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el barril de amontillado

Umbral, naturalmente

11.11.2007

JUAN GRANADOS

Me dispensarán que escriba hoy sobre Umbral, se muy bien que tocaba, ya lo ha hecho todo el mundo, pero me gustaría dejar aquí cierta constancia de mi personal orfandad. Lo mismo sentí cuando Cela se aburrió del mundo y decidió dejarnos. Se podrá decir lo que se quiera, pero una sola frase de Don Camilo resulta más persistente en la memoria que compendios enteros de actualidad literaria. Con Umbral ocurre muy parecido, no sé si un peldaño por debajo, pero parecido. Perder hoy también a Umbral es como perder las gafas de leer, como si nos cerrasen el último ultramarinos de calidad y debiésemos conformarnos desde entonces con gastar nuestros flacos emolumentos en las grandes superficies gestionadas por tristes funcionarios del yantar. Qué poco nos queda ya.

En el saco que manejaban juntos Umbral y Cela hay más español que en toda la RAE reunida y formada para revista de la A a la Z. El lugar que Umbral siempre debió ocupar se lo asignaron en 1991 a José Luis Sanpedro, tras él, que es un novelista sólo afable y de mediano interés, se abrieron las puertas del brillo y esplendor a individuos de número verdaderamente imprescindibles como el nunca bien ponderado Juan Luís Cebrián, que escribió una cosa llamada La rusa en 1986; después, poco más que nada.

Aquello de la persistencia en la memoria de ciertos textos nunca me ha extrañado, Cela y Umbral poseían talento por arrobas, quien lo duda, pero eso jamás les relevó del convencimiento de que o uno lee y se lo trabaja, todo lo que caiga en sus manos de Cervantes para abajo, y luego calienta la silla cada día, o va apañado. El niño Umbral, véase El hijo de Greta Garbo, se leyó todo lo que se guardaba impreso en las bibliotecas de Valladolid desde el tiempo de Gutemberg, Don Camilo ejercitó práctica similar en su Iria Flavia natal antes de pensar siquiera en escribir de aquella manera casi milagrosa que tan certeramente glosaba Francisco Umbral en su muy recomendable Las palabras de la tribu (Planeta, 1996): "El segundo secreto literario de Cela es la varonía, la impasibilidad con que cuenta lo tremendo…Y esto que digo vale igualmente para la ternura, mayormente derramada sobre ciegos, locos y tontos del pueblo. El tercer secreto de Cela ya no se debe a la inspiración, sino a la formación, a la sabiduría, y consiste en su manera de hacer coloquial la más alta cultura española y de dignificar como cultísimo el apodo de un cantinero o el nombre de una puebla que ni siquiera lo es".

Así que, en efecto, quedamos aquí solos y más bien huérfanos de metáforas, se ha marchado don Francisco, al menos quedan Delibes y Marsé.

 

 
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