todos los cortesanos dejar su hábitat para trasladarse a la aldea. En este escrito nos encontramos capítulos como “Que la vida de la aldea es más quieta y más privilegiada que la vida de la corte”, “Que en la aldea son los hombres más virtuosos y menos viciosos que en las cortes de los príncipes”, “Que en las cortes de los príncipes ninguno puede vivir sin afeccionarse a unos y apasionarse con otros “, “Que entre los cortesanos no se guarda amistad ni lealtad, y de cuán trabajosa es la corte”, unidades temáticas reflejadas todas ellas en la trama de La ciudad no es para mí, con la inicial comparación entre ciudad y pueblo, resultando mucho más tranquilo, honesto y acogedor éste último, la falta de virtud presente en Luchi, nuera del paisano protagonista, y a punto de cometer adulterio, los amores ilícitos de la criadilla que resulta embarazada fuera del matrimonio, o la traición del ayudante del marido, cortejando a la nuera antes citada. Todos estos desaguisados serán solucionados por D. Agustín Valverde gracias a su bondad y a su código ético añejo y por lo tanto válido.

Esta filosofía, defensora de que los auténticos valores residen en lo tradicional, en lo natural, en lo rural, mientras que todo lo urbano, moderno o sofisticado es espurio y perjudicial es una herencia directa del neoplatonismo, corriente iniciada en el siglo III d.C., muy en boga en el renacimiento y barroco europeos, y que encumbra sobresalientemente la naturaleza. De esta manera, a través de la historia, en todo Occidente, nos podemos encontrar recurrentemente la historia del lugareño que va a la ciudad, y allí opone sus elevados valores morales a la corrupción de la urbe. El auge de este esquema tiene lugar en épocas de crisis social, en las que el miedo al cambio de las estructuras genera una reafirmación en lo ya conocido, y a menudo una injusta demonización de la transformación en más complejos sistemas. Cuando el orden social se reajusta y acomoda, aparece entonces la tendencia contraria y el paisano deja de ser ensalzado debido a su falta de cosmopolitismo. En la actualidad volvemos a vivir una nueva época de “menosprecio de corte y alabanza de aldea”, generada por el nacimiento de las megalópolis y la sociedad global de la información, en la que “la corrupción de las virtudes podrá extenderse más fácilmente”. Pero lo más curioso es que, incluso, secularmente, los más férreos defensores de este tipo de ideología, empujando con denuedo a sus congéneres a volver “a la vida del pueblo”, acostumbran a no abandonar las comodidades que ofrece el progreso, y así D. Agustín Valverde no pierde ocasión para regalar a sus paisanos ingenios como tricotadoras y otras modernidades.

0El mismo Fray Antonio Guevara, pese a su enconado proselitismo, abandonó en muy pocas ocasiones la depravada vida de la Corte.

 
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